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De Tinder al club de lectura: por qué los libros se han convertido en el nuevo filtro para ligar

Ante la creciente fatiga de las aplicaciones de citas, una nueva generación de solteros cambia los selfies de gimnasio por estanterías y gustos literarios en busca de formas distintas de conectar

De Tinder al club de lectura: por qué los libros se han convertido en el nuevo filtro para ligar.
De Tinder al club de lectura: por qué los libros se han convertido en el nuevo filtro para ligar.
Montaje: kiloycuarto

La conexión entre Dua Lipa y Callum Turner tuvo un libro de por medio. Cuando coincidieron en Los Ángeles, descubrieron que ambos estaban leyendo Fortuna, la novela de Hernán Díaz ganadora del Premio Pulitzer, y que incluso acababan de terminar el mismo capítulo. «Entonces estamos en la misma página», respondió Turner. La anécdota parece escrita para una comedia romántica, pero resume bastante bien una tendencia que las aplicaciones de citas empiezan a intentar convertir en algoritmo.

Durante más de una década, buena parte del dating digital se ha construido alrededor de fotografías, distancia, edad, altura, profesión y una colección de respuestas breves con las que intentar condensar una personalidad. Ahora, una nueva aplicación quiere empezar por una pregunta potencialmente más comprometida: ¿qué lees?

Se llama ReadMe y ha sido creada por Banu Guler, fundadora de la popular aplicación de astrología Co-Star, y la escritora y consultora creativa Emily Segal. Se presenta como una plataforma para personas «cuyo lenguaje del amor es el lenguaje»: lectores, escritores, conversadores y quienes quieren conocerlos. Actualmente es gratuita y está disponible únicamente para iPhone.

En lugar de limitarse a ordenar perfiles según fotografías, ReadMe propone un cuestionario de 25 preguntas que asigna a cada usuario uno de 12 arquetipos lectores, elaborados, según la compañía, a partir de investigaciones en literatura, análisis del lenguaje y psicolingüística. La idea no consiste únicamente en encontrar a alguien que tenga los mismos libros en la estantería, sino en utilizar la relación con la lectura y el lenguaje como una forma de interpretar cómo una persona ve el mundo.

La aplicación aparece, además, en un momento de evidente fatiga con las apps de citas. Tras años deslizando perfiles, han proliferado plataformas de nicho que prometen escapar de la sensación de catálogo humano de Tinder, Bumble o Hinge. ReadMe propone hacerlo sustituyendo al menos parte de la información visual por afinidades culturales.

Pero ese giro también plantea una paradoja. Cambiar los bíceps por los libros no elimina necesariamente la construcción cuidadosamente calculada de nuestra identidad; simplemente modifica sus códigos. Una selección de lecturas puede ser tan deliberada como una fotografía de vacaciones.

Capturas de ReadMe en la App Store.

La modelo y fundadora del club de lectura Alba Luna considera que fijarse en las lecturas puede cambiar la forma en la que nos relacionamos porque, a diferencia de rasgos como el color de los ojos, los libros que elegimos sí hablan de nuestros intereses y de aquello a lo que dedicamos el tiempo. Al mismo tiempo, no cree que sea necesario buscar exclusivamente a personas que lean exactamente lo mismo.

En la economía romántica contemporánea, leer también se ha convertido en una manera de proyectar identidad. Enseñar un libro comunica gustos, curiosidad intelectual, referencias culturales e incluso determinadas sensibilidades. La estantería empieza a cumplir una función parecida a la que durante años tuvo una fotografía viajando por Japón: contar quién eres antes de que hayas empezado a hablar.

Y el fenómeno no se limita a una aplicación.

Los clubes de lectura funcionan desde hace tiempo como lugares de encuentro en los que la conversación ya viene incorporada. Alba Luna asegura haber presenciado numerosos flechazos en el suyo y destaca precisamente que permiten conocer gente en un entorno en el que el alcohol y la fiesta no son el centro de la interacción.

También las celebridades han contribuido a convertir la lectura en parte de una identidad pública. El club Service95 de Dua Lipa o proyectos similares vinculados a figuras de la moda y la cultura pop han contribuido a hacer de la recomendación literaria una extensión más de la marca personal.

Y las librerías empiezan a explotar directamente su potencial romántico. La artista y librera Clara Moreno, por ejemplo, ha expresado su intención de organizar sesiones de speed dating entre estanterías. No obstante, ella misma introduce una objeción interesante: utilizar el gusto literario como filtro excesivamente preciso puede eliminar justamente aquello que hace atractiva una relación —la diferencia, la discusión y el descubrimiento—. Lo resume con una expresión especialmente gráfica: «la domesticación del gusto» puede acabar matando el deseo.

Porque compartir biblioteca no garantiza compartir vida.

Cuatro amigas relajándose y divirtiéndose con libros y conversando en el interior.
Cuatro amigas relajándose y conversando con libros.
Guillermo Berlin

El responsable de prensa de Penguin Random House, Andrea Tommasini, por ejemplo, considera que resulta mucho más relevante que una pareja comparta el hábito de leer que unos gustos concretos. Él y su marido coinciden en algunos libros y discrepan por completo en otros, sin que eso suponga ningún problema.

La pregunta quizá no sea, por tanto, si dos personas adoran a Sally Rooney, sino qué ocurre cuando empiezan a explicar por qué la adoran —o por qué no pueden soportarla—.

Ese matiz es importante también para entender ReadMe. Sus creadoras insisten en que los arquetipos no pretenden convertirse en filtros rígidos para descartar posibles parejas, sino en herramientas para comprender mejor cómo alguien se relaciona con el lenguaje, los deseos y las ideas.

La propia historia de las aplicaciones de citas literarias aconseja cierta prudencia. No es la primera vez que alguien intenta convertir los libros en un algoritmo romántico y varias plataformas anteriores han desaparecido. El País recuerda el caso de Kierb, conocida en su momento como «el Tinder para ratones de biblioteca», que cerró cuatro años después de su lanzamiento.

ReadMe tiene, sin embargo, una contradicción atractiva en su centro: utiliza cuestionarios, modelos digitales e incluso inteligencia artificial en parte de sus procesos internos para intentar facilitar algo esencialmente analógico —que dos personas se sienten frente a frente y encuentren algo de lo que hablar—.

Quizá ahí se encuentre la verdadera promesa del nuevo dating literario. No en encontrar mediante un algoritmo a alguien con una biblioteca idéntica, sino en utilizar los libros como una excusa para escapar durante un rato de la lógica del propio algoritmo.

Tal vez el futuro de las aplicaciones de citas no consista en perfeccionar infinitamente el match, sino en encontrar nuevas razones para que dos personas dejen el móvil y empiecen a conversar.

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