Feminismo

Cómo las mujeres hicieron de la moda un lenguaje para ganar espacio y autoridad

Del corsé al traje, la moda ha sido el idioma con el que las mujeres han conquistado movimiento, espacio público y autoridad

De la aguja al despacho, del corsé al traje, del “vestir para gustar” al “vestir para estar”. La historia del poder femenino en la moda no es solo una sucesión de tendencias, es la crónica de cómo muchas mujeres aprendieron a usar la ropa como un idioma para ganar espacio, autoridad y autonomía.

Maripi Robles, experta en comunicación, marca y cultura de moda lo define con claridad: “Cuando hablamos de liderazgo femenino en la moda, hablamos de un poder híbrido”. Porque el liderazgo no se ha jugado únicamente en lo creativo. “Ese liderazgo se vuelve verdaderamente transformador y valioso cuando se traduce en poder económico y simbólico”, explica. Y ahí aparece una clave decisiva: la moda no hace leyes, pero sí moldea lo que una sociedad admira o censura. “El poder político llega después, cuando esa influencia impacta en normas sociales, cuerpos aceptados y modelos de éxito. La moda no legisla, pero condiciona imaginarios colectivos”.

La moda se volvió herramienta real de emancipación cuando acompañó cambios estructurales en la vida de las mujeres. “A principios del siglo XX, con la incorporación al trabajo y al espacio público; en los años veinte, con la liberación del cuerpo y del movimiento; en los sesenta y setenta, con la ruptura de códigos de género y la reivindicación de la autonomía sexual y laboral”, concreta la experta. En esos momentos, insiste, “la moda no embellece el cambio de forma solo estética, lo hace visible”. Visible en tejidos prácticos, siluetas que permiten moverse, prendas que hacen posible ocupar la calle y el trabajo.

Pero esa fuerza ha tenido siempre una doble cara. La moda ha empujado y también ha frenado. “Ha hecho ambas cosas”, afirma Robles. “En muchos casos ha sido espejo de los avances sociales, pero también ha funcionado como mecanismo de control cuando ha impuesto ideales de feminidad restrictivos”. Ahí entran los “cánones de belleza inalcanzables”, las “siluetas imposibles” o la “hipersexualización” como formas sofisticadas de limitación. Y lo más revelador es que no ocurre por etapas limpias, sino en paralelo: “El apoyo o limitación ha ocurrido simultáneamente”. Su ejemplo resume dos proyectos de mujer en conflicto: “Pensemos en Dior y Chanel… él creando una silueta… con zapatos y bolsos que se llevan en la mano, que solo servían para lucirse, mientras Chanel hace una moda cómoda… con zapatos planos y bolsos al hombro para poder ser más autosuficientes”. Dos visiones, dos libertades posibles.

De la estética al poder

Cuando las mujeres entraron en la industria y en profesiones que exigían presencia sostenida, la ropa tuvo que responder. “La incorporación al trabajo exigió prendas funcionales, cómodas y prácticas“, dice Robles. Y en ese punto, algunas diseñadoras no solo cambiaron el armario: cambiaron la idea de autonomía. “Chanel liberó el cuerpo del corsé y legitimó la comodidad como elegancia… Vionnet respetó la anatomía femenina… y el movimiento. Schiaparelli introdujo la inteligencia y el poder de decisión… el humor y la provocación”. Por eso su impacto va más allá del diseño: “No solo cambiaron la ropa, cambiaron la relación de la mujer con su propio cuerpo, con el espacio que ocupaba en el mundo y con la forma de expresarse”.

Si hay una prenda que cristaliza esa conquista del espacio público es el traje femenino. No es solo una estética: es un gesto de entrada en un territorio históricamente vetado. “Representa la entrada de la mujer en territorios tradicionalmente masculinos de poder”, explica Robles. Y lo define como lo que realmente ha sido durante décadas: “Es una prenda de negociación”. Adopta códigos de autoridad para exigir ser leída como competente, pero con matices propios: “Reinterpretándolos desde una identidad propia”. Su frase final marca el punto: “Es una declaración de competencia, no de renuncia a la feminidad”.

