Navarra

El origen del Chupinazo de San Fermín: la tradición que empezó con un estanquero y unos cohetes en la calle

El Chupinazo de San Fermín nació en 1931 con Juan Etxepare y se consolidó en 1941 desde el Ayuntamiento de Pamplona

Chupinazo de San Fermín - Sociedad
Una fotografía de archivo de un Chupinazo de San Fermín.
EFE

El Chupinazo de San Fermín parece hoy una tradición nacida con la propia historia de Pamplona. Cada 6 de julio, a las doce del mediodía, la Plaza Consistorial se convierte en una imagen reconocible en todo el mundo: miles de personas vestidas de blanco, pañuelos rojos alzados, una fachada abarrotada de expectación y un cohete que marca el comienzo de nueve días de fiesta. Sin embargo, detrás de ese rito colectivo hay una historia mucho más reciente, casi doméstica, que comenzó lejos del gran protocolo institucional.

El origen moderno del Chupinazo de San Fermín se remonta a 1931 y tiene como protagonista a Juan Etxepare, un estanquero de la calle Mayor de Pamplona. Según la tradición recogida por el Ayuntamiento, Etxepare pidió permiso para lanzar unos cohetes el 6 de julio, a las doce del mediodía, como forma de anunciar el inicio de las fiestas. No era todavía el gran acto televisado ni la ceremonia multitudinaria que hoy abre los informativos. Era, sencillamente, una manera popular, sonora y festiva de decirle a la ciudad que San Fermín acababa de empezar.

De la Plaza del Castillo al balcón del Ayuntamiento

Antes de que el Chupinazo de San Fermín quedara asociado para siempre al balcón de la Casa Consistorial, los cohetes se lanzaban desde la Plaza del Castillo, uno de los grandes espacios urbanos de Pamplona. Aquella costumbre tenía un carácter mucho menos solemne que el actual. No existía aún la liturgia exacta que hoy se repite cada año, ni tampoco la dimensión internacional que han adquirido las fiestas.

La gran transformación llegó en 1941. Ese año, el concejal Joaquín Ilundáin lanzó el primer cohete desde el Ayuntamiento, un gesto que acabó fijando la forma contemporánea del ritual. Desde entonces, el Chupinazo de San Fermín dejó de ser solo una señal sonora para convertirse en una escena institucional, reconocible y cargada de simbolismo. El cohete no solo anunciaba el inicio de la fiesta: convertía a Pamplona, durante unos minutos, en el centro de todas las miradas.

La frase que acompaña al lanzamiento también forma parte de esa identidad colectiva: “¡Viva San Fermín! Gora San Fermín!”. Es breve, directa y bilingüe, como una contraseña emocional compartida por vecinos, visitantes y generaciones enteras. Tras ese grito, el pañuelo rojo pasa del bolsillo o la muñeca al cuello, y la ciudad entra oficialmente en su calendario más intenso del año.

Una tradición moderna dentro de unas fiestas con siglos de historia

Una de las grandes curiosidades del Chupinazo de San Fermín es precisamente esa: parece antiquísimo, pero no lo es tanto. Las fiestas de San Fermín sí hunden sus raíces en una tradición mucho más larga, vinculada a celebraciones religiosas, ferias comerciales y festejos taurinos. Durante siglos, Pamplona fue construyendo alrededor de San Fermín una identidad propia, mezcla de devoción, calle, música, encierros y convivencia popular.

El Chupinazo, en cambio, pertenece al siglo XX. Es el ejemplo perfecto de cómo una costumbre relativamente reciente puede adquirir la fuerza de un rito ancestral cuando una ciudad la adopta como símbolo. Algo parecido ocurre con ciertos gestos cotidianos que, repetidos cada año en el mismo lugar y a la misma hora, terminan pareciendo inevitables. El Chupinazo de San Fermín no nació como una reliquia del pasado, sino como una invención feliz que el tiempo convirtió en tradición.

