El sábado anterior arrancó el funeral del Líder Supremo Alí Jameneí y otros miembros de su familia que resultaron muertos tras la ofensiva militar desplegada por Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero. La información relativa a su despedida fue proporcionada hace aproximadamente un mes. Entonces se dispuso que la marcha fúnebre empezaría el 4 de julio en Teherán y culminaría unos días después en Mashhad, la ciudad natal del dirigente iraní. Y así ocurrió. El ataúd de Jameneí –envuelto en la bandera iraní y transportado por un camión– emprendió su largo recorrido por las principales calles de Teherán y, finalmente, el viernes sus restos fueron inhumados, poniendo fin a las exequias.

La comitiva funeraria pasó por, entre otros lugares, la Plaza de la Revolución, un lugar emblemático para quienes se manifestaron en los días anteriores y posteriores a la revolución de 1979. Este emplazamiento que permanece grabado en el imaginario popular en la medida en que simboliza el cambio del régimen del Shah al actual, ha sido un lugar de paso obligado. Un momento relevante fue el rezo celebrado en la mezquita Gran Mosala de Teherán donde el poeta Mohammad Rasouli intervino como maestro de ceremonias, proclamando que el sudario era la vestimenta del pueblo iraní y que matar a Trump era la responsabilidad compartida de todos ellos. El público embravecido respondió –entre otras– con las recurrentes consignas de “muerte a Estados Unidos” y “muerte a Israel”.
Mientras Irán vivía su duelo particular, Estados Unidos conmemoraba los 250 años de la adopción de la Declaración de Independencia. En Washington, entre festejos de diversa índole, el presidente Donald J. Trump se jacto del éxito obtenido en Irán. Sin duda, la dialéctica mostrada por unos y otros deja mucho que desear. Ambos bandos parecen compartir una lógica discursiva belicista que, curiosamente, no les aleja, sino que les acerca. Como si se tratara de las dos caras de una misma y siniestra moneda: uno instiga actos de venganza y el otro presume de haber aniquilado a su adversario. Ante esta maquiavélica espiral verbal que parece no tener fin –una situación que se prolonga durante décadas–, resulta difícil comprender que se estén intentando cerrar los términos de un acuerdo de paz definitivo.

Sea como fuere, el cortejo siguió el itinerario previsto. El 7 de julio pasó por la ciudad de Qom. Ese día, la multitud se aproximó a la mezquita allí emplazada para despedirse de quien había ostentado el poder durante 36 años. Este alto en el camino no fue fruto del azar. Todo estaba calculado al detalle. Qom es un enclave especial para los chiíes que creen que Mahdi, el imán escondido y redentor de la humanidad, podría reaparecer. Y, en medio del fragor de la oración, el ayatolá no desaprovechó la ocasión para lanzar todo tipo de soflamas que –una vez más– fueron aclamadas por los asistentes con gritos de “muerte a Estados Unidos”. Finalmente, el ataúd de Jameneí llegó en avión a Mashhad donde sus restos fueron depositados, poniendo así fin a unas intensas y multitudinarias ceremonias fúnebres.
Esta procesión ha sido seguida y secundada por muchos iraníes. Es más, las autoridades del país decretaron su “cierre” durante varios días para que la población tuviera la posibilidad de unirse al desfile y a las ceremonias programadas. Es preciso señalar que este recorrido y las ceremonias litúrgicas celebradas no han tenido únicamente una connotación religiosa. En definitiva, no se ha tratado sólo de lamentar la muerte de su líder y rendirle los honores pertinentes, sino de reivindicar sus profundos y enraizados deseos de tomar represalias contra sus enemigos. El color rojo de las banderas –que sobresalía en todos y cada uno de los actos– representa la sangre y el martirio, pero también la sed de venganza de los “dolientes”. Así pues, las soflamas, los gritos y los cánticos han alimentado esa “sed en el aire” de revancha, de ajuste de cuentas y de desquite difícil de contener.

Y con la población azuzada por la combinación de peligrosos ingredientes como el odio, la tristeza, la venganza y el luto, la mecha que puede prender un nuevo enfrentamiento abierto y directo con Estados Unidos parece hoy muy corta. En estos días, ambas partes se habían concedido un respiro relativo. Washington y Teherán parecían estar centrados en sus propios hitos internos como si ambos fueran dragones que hubieran optado por replegar momentáneamente su fuego. Sin embargo, la realidad es otra: ninguno ha dejado de estar pendiente del otro. Este aparente aletargamiento no ha sido más que una ilusión. La Casa Blanca, en estos últimos días, ha orquestado varios ataques, lo que ha llevado a Teherán a lanzar la correspondiente ofensiva contra bases militares estadounidenses ubicadas en países la zona. La tensión vuelve a ser máxima.
Así pues, aunque exista un alto el fuego y unas conversaciones de paz en curso, ambas partes parecen haber regresado a la casilla de salida en lo que respecta a la desconfianza mutua y a la amenaza de una nueva escalada. Da la impresión de que sobre Washington y Teherán penden dos espadas, como la que el rey Dionisio hizo colgar sobre Damocles cuando este último, seducido por el lujo y las riquezas del monarca, ocupó el lugar del otro durante un banquete. Aquella hoja quedó suspendida de un único pelo de caballo. Aterrorizado por el peligro que corría, perdió el apetito a pesar de la suculenta comida que tenía ante sus ojos y pidió recuperar su condición original. Sólo entonces recuperó la tranquilidad. A diferencia de Damocles, aquí ninguno de los “comensales” puede levantarse de la mesa y marcharse. El peligro parece haberse convertido en una constante, en una amenaza que se cierne sobre ambos y que todo lo oscurece. La paz sigue dependiendo, como la espada de Damocles, de un único y frágil hilo.

