Más de cuatro décadas después de Thriller, Michael Jackson vuelve a ocupar el centro de la conversación. El estreno de Michael, la película biográfica dirigida por Antoine Fuqua y protagonizada por Jaafar Jackson, llegó a los cines el pasado 24 de abril y ha funcionado como una máquina de reactivación masiva (de las plataformas a TikTok, de YouTube a las pasarelas o de la nostalgia de quienes vivieron los ochenta a una generación que descubre a Jackson en fragmentos de 12 segundos).
Los números explican parte del fenómeno. En Spotify, Michael Jackson supera ya los 107 millones de oyentes mensuales, según la propia ficha del artista en la plataforma. Chartmetric calcula que, en las cuatro semanas posteriores al estreno de la película, pasó de unos 62 millones a más de 102 millones de oyentes mensuales, y que las escuchas de sus 60 canciones principales saltaron de 467 millones a 1.210 millones en menos de un mes. Billie Jean, lanzada como single en 1983, alcanzó en mayo el número uno global de Spotify con más de seis millones de reproducciones diarias y llegó también al número uno del Billboard Global 200 por primera vez.

Pero reducir este regreso a una subida de streams sería quedarse corto. Lo que ha vuelto es una manera de presentarse ante el mundo… con un pantalón negro cortado al tobillo o en modo de calcetín blanco convertido en reflector. O un mocasín brillante. Un sombrero inclinado apenas unos grados. O una chaqueta roja, militar, dorada o de cuero, siempre pensada para que el cuerpo pareciera más gráfico.
Jackson sabía que una estrella pop necesitaba algo más que canciones y por eso trabajaba como si cada lanzamiento exigiera un universo completo. La música tenía ritmo; el cuerpo, coreografía; la ropa, función dramática. Nada era casual. Los pantalones cortos dejaban ver el tobillo porque el tobillo era parte del espectáculo. Los calcetines blancos hacían legible el movimiento en escenarios oscuros. El guante concentraba la mirada en una mano. Y las hombreras lograban ampliar una figura físicamente ligera.
La moda de este año parece especialmente preparada para recibirlo. Tras varias temporadas dominadas por el beige, la sastrería discreta, los básicos caros y el llamado quiet luxury, el péndulo se está moviendo hacia prendas con presencia. Lyst habla de una vuelta del maximalismo en las pasarelas de primavera-verano 2026, con color, cuero, hombros escultóricos y ropa que exige atención. También hay un regreso explícito de los ochenta; de hombros poderosos, color blocking, cuero, pantalones afilados y una teatralidad que remite menos al disfraz que a la seguridad.

En ese paisaje, Jackson funciona casi como un manual. Su estética no depende de una prenda concreta, sino de un sistema visual. Es fácil aislar los iconos —la cazadora roja de Thriller, el traje blanco de Smooth Criminal, el uniforme dorado de sus giras, el guante de lentejuelas—, pero lo interesante está en cómo esas piezas construían una gramática.
El caso de Thriller lo explica mejor que ningún otro porque consiguió cambiar la escala de lo que un videoclip podía ser. Dirigido por John Landis y estrenado en MTV el 2 de diciembre de 1983, Thriller duraba casi 14 minutos, tenía argumento, maquillaje de terror, humor, coreografía colectiva, créditos de cortometraje y una chaqueta roja diseñada para no desaparecer nunca de la memoria popular. En 2009 se convirtió en el primer videoclip incorporado al National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

La chaqueta, de piel roja y líneas negras, acabó teniendo una segunda vida como objeto de mercado. En 2011, una de las cazadoras usadas en Thriller se vendió en Julien’s Auctions por 1,8 millones de dólares. El guante blanco asociado al moonwalk tampoco quedó en el terreno de la simple reliquia: en 2009, uno de sus guantes cubiertos de pedrería alcanzó los 420.000 dólares con impuestos y comisiones incluidos.
Su influencia se percibe también en la forma en que los artistas actuales construyen sus eras visuales. Hoy parece normal que un disco venga acompañado de estética, coreografía, vídeo, campaña digital, vestuario identificable y narrativa propia. Pero esa idea, la estrella pop como universo visual total, tiene en Jackson uno de sus grandes arquitectos.

El fenómeno, sin embargo, no llega sin incomodidad. El legado de Michael Jackson sigue atravesado por acusaciones de abuso sexual, disputas legales y debates sobre cómo consumir la obra de artistas cuya biografía pública resulta conflictiva. Pero nunca fue condenado y fue absuelto de todos los cargos. Ahora, Michael ha reabierto también esa conversación y The Guardian señala que la producción estuvo marcada por problemas relacionados con el tratamiento de esas acusaciones y que una posible secuela aún plantea interrogantes sobre qué partes de la vida del cantante decidirá contar.
La pregunta, por concluir, no es si replicaremos su estilo, porque no lo haremos. Lo que se cuestiona es qué parte de su estilo necesita de nuevo la moda. Y la respuesta parece clara… su claridad. Su sentido del espectáculo. Su capacidad para convertir la ropa en relato. Y vuelve porque nadie entendió mejor que él que el estilo no consiste solo en llevar una prenda, sino en hacer que el mundo la recuerde.

