Hace unos días vi una escena en la playa que no he conseguido quitarme de la cabeza. Una familia, él llevaba un bañador hasta la rodilla, pecho descubierto. Ella llevaba un burkini negro que le cubría hasta los tobillos y un velo perfectamente ajustado. Los niños jugaban en la orilla, el niño en short, ella también con una especie de malla completa. El resto de bañistas parecían no reparar especialmente en ellos. Nadie parecía incómodo.
Muchos seguro interpretaban aquella imagen como un triunfo de la diversidad. A mí se me puso mal cuerpo, no os lo voy a negar. Y me llevó a viajar: misma playa 70 años atrás. La España de los años sesenta. Mujeres escondiéndose para ponerse un bikini, denunciadas por enseñar los hombros o los muslos, mientras la moral franquista convertía el baño en una cuestión de Estado. Dos épocas. Dos ideologías aparentemente opuestas. Y una misma obsesión: el cuerpo de la mujer.

Hay una idea que me resulta imposible ignorar. Durante siglos, la historia de la ropa de baño ha sido la historia del control del cuerpo femenino. En la Inglaterra victoriana existían las bathing machines, casetas con ruedas que se introducían en el mar para que ninguna mirada masculina contemplara a una mujer en traje de baño. En Estados Unidos hubo policías que medían la longitud de los bañadores.
Cuando Louis Réard presentó el bikini en 1946, dinamitó siglos de normas sobre lo que una mujer podía enseñar. El bikini fue revolucionario porque, por primera vez, otorgaba a la mujer la posibilidad de elegir qué cantidad de cuerpo quería mostrar. No la obligaba, ya que las versiones más tradicionales de los trajes de baño seguían siendo infinitamente más populares.
Por eso me desconcierta el debate actual sobre el burkini y quienes lo defienden. Porque sin ser yo una entendida en la cultura islámica siempre seré una defensora de la absoluta libertad de la mujer en la toma de sus decisiones estéticas personales. Aunque otros no las compartan. Me inquieta el significado de la prenda y la facilidad con la que hemos renunciado a preguntarnos por él, dando por hecho que su uso reside en la elección personal.

Por ese mismo motivo no entiendo por qué una sociedad que considera machista obligar a una mujer a llevar sujetador considera progresista que otra tenga que cubrirse hasta los tobillos para bañarse. No entiendo por qué celebramos como un avance una prenda cuyo único sentido es hacer aceptable un cuerpo femenino que, de otro modo, se considera indecente. No entiendo por qué hemos aprendido a distinguir entre imposiciones “nuestras”, que denunciamos, e imposiciones “ajenas”, que justificamos en nombre del respeto cultural.
Con demasiada frecuencia confundimos el respeto a las personas con la obligación de respetar cualquier símbolo cultural. Pero los símbolos también hablan. Roland Barthes decía que la moda es un sistema de signos. Y las prendas nunca son inocentes, expresan una manera de entender el mundo. El bikini nació para desafiar la idea de que el cuerpo femenino debía esconderse. La pregunta no es si debemos respetar a las mujeres que llevan burkini. Por supuesto que sí.

La pregunta es otra: ¿debemos dejar de analizar críticamente el mensaje que transmite una prenda por miedo a parecer intolerantes? Durante décadas, las feministas lucharon para que ninguna mujer tuviera que taparse si no quería. Resulta paradójico que hoy algunas consideren emancipadora una prenda cuya razón de existir es exactamente la contraria: ocultar el cuerpo femenino porque alguien sigue creyendo que mostrarlo es moralmente problemático. La cuestión es si todavía estamos dispuestos a escuchar lo que dice o si, en nombre del relativismo cultural, hemos decidido que hay símbolos sobre los que ya no se puede pensar.
#Fashionteca

Historiones de la moda, de Ana Velasco Molpeceres, es uno de esos libros que desmontan la idea de que la moda es un asunto superficial. A través de capítulos breves y muy documentados, la autora rastrea el origen de prendas y accesorios tan cotidianos como el bikini, el corsé, la corbata, los tacones o los vaqueros, explicando cómo nacieron, qué función tuvieron y cómo su significado ha cambiado con el tiempo. Un recorrido ameno por la historia de la indumentaria que demuestra que cada prenda es el reflejo de una sociedad, una época y una forma de entender el mundo.

