Personajes icónicos

Mary Quant, la visionaria que convirtió la minifalda en icono generacional

La historia detrás de la diseñadora que cortó, además de tela, una conversación larguísima y aburridísima sobre lo que una mujer podía enseñar sin que el mundo se viniera abajo

Fotografía: Kiloycuarto
Fotografía: Kiloycuarto

Hubo un tiempo en que las mujeres se vestían como si la vida fuera a pedirles explicaciones en cada esquina. La falda debía caer donde mandaban la madre, el marido, el cura, la vecina y, en última instancia, una señora invisible que vigilaba desde algún sitio la moral de las rodillas. Las rodillas, como se sabe, fueron durante siglos un asunto de Estado. Entonces llegó Mary Quant y cortó (y no solo tela).

Cortó una conversación larguísima y aburridísima sobre lo que una mujer podía enseñar sin que el mundo se viniera abajo. Subió el bajo de la falda y, de repente, lo que quedó al aire no fueron unas piernas, sino una época entera haciendo ruido. Londres estaba en los sesenta, que es una forma elegante de decir que el futuro había salido a la calle sin abrigo. Había música, motos, chicas con prisa, chicos con flequillo, escaparates encendidos y una juventud que ya no quería esperar a ser vieja para que la tomasen en serio.

Quant lo vio antes que otros porque miraba donde había que mirar; no a los salones, sino a las aceras. La moda, hasta entonces, tenía mucho de misa de doce. Se entraba en ella con reverencia, con dinero y con la espalda recta. Mary Quant abrió una tienda y la convirtió en algo parecido a una fiesta. Su boutique era el lugar de las chicas que querían salir de allí con ganas de correr.

Ese es quizá el gran malentendido de la minifalda; creer que fue una prenda para ser mirada. En realidad, fue una prenda para moverse. Para subir escaleras de dos en dos. Para bailar, para coger un autobús, para cruzar una ciudad como si la ciudad también le perteneciera a una.

Durante años se discutió si Mary Quant inventó o no la minifalda, como si la historia pudiera resolverse con una patente y un notario. Las mejores revoluciones rara vez tienen autor único. Suelen empezar en muchos cuerpos a la vez, en muchas habitaciones, en muchas ganas acumuladas. Quant no inventó el deseo de libertad de las mujeres, pero sí lo entendió cuando todavía parecía una extravagancia (y le puso forma, precio, escaparate y nombre).

La falda corta fue acusada de muchas cosas. De frívola, por supuesto, que es lo primero que se dice de cualquier objeto femenino antes de admitir que nos asusta. De vulgar. De infantil. De provocadora. La palabra “provocadora” siempre ha sido muy útil para no señalar al provocado. En realidad, lo que provocaba la minifalda era una pregunta muy antigua… algo así como “¿quién manda aquí?”. Quién decide cuánto ocupa un cuerpo, cuánto muestra, cuánto se mueve, cuánto desea, cuánto molesta.

Mary Quant no hizo política con discursos, sino con dobladillos. Y a veces un dobladillo llega más lejos que un manifiesto porque se mete en la vida diaria, que es donde de verdad cambian las cosas. Una mujer puede leer un ensayo sobre emancipación y seguir vistiendo con miedo. Pero un día se prueba una falda, se mira al espejo, nota que puede caminar distinto y entiende algo que nadie le había explicado bien.

El feminismo también está en esas cosas pequeñas que luego resultan no ser pequeñas. En una cremallera, en unas botas planas, en unas medias de color, en una prenda que no obliga a sentarse como si una estuviera custodiando un secreto nacional… La libertad, a veces, empieza por la postura.

Por eso la figura de Mary Quant sigue estando tan presente. No es porque la minifalda vuelva cada cierto tiempo, como vuelven todas las cosas en la moda, es porque su manera de entender la vida todavía conversa con nuestro presente. Cada vez que alguien opina sobre el largo de una falda, sobre la edad adecuada para llevarla, sobre si una mujer enseña demasiado o demasiado poco, es como si ella volviese a abrir la puerta de su tienda y nos mirase con ternura, recordándonos que el escándalo no estaba en la ropa, sino en los ojos de los demás.

La minifalda no liberó a las mujeres. Ninguna prenda tiene tanto poder, aunque algunas revistas hayan intentado vendernos milagros más difíciles. Pero sí acompañó una liberación e hizo que una generación se pareciera un poco más a la vida que quería tener.

 

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