Christian Dior

Y no solo el traje. A fuerza de uso, muchas prendas se volvieron manifiestos. “Casi todas las prendas han adquirido un nuevo sentido cuando las han usado las mujeres”, sostiene Robles: “El pantalón como símbolo de igualdad funcional, la camisa blanca como afirmación de neutralidad y rigor, el vestido negro como autonomía estética, el zapato plano como libertad de movimiento”. Lo que las une no es lo bonito, sino lo útil: “Priorizan la acción frente a la ornamentación”. En esa transición se entiende la evolución del poder femenino en la moda: pasar de ser mirada a ser movimiento.

También por eso ha cambiado la idea de elegancia. Durante décadas se confundió con aguante: soportar, apretar, elevarse, incomodarse. Hoy el prestigio se desplaza. “La elegancia ha dejado de ser sinónimo de sacrificio”, afirma Robles. “Hoy se asocia más a coherencia, comodidad, identidad y actitud”. Y lanza un termómetro cultural muy actual: “Cuando vemos a una profesional con unos tacones muy altos, pensamos que no está trabajando… es inviable estar subida a 10 cm todo el día”. En su lectura, la elegancia ya no es obediencia: “Ser elegante ya no implica adaptarse a una norma externa, sino construir un lenguaje propio”.

En los entornos de poder, persiste una pregunta incómoda: ¿vestirse “como un hombre” sigue siendo una estrategia? Robles lo sitúa como un atajo más que como una conquista: “Es el recurso fácil cuando la mujer tiene que hacerse fuerte… y no tiene un concepto de moda muy desarrollado”. Y desmonta otro prejuicio: no, ser mujer no significa saber de moda ni disfrutarla.

“No todo el mundo entiende de moda… requiere ocuparse y dedicarle tiempo”. Cuenta el caso de una política nacional a la que vestir le resultaba una carga diaria: “Para ella era un suplicio… no sabía qué ponerse para que no la criticaran”. La solución fue logística: una estilista, looks cerrados, rotación por meses. “Y este método sé que lo usan muchas empresarias”. El subtexto es evidente: el juicio estético sigue pesando más sobre ellas, y ese coste invisible también es poder.

Si el poder se juega en el espacio, también se juega, y quizá más, en el cuerpo. Robles describe una evolución: “Ha pasado de la imposición al cuestionamiento. Del corsé como norma a la diversidad corporal como discurso, aunque aún con contradicciones”. Porque la diversidad se enuncia, pero no siempre se acepta: “Hablamos todo el rato de diversidad pero luego se cuestionan los cuerpos o estéticas que se salen de lo común”. En ese choque se ve lo que la moda tiene de herramienta y de campo de batalla.

Sobre el presente, Robles reconoce avances con matices: “La llegada de más mujeres a puestos de decisión ha cambiado realmente la narrativa… sí, aunque de forma desigual”. Se han colado temas nuevos -“sostenibilidad, conciliación, diversidad, el valor del proceso frente al espectáculo”-, pero “el cambio estructural es más lento que el estético”. Y, si toca poner el foco, ella no elige tanto nombres como perfiles: “Mujeres que combinan visión creativa, gestión empresarial y compromiso social… que entienden la moda como industria cultural y económica, no solo como imagen”. En política, apunta, el margen sigue más estrecho: “Creo que las mujeres que tienen visibilidad en política… se visten de forma muy estándar y sobria”, porque parece que cuidar la imagen resta legitimidad. “La moda ha sido el lenguaje con el que las mujeres han negociado y visibilizado su lugar en el mundo: primero adaptándose, después cuestionando y, hoy, eligiendo”, sentencia Robles.

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