Venezuela sigue afrontando los daños de uno de sus desastres naturales más devastadores, desde que dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieran el norte del país el pasado miércoles. Después de cumplirse las primeras 72 horas desde la catástrofe, consideradas decisivas para localizar supervivientes entre los escombros, las operaciones de rescate se desarrollan sin descanso mientras el balance oficial asciende ya a 1.430 personas.
Mientras, miles de venezolanos participan de forma voluntaria en labores de rescate en las edificaciones afectadas y han organizado recogidas de insumos y traslado de donaciones a distintas zonas de Caracas y La Guaira.
Lo que se vivió fue desesperante. Dos mujeres venezolanas relatan a Artículo14 cómo lo vivieron. Paola estaba atendiendo a un cliente en su trabajo, en Caracas, cuando notó que el suelo comenzaba a moverse. Al principio, el cliente no parecía sentir nada. Fue cuando apoyó el brazo en la pared y la vio vibrar, y cuando las lámparas del techo empezaron a oscilar, cuando la realidad golpeó: se metió debajo de la mesa más cercana. A su lado había un niño. El padre del pequeño quería salir corriendo a buscar su moto. “Por favor, no dejes al niño aquí”, le suplicó Paola una y otra vez.

En cuanto el temblor amainó, salió disparada del centro comercial. Solo tenía una cosa en mente “Por mi cabeza no pasaba nada más que mi hijo”, también mostró preocupación por su madre. Logró hacer una única llamada que entró pese a la baja señal telefónica. Su madre estaba bien, su hijo también. Se subió a un mototaxi y abandonó el local dejando atrás su cartera, su teléfono, todo. Una compañera le insistía en que volviera a buscarla. Ella ni la escuchó.
En la calle, el panorama era desolador. Gente llorando, negocios destruidos, familias gritando, personas desaparecidas. “Fue horrible, fue horrible de verdad”, repite. Cuando llegó a casa y abrazó a los suyos, fue lo único que importó. “Mi mamá está bien, mi papá está bien, mi hijo está bien. Es lo que me llena.”
El escenario en La Guaira
Por otro lado, Yoslyn había aprovechado el día festivo para ir con su familia y sus compadres a un club de playa en La Guaira. Ya estaban recogiendo para marcharse cuando el suelo se movió con una violencia que no dejó a nadie en pie. “Me lanzó”, recuerda. Todos cayeron en la arena. Se aferraron a los niños y se abrazaron entre ellos mientras duraba el movimiento. El miedo no cesaba, fue “aproximadamente un minuto eterno”, confirma mientras siente escalofríos.

Cuando por fin pudieron incorporarse y mirar alrededor, la imagen era devastadora: los edificios frente al club, derrumbados. La piscina, desbordada. Las hamacas y tumbonas, enterradas en la arena. La carretera donde habían aparcado los coches, rota. Y todas las salidas, bloqueadas por los escombros.
Durante más de media hora buscaron desesperadamente una vía de escape, con los niños en brazos, sin luz y sin cobertura telefónica, “no había obviamente nada”. Se escuchaban gritos por todas partes. Pasaban motos con heridos. Alguien propuso alejarse del agua ante el miedo a un posible tsunami. Finalmente encontraron un camino alternativo que los llevó, tras más de una hora de atasco entre vías destrozadas, hasta la autopista Caracas-La Guaira. Desde allí, pudieron volver a la capital. “Llegar a Caracas era salvaje”, resume Yoslyn.