Esa diferencia es importante para entender su éxito. No es solo el arranque oficial de unas fiestas. Es una escena sencilla, comprensible y visualmente poderosa. Un cohete, una plaza, una multitud y una frase. Pocos rituales resumen tanto con tan pocos elementos.

La pequeña plaza donde cabe una imagen mundial

Otra de las curiosidades más llamativas del Chupinazo de San Fermín está en el propio escenario. La Plaza Consistorial de Pamplona no es un espacio inmenso. Su tamaño, de poco más de 2.500 metros cuadrados, ayuda a explicar la intensidad de las imágenes que se repiten cada 6 de julio. La multitud aparece compacta, casi como una marea blanca y roja encerrada entre fachadas históricas.

Esa concentración forma parte del impacto visual del acto, pero también obliga a extremar la organización. La plaza se llena con mucha antelación, el acceso queda limitado por razones de seguridad y muchos vecinos y visitantes siguen el lanzamiento desde otros puntos de la ciudad, donde se instalan pantallas para vivir el momento sin necesidad de entrar en el espacio más saturado.

El resultado es un equilibrio delicado entre la fiesta popular y el control institucional. El Chupinazo de San Fermín conserva su aire espontáneo, pero detrás hay un dispositivo pensado para evitar que la emoción desborde los márgenes de seguridad. La imagen parece caótica, pero el ritual está perfectamente medido.

Quién lanza el cohete y por qué también cuenta la historia de Pamplona

Durante décadas, el honor de prender la mecha del Chupinazo de San Fermín estuvo ligado al Ayuntamiento, a sus representantes y a personas designadas desde el ámbito institucional. Con el tiempo, esa elección fue adquiriendo también un valor simbólico. Lanzar el cohete no es un simple trámite: supone representar a la ciudad en el instante más visto de sus fiestas.

En los últimos años, Pamplona ha abierto esa decisión a fórmulas más participativas, con votaciones populares en determinados casos y candidaturas vinculadas a colectivos, entidades o personas con especial relevancia social. De ese modo, el Chupinazo también se ha convertido en un espejo de cada momento histórico. La persona que lanza el cohete no solo inaugura San Fermín; de alguna manera, resume qué quiere reconocer la ciudad ese año.

Por eso el acto mantiene su fuerza. Porque, aunque la estructura se repite, cada edición tiene un matiz propio. Cambian los protagonistas, cambia el contexto, cambia incluso el clima emocional de la ciudad. Pero el gesto permanece: levantar el cohete, pronunciar el grito y abrir la fiesta.

El ritual que convirtió un gesto callejero en símbolo universal

La historia del Chupinazo de San Fermín demuestra cómo nacen muchas tradiciones populares. No siempre surgen de grandes decretos ni de ceremonias diseñadas desde el principio para ser históricas. A veces empiezan con una iniciativa sencilla, casi improvisada, que encuentra el lugar exacto en la memoria colectiva. En este caso, un estanquero, unos cohetes y una ciudad dispuesta a celebrar fueron suficientes para crear una de las imágenes más famosas de España.

Hoy, el Chupinazo de San Fermín es mucho más que el inicio de unas fiestas. Es una frontera emocional. Antes del cohete, Pamplona espera. Después del cohete, Pamplona se transforma. El blanco y el rojo invaden las calles, las peñas toman protagonismo, los encierros se acercan y la ciudad entra en un estado excepcional que durará hasta el “Pobre de mí”.

Quizá por eso su origen resulta tan atractivo. Porque recuerda que incluso los símbolos más reconocibles pueden nacer de una escena pequeña. El Chupinazo no empezó como una postal global ni como una retransmisión televisiva. Empezó en la calle, con ruido de pólvora, con permiso municipal y con la intuición de que una fiesta necesitaba una señal clara para comenzar.

Casi un siglo después, aquella intuición sigue funcionando. Cada 6 de julio, cuando el cohete estalla sobre la Plaza Consistorial, Pamplona no solo inaugura San Fermín. También revive, sin decirlo, el camino que llevó de unos cohetes lanzados por un estanquero a uno de los rituales festivos más reconocibles del mundo.

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