¿Por qué el nuevo proyecto de la izquierda lo encabeza Gabriel Rufián y no una mujer?

Gabriel Rufián impulsa un nuevo proyecto a la izquierda del PSOE y reabre la cuestión de por qué el liderazgo vuelve a ser masculino en 2026

Gabriel Rufián - Política
Gabriel Rufián a la salida del congreso.
EFE

El debate no va de demonizar a Gabriel Rufián ni de exigir cuotas como quien reparte cromos. Va de algo más incómodo: cuando la izquierda intenta reinventarse y levantar una alternativa al PSOE, casi siempre acaba recurriendo al mismo reflejo, el del hombre que toma la palabra, marca el rumbo y convoca al resto a una mesa donde, con suerte, las mujeres ya llegarán después.

Que hoy el foco caiga sobre Gabriel Rufián no es una rareza individual: es una fotografía colectiva de cómo se construye el poder en España.

En teoría, 2026 debería ser un año fácil para romper esa inercia. Porque el país ha normalizado que las mujeres ocupen ministerios, vicepresidencias, alcaldías y portavocías. Y porque la izquierda lleva décadas predicando —con razón— que la igualdad no es solo un objetivo, sino un método.

Sin embargo, cuando aparece el titular de “nuevo proyecto de izquierdas” y se abre la ventana de la reorganización, el nombre que se pone delante vuelve a ser masculino. Gabriel Rufián es el síntoma visible de un mecanismo antiguo.

Una historia nacional con pocas jefas de proyecto

España no ha estado huérfana de mujeres relevantes en política, pero sí ha sido cicatera en algo muy concreto: el liderazgo nacional entendido como mando real, proyecto propio y capacidad de ordenar un espacio entero. Hemos tenido mujeres influyentes, negociadoras decisivas y figuras con poder orgánico, pero han sido menos las que han encarnado, de forma sostenida, una “candidatura-país” o una arquitectura completa de partido a escala estatal.

Cuando una mujer ha liderado un proyecto nacional, a menudo lo ha hecho bajo condiciones más duras y con menos margen de error.

Ahí está Rosa Díez, que levantó un partido propio y lo sostuvo durante años en el centro del tablero hasta que el ciclo se agotó.

Inés Arrimadas - Política
La exlíder de Ciudadanos, Inés Arrimadas.
EFE/Chema Moya

O Inés Arrimadas, que heredó un proyecto en plena tormenta y fue, también, el rostro final de una caída que muchos explicaron como si fuera una cuestión de carisma personal, no de estrategia, estructura y contexto. Esa tendencia a personalizarlo todo —para bien y para mal— pesa más cuando se trata de una mujer.

Hoy, Gabriel Rufián aparece como punta de lanza de un intento de reordenación de la izquierda, mientras la pregunta se repite: si el objetivo es abrir un ciclo distinto, ¿por qué no se abre también la puerta del liderazgo? No porque sea hora, sino porque es coherente con el relato de renovación que se pretende vender.

No fue el género: fueron las ideas, los errores y el contexto

Aquí conviene ser justos: el desgaste de Yolanda Díaz y la caída de Unidas Podemos con Ione Belarra e Irene Montero no se explican por una supuesta incapacidad femenina para liderar. Se explican por política: por decisiones, por conflictos internos, por lectura del momento, por alianzas, por vetos, por cómo se gestiona una marca cuando pasan los años y el impulso inicial se desgasta.

Lo mismo que les ha ocurrido históricamente a decenas de líderes hombres. El género no es la causa del naufragio; como mucho, influye en la manera en que se juzga el naufragio.

Yolanda Díaz - Política
Yolanda Díaz dando un discurso.
EFE/ Borja Sánchez-trillo

Y aun así, el aprendizaje que se extrae no suele ser “vamos a hacerlo mejor”, sino “mejor que el próximo liderazgo sea más fuerte”. Y “fuerte”, en el subconsciente del sistema, sigue significando “masculino”. Por eso el foco sobre Gabriel Rufián tiene algo de conservador, aunque la intención sea disruptiva. Se repite el molde de siempre para vender un cambio.

¿Por qué se activa el reflejo masculino cuando toca recomponerse?

Gabriel Rufián tiene a su favor lo que suele ser determinante en estos momentos:

  • Visibilidad
  • Manejo del choque parlamentario
  • Control del titular
  • Capacidad para colocar un marco en un debate saturado

En un país donde la política se consume a ráfagas, el que sabe moverse en el ruido tiene ventaja. Pero esa ventaja, que en abstracto podría tener cualquiera, se ha repartido históricamente con sesgo: los grandes altavoces, las redes informales de poder y las “mesas donde se decide” han sido durante décadas masculinas.

Gabriel Rufián - Política
Gabriel Rufián.
Javier Cuadrado

Además, cuando un espacio se fragmenta, tiende a buscar una figura que parezca “mediadora” o “aglutinadora”. Y ahí vuelve otra trampa: a las mujeres se las empuja a menudo a representar lo “público amable” —gestión, cuidado, consenso—, mientras a los hombres se les concede el papel de “fundadores”, “arquitectos”, “jefes de operación”. Si el proyecto que orbita Gabriel Rufián quiere ser algo más que una gira de conversaciones, tendrá que empezar por desmontar ese reparto de papeles.

Lo que ganaría la izquierda si el liderazgo fuera femenino

La izquierda no necesita una mujer como gesto estético. Necesita un liderazgo femenino porque la presencia de mujeres en la cúspide cambia, de verdad, la cultura interna: quién habla, quién interrumpe, quién reparte tiempo, cómo se negocia y qué se considera “prioridad” cuando llegan las renuncias.

Un proyecto alternativo al PSOE que se articule en torno a una mujer no sería automáticamente mejor, pero sí sería más coherente con el mensaje que lleva años defendiendo y más valiente frente a un país que todavía tolera peor la ambición femenina.

Ione Belarra - Política
Ione Belarra interviene durante un pleno.
EFE/Chema Moya

Plantearlo así tampoco implica minusvalorar a Gabriel Rufián. Al revés: si Rufián quiere que su iniciativa sea leída como un salto hacia adelante y no como otra maniobra de reordenación al estilo clásico, tiene una oportunidad evidente: que el rostro principal no sea el suyo, o que, al menos, no sea el único. Que la portavocía sea coral. Que las decisiones se anuncien con reglas. Y que el liderazgo femenino no aparezca como “acompañamiento” sino como centro.

Porque, si en pleno 2026 la alternativa a la izquierda del PSOE vuelve a levantarse alrededor de un hombre, el mensaje que recibe mucha gente no es “estamos construyendo algo nuevo”, sino “estamos cambiando el cartel sin cambiar el escenario”. Y entonces el proyecto nace con una fisura: la de prometer futuro usando herramientas del pasado.

Gabriel Rufián no tiene por qué ser el problema, pero sí puede decidir si quiere ser parte de la solución.

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