Hace tiempo que Serena Williams dejó de competir únicamente contra sus rivales. Lleva años enfrentándose al tiempo, a las expectativas, a su propio legado y a esa pregunta que sigue a todos los grandes deportistas cuando abandonan el escenario: ¿qué ocurre después de haberlo ganado prácticamente todo? A los 44 años ha vuelto a coger una raqueta, pero su vuelta al tenis no parece que tenga como fin buscar una última victoria ni tampoco cerrar una historia que dejó pendiente. A pesar de la posibilidad, todavía abierta, de disputar Wimbledon, lo verdaderamente interesante es que ha decidido volver porque todavía disfruta jugando.
“¿Por qué no?”, respondió cuando le preguntaron por las razones de este inesperado regreso. Una contestación sencilla para una decisión extraordinaria. Quien preguntó sabía que no juega por dinero ni por récords. Ni siquiera por demostrar que sigue siendo capaz de competir. Ella misma ha dicho con naturalidad que no necesita ganar más de lo que ya ha ganado. Quiere divertirse, sentir otra vez la competición y, sobre todo, que sus hijas la vean sobre una pista.

Fue durante años la deportista que inspiró a millones de niñas que soñaban con convertirse algún día en campeonas. Ahora pretende inspirar desde el lugar de una madre que enseña a sus propias hijas que la pasión no entiende de edades. Pocas figuras deportivas han transformado tanto su disciplina como Serena. Sus 23 títulos de Grand Slam, sus cuatro oros olímpicos o sus centenares de semanas como número uno mundial forman parte de una biografía irrepetible.
El tenis se adaptó a ella
Serena cambió la manera de jugar al tenis y, de paso, sirvió una lección magistral sobre quién puede sentirse representado dentro de él. Procedente de Compton, un barrio de Los Ángeles alejado de los clubes tradicionales donde se había popularizado este deporte, irrumpió junto a su hermana Venus en un mundo dominado por códigos muy distintos a los suyos. Pero no dejó atrás algunos de los episodios que marcaron su carácter, entre ellos el asesinato a tiros de una de sus hermanas. Aquella experiencia terminó de forjar una personalidad combativa, alimentada por una determinación que la acompañaría durante toda su carrera.

Quienes compartieron sus primeros años en el circuito recuerdan que las hermanas imponían respeto desde su sola presencia, aunque era Serena quien irradiaba una actitud más desafiante. Cuando recorrían los pasillos de los torneos, esperaban que el resto les abriera paso. Habían llegado para ocupar un espacio que durante mucho tiempo les había sido negado y no estaban dispuestas a retroceder. Rompieron estereotipos sobre el cuerpo de una deportista, el color de la piel, la feminidad y la forma en que una mujer podía ejercer el liderazgo. Y el tenis tuvo que adaptarse a ellas.
Cuando las jugadoras actuales hablan de Serena, rara vez empiezan por sus golpes. Hablan de su carácter, de la confianza que transmite o de la sensación de que cualquier barrera puede romperse. Garbiñe Muguruza reconoció en su despedida de 2022 que fue la referencia de toda una generación porque hizo creer a muchas niñas que también ellas podían llegar hasta allí. Su impacto, explicaba la española, iba mucho más allá del tenis. Ese es el verdadero legado de los grandes deportistas, conseguir que quienes vienen detrás ni siquiera se planteen que pueden existir límites.
La levedad del tiempo
Pero hubo también otra Serena. La campeona feroz convivió con una mujer que sufrió graves complicaciones médicas tras dar a luz, lloró derrotas que parecían imposibles y soportó el peso de perseguir un récord histórico. La Serena que reaparece ahora en las pistas ya no parece obsesionada con demostrar que sigue siendo la mejor. Se permite bromear, reconocer que todavía le falta ritmo o admitir que simplemente quiere comprobar cómo se siente de nuevo compitiendo. Es una versión mucho más humana de alguien que durante años pareció casi invencible. Eso la haga todavía más grande.

Quizá juegue unos pocos torneos más o quizá descubra que esta aventura termina antes de lo esperado. En realidad, ya da igual. Ha vuelto para recordarnos que las personas extraordinarias nunca dejan de buscar aquello que las hizo felices. A los 44 años, no necesita conquistar otro Wimbledon.

