El “acuerdo de entendimiento” firmado a distancia entre Estados Unidos e Irán, que se avanzó por las prisas demostradas por Donald Trump, no puede leerse solo como una maniobra diplomática para rebajar tensiones en Oriente Medio. También revela quién ejerce el poder, desde qué capitales se negocia la nueva arquitectura de la región y que perfiles dominan el discurso y la toma de decisiones. Y se repite un patrón común: las figuras visibles del proceso son solo hombres. En ninguna foto, aparecen altas diplomáticas en la negociación o la toma de decisiones.
La dinámica vuelve a situar a Pakistán en un papel central. Desde Suiza, se confirmó que el “acuerdo de entendimiento” entre Estados Unidos e Irán fue facilitado por Islamabad, con apoyo de Qatar y otros actores, y que la fase de implementación se trasladaría a territorio suizo.
En esa arquitectura, los nombres públicos asociados al proceso son todos masculinos. Del lado estadounidense, Donald Trump aparece como el impulsor obsesionado con lograr la firma, mientras que en la mediación figuran actores como el primer ministro paquistaní Shehbaz Sharif y el ministro de Exteriores suizo Ignazio Cassis. Del lado iraní, el presidente del Parlamento Mohamad Bagher Ghalibaf se convirtió en principal figura negociadora, siempre bajo la dirección del líder supremo Mojtaba Jamenei.

Este domingo, las negociaciones para lograr un acuerdo de paz duradero entre Estados Unidos e Irán arrancaron en Bürgenstock, un complejo turístico en los Alpes, cerca de Lucerna. Y es que Suiza actúa como anfitriona y garante de neutralidad.
Allí, la delegación iraní, encabezada por el jefe negociador Mohamad Baqer Qalibaf, dejó el edificio después de que Trump publicara en Truth Social un mensaje en el que amenazaba a Teherán con nuevos ataques si no impedía que sus aliados de Hizbulá “causaran problemas” en Líbano.
Máxima tensión en Suiza
Según la agencia estatal iraní IRNA, el desplante se produjo a raíz de que las negociaciones “entraran en una fase difícil después de 80 minutos de discusiones y una interrupción a causa de la publicación de un mensaje insultante del presidente estadounidense”.
Ya antes de este incidente, la delegación de Irán, en la que también está el ministro de Asuntos Exteriores, Abas Araqchi, evitó hacerse fotos en las que sus miembros estrecharan la mano de sus contrapartes estadounidenses.

Tampoco participaron en una comparecencia al inicio del encuentro con el vicepresidente estadounidense, JD Vance, que encabeza la delegación de su país, junto a los primeros ministros de Catar y Pakistán, mediadores de las negociaciones.
Las conversaciones de Bürgenstock, surgidas después de que Irán y EE UU firmaran un memorando de entendimiento de 14 puntos, tienen por objetivo concretar un acuerdo de paz definitivo que ponga fin a la guerra iniciada en febrero.

El memorando estipula que ambas partes disponen de 60 días para negociar sobre el fin de las hostilidades pero también del supuesto programa nuclear iraní, en un periodo en el que Teherán debe garantizar el libre tránsito por el estrecho de Ormuz.
Al discutirse la seguridad en Oriente Medio, el programa nuclear iraní, el levantamiento de sanciones o de un eventual alto el fuego más amplio (que incluya al Líbano), el debate suele centrarse en el fondo del acuerdo. Pero en el proceso de darle forma, donde no se cuenta con la visión femenina para la resolución de conflictos y la toma de decisiones, se deja al margen una perspectiva que se mostró efectiva en la resolución de otros conflictos armados.
La desigualdad de género sigue patente en los espacios de donde se ejerce la alta diplomacia para resolver crisis globales. En el caso de la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán, quienes tratan de resolverla a toda prisa justifican que negocien equipos cerrados, jerarquizados y masculinizados. Dicha apuesta empobrece la representación y perpetúa una vieja idea de que los grandes asuntos estratégicos son patrimonio natural de los hombres.
Las mujeres han sido decisivas en la resolución de muchos conflictos armados porque suelen abrir espacios de diálogo donde los actores armados no los ven, sostener redes comunitarias durante la guerra y empujar acuerdos que incluyan desarme, justicia y reconstrucción social. En procesos como los de Liberia, Colombia o Irlanda del Norte, su participación ayudó a ampliar la agenda de negociación más allá de la lógica militar, incorporando derechos de las víctimas, atención humanitaria y garantías de implementación, lo que hizo los pactos más legítimos y duraderos.
Expertas apuntan que un proceso que aspira a estabilizar una región tan volátil como Oriente Medio debería ampliar la base de representación, incorporar voces distintas y evitar que la política internacional siga reproduciendo la misma jerarquía de poder. Un ejemplo inspirador fue el de Leymah Gbowee, la activista liberiana que organizó a miles de mujeres cristianas y musulmanas para presionar por el fin de la guerra civil en Liberia, y cuyo movimiento fue clave para empujar a Charles Taylor a sentarse a negociar y avanzar hacia la paz. Su papel fue tan importante que recibió el Premio Nobel de la Paz (2011).
El “acuerdo de entendimiento” pretende venderse por la Administración Trump como un triunfo diplomático, pero también es un espejo de la desigualdad estructural que sigue marcando las negociaciones de alto nivel. Como de costumbre, son solo hombres decidiendo sobre la seguridad global, hombres mediando entre capitales enfrentadas y hombres ocupando todo el espacio visible de una negociación que afecta a millones de personas, muchas de ellas mujeres.

