Cristina Castañer no concibe la moda como un simple ejercicio estético. Para ella, crear implica pensar, posicionarse y sostener un discurso. “Yo no creo con mis manos, creo con mi cabeza”, dice, dejando claro que su trabajo nace de una mirada crítica hacia la industria y de una necesidad profunda de dotar a cada pieza de sentido, memoria y propósito.
Heredera de un legado artesanal que ha sabido transformar sin idealizarlo, Castañer habla de desaprender, de disciplina sin rutinas y de una creatividad que no entiende de horarios. En esta entrevista, reflexiona sobre sostenibilidad real, feminidad, arte contemporáneo y el significado íntimo de un bolso, a raíz de su colaboración con la Fundación Beyeler y su diálogo creativo con la obra de Yayoi Kusama.
P – ¿Cuándo sentiste por primera vez que querías crear con tus manos y tener una voz propia, más allá de trabajar en moda?
R- Es una buena pregunta, porque yo no creo con mis manos, creo con mi cabeza. Soy muy crítica con la moda y siempre quise que lo que hiciera tuviera un mensaje, más allá de que fuera cool y bonito.
Necesitaba que hubiera un discurso detrás, un trasfondo. Ese mensaje lo encontré reutilizando materiales y construyendo una marca sostenible, con una intención clara y un propósito definido. No se trataba solo del producto, sino de todo lo que hay detrás de él.
P – Vienes de una historia familiar muy potente ligada a la artesanía. ¿Qué parte de ese legado sigue contigo hoy y qué tuviste que desaprender para ser tú?
R – El legado lo es todo. Lo llevo en la genética: me llamo Castañer y quiero muchísimo a Castañer. Tengo muy presente el legado de mis padres, su valentía, lo avanzados que fueron y lo trabajadores y honestos que siempre han sido en su propuesta. Además, he disfrutado mucho del éxito de ese concepto tan potente que fue transformar una alpargata.
Al mismo tiempo, he tenido que desaprender muchas cosas. Mi equipo es muy pequeño y trabajo con muy pocos recursos, así que he tenido que aprender prácticamente de cero. Y, curiosamente, todo ese proceso también te rejuvenece.
P – Antes de hablar del proyecto, ¿cómo es Cristina cuando crea? ¿Rutinas, manías, silencios, música, obsesiones del momento?
R – Mi proceso creativo es continuo y desigual. No tengo un horario fijo para crear, porque mi tiempo también tiene que dedicarse a muchas otras funciones propias de una startup. Aun así, la inspiración puede aparecer en cualquier momento.
Puedo inspirarme en cualquier cosa y crear en cualquier instante: cuando me acuesto, cuando estoy pensando… en cualquier momento puede surgir una idea.
P – ¿Eres de empezar por una idea, un material o una emoción? ¿Qué te desbloquea cuando algo no avanza?
R – No soy nada metódica. Nunca lo he sido, ni en mi vida ni en mis horarios. No soy una persona de rutinas, ni siquiera de ir al gimnasio; no tengo una estructura fija en ese sentido.
Lo que sí tengo es mucha disciplina a la hora de trabajar y una gran constancia para que las cosas salgan bien. En eso soy muy cabezota. Pero no soy rutinaria, y por eso tampoco tengo un horario concreto: la inspiración puede aparecer en cualquier momento.
Cuando entro en un bucle emocional negativo, me cuesta salir de él. Aun así, me lo trabajo y consigo darle la vuelta. No tengo un método exacto para hacerlo; funciona más desde la emoción. Es como decirle a mi mente: “por favor, miremos las cosas buenas que he logrado”.
P – ¿Cómo llega el encargo de la Fundación Beyeler y qué pensaste en el primer momento al saber que querían trabajar contigo?
R – Llevo muchísimos años vinculada al mundo del arte y del arte contemporáneo. A través de una amiga, que es patrona de la Fundación Beyeler, viajé a Ámsterdam y allí la directora conoció mi marca. Le gustó mi filosofía y me propuso crear una colección para Yayoi Kusama.
Desde el primer momento me pareció un reto fantástico. Estoy segura tanto de la calidad de mi trabajo como de mi creatividad y, además, al estar muy conectada con el mundo del arte, conocer la obra de Yayoi Kusama y sentir una profunda admiración por ella, el encargo en sí me resultó relativamente fácil.
Lo complicado es todo el proceso posterior: ponerlo en marcha, producirlo, asegurarse de que todo llegue a tiempo. Eso es lo más difícil. La decisión, en cambio, fue muy sencilla. Estuve súper contenta. Admiro profundamente a la Fundación Beyeler y, como coleccionista, para mí es un lugar muy especial. De hecho, me hace más ilusión estar aquí que en Harrods.

P – Ser la primera diseñadora española invitada a crear una colección para una institución como Beyeler no es menor. ¿Qué supuso para ti, personal y creativamente?
R – Siento una enorme satisfacción por que reconocieran mi creatividad y mi filosofía. Fue un orgullo inmenso, tanto a nivel personal como profesional.
