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Casa Mùi, el nuevo capricho gastro de Madrid

Sabores del sudeste asiático con alma cosmopolita en Puerto Rico, 15

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Casa Mùi forma parte de esa clase de direcciones que circulan de mesa en mesa antes de instalarse del todo en el radar de la ciudad. No necesita una puesta en escena excesiva ni nada grandilocuente para despertar interés, le basta con una carta bien afinada, un pulso claro en cocina y una manera muy actual de entender el recetario del sudeste asiático. En un Madrid donde la oferta se multiplica y las etiquetas se desgastan con rapidez, aquí hay algo más valioso que la novedad, hay criterio.

Lo más seductor de este nuevo sitio que tenemos en el radar es que su propuesta evita el exceso. La carta se construye con platos que reconocen su inspiración vietnamita, tailandesa o china, pero que no renuncian a una lectura contemporánea, urbana y muy bien calibrada para el ritmo de la ciudad. Todo parece pensado para que la experiencia avance con ligereza, pero también con intención.

La carta invita a compartir y a observar. Hay una voluntad evidente de trabajar el contraste; lo fresco frente a lo untuoso, lo crujiente frente a lo meloso, lo ácido frente a lo especiado. Esa tensión es la que da forma a una propuesta que no cae ni en la caricatura exótica ni en la domesticación excesiva del sabor. Y el pad thai de gambón resume bastante bien esa filosofía.

En el bún chả vietnamita aparece una de las virtudes más interesantes de la casa, la capacidad de introducir frescura sin que el conjunto pierda carácter. Hierbas, vegetales, matices ácidos y una composición ligera sostienen un plato que ventila la comida y marca el ritmo con inteligencia.

Los baos, y en particular el de cangrejo de concha blanda, entran en un registro distinto, más expresivo y más hedonista. Hay volumen, textura, una cierta voluptuosidad en el bocado. El pan vaporoso, el crujiente del relleno y el juego con las salsas construyen uno de esos platos que tienen vocación de favorito instantáneo, aunque aquí se agradece que el resultado no quede en mero efectismo. Incluso en sus momentos más evidentes, la cocina mantiene una cierta contención.

Mención aparte merecen las verduras y los platos con un punto más meloso, como las berenjenas asiáticas y otras preparaciones donde el trabajo de salsa cobra protagonismo. Son propuestas que aportan profundidad a la carta y que alejan al restaurante de una lectura demasiado previsible.

La sensación general es la de una carta compacta, pero muy bien pensada. Cada plato parece responder a una idea concreta y la suma tiene coherencia. Esa coherencia, tan escasa en muchos restaurantes actuales, es lo que convierte la experiencia en algo más que una simple cena apetecible.

También hay algo muy madrileño en su éxito y es esa capacidad de convertirse en lugar de referencia sin perder cierta discreción. Un restaurante al que se va por la cocina.

 

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