¡Mierda! Y me perdonáis el exabrupto, pero es que estoy un poco hartita de los colores idem como básicos para el otoño. Está claro que el mundo está patas arriba, la gente anda a dos velas y que para sobrevivir la moda ha decidido “bajar el volumen”. Marrones, ocres, camel, beige, chocolate, tonos tierra… La paleta de la temporada podría salir directamente de un paisaje de otoño, por intentar ser bucólicos. Los colores de la madera, del café, de la piel, de la lana, de la tierra mojada. Colores tranquilos, reconocibles, casi domésticos y muchas veces aburridos, terriblemente aburridos.
Es cierto que vivimos rodeados de estímulos. Noticias que no dejan de sucederse, guerras, incertidumbre política, inflación, pantallas que nos bombardean de información y una sensación bastante generalizada de que todo puede cambiar en cualquier momento. Quizá por eso la moda vuelve a hacer algo que conoce bien: ofrecernos refugio. Eso dicho bonito. Dicho en términos económicos, la gente piensa mucho en que gastar y mejor si es algo básico, muy combinable y que no se vaya a pasar de moda en dos historias de Instagram.

El marrón tiene una historia curiosa. Durante siglos fue el color de quienes no podían permitirse otros colores. En la Europa medieval, los tintes intensos eran caros y los tejidos marrones, grises o pardos estaban asociados a las clases populares. Los franciscanos adoptaron el marrón como símbolo de humildad y pobreza y, en la Inglaterra de la época, incluso se reguló que determinados trabajadores vistieran tejidos de lana de tonos pardos. Y aunque hoy en sus declinaciones más pijas (esas que evitan llamar marrón al marrón) lo podamos considerar uno de los colores estrella del llamado look “old money”, en el fondo que sea el color estrella de la temporada sigue indicando lo mismo. Somos pobres.
Si miramos alrededor, descubrimos que la tierra también ha llegado a la cara. El maquillaje está siguiendo el mismo camino: marrones, cobres, chocolates, nudes cálidos, tonos tostados. Desde las sombras hasta los coloretes, el marrón se utiliza para definir el rostro sin endurecerlo y para conseguir ese efecto de naturalidad estudiadamente imperfecta. El marrón se está convirtiendo también en una alternativa al colorete rosa: más cálido, más terroso, menos infantil. Que no está el mundo para jugar a las Lolitas…

Las grandes firmas de belleza llevan esta temporada esa paleta a sus colecciones: Maybelline, Lancôme, MAC o Dior apuestan por los tonos cálidos y terrosos, pero también por pigmentos más intensos. Aunque sinceramente, en la ropa estos tonos me aburren, pero en cosmética mi divierten enormemente, sobre todo después de la dictadura del clean look, de la piel impoluta, las cejas peinadas, el brillo casi clínico y ese maquillaje que aspiraba a parecer que no llevábamos maquillaje (aunque llevases 25 productos en el rostro). No nos olvidemos que, en cualquier caso, la cosmética es de las pocas industrias del mundo fashion que sale reforzada en época de crisis. No te puedes comprar un lookazo, pero un pintalabios te alegra la vida.
Pero no quiero ser tan ceniza y voy a terminar intentando encontrar el camino hacia la luz y lo hago de la mano de la Unexpected Red Theory (la teoría del rojo inesperado), una idea que nació en el mundo de la decoración y que después saltó al vestuario: introducir un elemento rojo en un espacio o un conjunto donde, aparentemente, no debería estar. El resultado es que todo parece adquirir de repente más interés, más vida, más alegría.

Vamos que un look negro con unos calcetines rojos queda más resultón o por lo menos algo más luminoso. Al igual que añadir este tono en un bolso, un pañuelo o un sombrero. Lo más interesante no es la teoría en sí, sino lo que cuenta sobre nosotros. No queremos abandonar la calma que tanto parece que nos cuesta alcanzar pero sí necesitamos una interrupción de esa calma aquí y allá, de vez en cuando.
Vamos, que seguimos siendo bastante clásicos. Seguimos necesitando colores que tranquilicen, prendas que duren y combinaciones que sepamos que funcionan. El mundo no está precisamente como para vestirse de confeti. Pero quizá tampoco estamos exactamente donde estábamos. Aunque sólo sea porque entre el marrón y el beige aparece un rojo. Entre el minimalismo aparece una chaqueta napoleónica. Entre la cara desnuda aparece un ojo ahumado en burdeos. Entre la discreción aparece, de pronto, una prenda que quiere hacerse notar.

Tal vez todavía necesitamos sentir que tenemos los pies en el suelo, pero empezamos a sospechar que podemos volver a levantar la cabeza y eso también lo cuenta la ropa. Quizá este otoño no estemos preparados para vestir de optimismo pero empezamos a tener ánimo para ponernos un poco de rojo. Y amigas, eso lo tenemos que leer como una noticia positiva, porque parece que sino la alternativa, es el hábito franciscano.

