La cena de Estado que Donald Trump ofreció a Xi Jinping aparentemente no generó muchas noticias, más allá de las fotos. Ninguno de los dos discursos tocó los asuntos más conflictivos y Trump se limitó a decir que “nunca nos hemos llevado mejor”. Pero en este caso la ausencia de novedad es la novedad, porque estamos en presencia de una nueva guerra fría, aunque sus protagonistas se sienten a la misma mesa.
Esta vez la bomba atómica es la inteligencia artificial. Basta con reparar en los comensales para entender lo que está en juego: entre los más de 130 invitados figuraban Sam Altman, Mark Zuckerberg, Elon Musk, Jensen Huang y Tim Cook, entre otros tecnooligarcas. La lucha es por la inteligencia artificial, una tecnología potencialmente destructiva en una escala todavía inimaginable, pero necesaria para dominar el futuro. Como lo fue la energía atómica el siglo pasado.

Trump dijo que quería dejarla “exactamente donde está”, mientras que Xi opinó que su desarrollo debe permanecer “bajo control humano”. Frases genéricas y vacías que solo evidencian la voluntad de ambas potencias de continuar la carrera por la IA. Y en torno a ese endgame se puede interpretar todo lo demás. Esta vez las potencias dominantes no se reparten el mundo por ideologías, sino por autonomía energética.
Por eso, en la cena, Xi no se quejó de la pérdida de su influencia y sus intereses en Venezuela, y Trump evitó el tema de Taiwán en su brindis. Al parecer, la tregua no es solo comercial, sino también geopolítica. Fuera de la foto, China avanza en el nuevo gasoducto de Siberia para obtener gas ruso a precios de costo, mientras que Estados Unidos hace lo propio con el petróleo venezolano, dejando a Pekín por fuera.

Ambos consolidan posiciones para asegurarse la energía necesaria para avanzar en su carrera por la IA, repartiéndose el mundo en zonas de influencia, mientras Europa queda, por ahora, como zona de distensión.