P – Tu conexión con Yayoi Kusama va más allá de los puntos. ¿Qué te inspira de ella como mujer y como artista que ha defendido una voz propia durante toda su vida?
R – Admiro profundamente su rebeldía. Ser mujer japonesa y atreverse a hacer todo lo que hizo ella requería una enorme valentía. Hay que ser muy artista, tener un punto de locura creativa y, sobre todo, ser muy, muy rebelde.
Desde muy joven se fue a Nueva York y llevó una vida convulsa, muy intensa. No me gusta utilizar la palabra “loca”, pero es cierto que ella misma ha hablado de su condición, hasta el punto de pedir que la ingresaran en un psiquiátrico. Es una mujer muy obsesiva, como lo son casi todos los grandes artistas. Lo que admiro especialmente de ella es su capacidad de disrupción.
P – Hay una coincidencia simbólica muy fuerte entre los dots de Kusama y el punto rojo de MyBestys. ¿Cómo se convierte esa conexión casi intuitiva en una colección real?
R – Fue algo totalmente casual, como si los astros se hubieran alineado. Desde el inicio tengo este dot rojo, que utilizo prácticamente en todas las creaciones de My Besties. Así que, cuando me pidieron el proyecto, pensé: “ese punto rojo lo voy a trabajar como lo hace ella, lo voy a poner por todas partes”, incluso incorporándolo en otros colores.
El punto es algo muy reconocible en su obra y, de alguna manera, también lo es en la mía. De hecho, ella había hecho una colección de bolsos pintados para Vuitton, mientras que en mi caso los dots son chapas metálicas.

P – El interior de los bolsos guarda uno de los gestos más emocionales del proyecto: forros hechos con material de antiguas alpargatas y archivo familiar. ¿Qué significa para ti que la memoria también se lleve por dentro?
R – Para mí, el bolso es como un amigo, es MyBestys. Por eso le doy la misma importancia al interior que al exterior. Me encanta abrir un bolso y encontrar un forro cuidado, bonito, bien hecho.
En este proyecto, además, el interior de los bolsos guarda uno de los gestos más emocionales. Los forros están realizados con materiales procedentes de antiguas alpargatas y de mi archivo familiar. Es una manera de llevar la memoria por dentro, de que el interior tenga tanta importancia como el exterior, porque eso es precisamente lo que significa MyBestys: algo íntimo.
En este caso concreto, me acordé de una tela de lunares que tenía. En su momento no tenía ninguna intención relacionada con Kusama; eran simplemente unos lunares muy españoles. Sin embargo, resultó que conectaban perfectamente, funcionando como un nexo de unión entre todo el proyecto.
Todo el proceso es muy artesano, muy hecho a mano, y mantiene un nivel de calidad altísimo, tanto por fuera como por dentro.
P – Hablas de sostenibilidad real y del “nuevo gran lujo silencioso”. ¿Crees que también hay algo feminista en poner en valor el oficio, el tiempo y lo que tradicionalmente se ha considerado menor?
R – Del feminismo, igual que de la sostenibilidad, se habla mucho. Y es importante matizar que también hay hombres maravillosos que son grandes artesanos. Dicho esto, sí es verdad que en lo femenino siempre se asocia la delicadeza. No hay nada más delicado, y parece que las mujeres tenemos una sensibilidad más a flor de piel, más especial.
Esa sensibilidad se traduce especialmente en los bolsos y, en concreto, en el trabajo artesano. En ese sentido, creo que las mujeres aportamos una mirada muy particular.
P – Después de Beyeler, del reconocimiento institucional y de este momento vital, ¿qué tipo de proyectos te ilusionan de verdad y cuáles ya no te representan?
R – Nunca hago nada que no me represente. A estas alturas de mi vida no me compensa implicarme en proyectos con los que no me sienta identificada; necesito hacer cosas que realmente me gusten, eso lo tengo clarísimo.
Por eso, las colaboraciones que me interesan son siempre con marcas que compartan mi filosofía, o bien con artistas o con instituciones culturales. Es un entorno en el que me siento muy cómoda, así que todo lo que surja en esa línea será bienvenido.
P – ¿Qué te gustaría que una chica joven aprendiera de tu manera de crear?
R – Más allá de mi manera de crear, que es algo muy personal y que cada uno debe tener la suya “cada maestrillo tiene su librillo”, lo que sí me gustaría transmitir son valores.
Valores como la honestidad, la idea de que se pueden reutilizar las cosas y la convicción de que el fast fashion no lleva a ningún lado. Creo firmemente que es mejor tener pocas prendas, pero buenas, que optar por productos extremadamente baratos, porque detrás de una camiseta de tres euros o de un bolso de quince euros no hay ninguna historia bonita. Al contrario: detrás suele haber historias dolorosas. Y, además, es un modelo que no es nada ecológico.
Me gustaría transmitir que todas las cosas tienen valor. Por eso nunca hago rebajas, por ejemplo.


