Meta se enfrenta desde esta semana en California a uno de los mayores desafíos judiciales de su historia. Una coalición de 29 estados norteamericanos acusa a la compañía propietaria de Instagram y Facebook de haber diseñado deliberadamente sus plataformas para fomentar un uso compulsivo entre niños y adolescentes, perjudicar su salud mental y obtener beneficios de su permanencia frente a la pantalla. La compañía lo niega y sostiene que lleva años incorporando herramientas destinadas a proteger a los menores.
El juicio, que se celebra en Oakland y se prolongará previsiblemente durante unas seis semanas, podría acabar obligando a Meta no solo a pagar indemnizaciones multimillonarias, sino también a modificar algunas de las características más reconocibles de sus redes sociales: el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones o determinados sistemas de recomendación.

La cuestión que subyace detrás de la batalla jurídica va, sin embargo, mucho más allá de Meta. ¿Qué capacidad real tiene un adolescente para resistirse a un producto diseñado para captar y retener su atención?
César T. Gil, economista, CEO de Nexuria Lab y experto en neuromarketing y neuroeconomía, comienza haciendo una precisión. Utilizar la palabra adicción para cualquier adolescente que pasa muchas horas en Instagram o TikTok sería, explica, “científicamente excesivo”. Pero también lo sería afirmar que las redes sociales no pueden generar patrones adictivos.
“Una adicción no necesita necesariamente una sustancia química”, señala. En las llamadas adicciones conductuales, lo relevante no es únicamente cuánto tiempo se dedica a una actividad, sino la relación que termina estableciéndose con ella: pérdida de control, dependencia psicológica, preocupación constante, intentos fallidos de reducir su uso, abandono de otras actividades o persistencia a pesar de sus consecuencias negativas.

La diferencia resulta fundamental porque permite separar un uso intensivo de un verdadero patrón problemático. “Una persona puede utilizar Instagram tres horas diarias y mantener perfectamente el control sobre su conducta, mientras que otra puede utilizarlo menos tiempo, pero experimentar ansiedad cuando intenta dejarlo”. No son las horas, insiste Gil, sino “la pérdida de control y la interferencia en la vida cotidiana” las que deberían encender las alarmas.
Un cerebro todavía en construcción
La adolescencia añade un elemento especialmente sensible. Durante esos años el cerebro continúa reorganizando sus conexiones neuronales mediante procesos como la poda sináptica. “Podríamos imaginarlo como una enorme red de caminos. Los caminos que recorremos frecuentemente tienden a consolidarse; los que apenas utilizamos van perdiendo importancia”, explica Gil.
Al mismo tiempo, el cerebro adolescente presenta una elevada sensibilidad hacia la recompensa, la novedad, la aceptación social y la opinión del grupo, mientras que capacidades relacionadas con la planificación, el control inhibitorio y la valoración de las consecuencias a largo plazo continúan madurando.

Y ahí las redes encuentran un terreno extraordinariamente fértil. “Durante la adolescencia, pertenecer al grupo tiene un valor extraordinario. Las redes han convertido esa necesidad humana en algo cuantificable“. Likes, seguidores, visualizaciones, comentarios o reacciones proporcionan continuamente información sobre la posición social del adolescente.
A ello se suma otro mecanismo: la incertidumbre. Cada vez que se abre Instagram resulta imposible saber qué aparecerá después. Puede ser un mensaje, un vídeo especialmente atractivo, un comentario o nada relevante. “Precisamente esa incertidumbre favorece la repetición”, señala Gil. Las recompensas variables consiguen mantener una conducta porque dejan instalada una expectativa muy sencilla: “La próxima vez quizá haya algo interesante”. Y volvemos a deslizar el dedo.
No se trata, advierte, de reducirlo todo a la dopamina, presentada demasiadas veces como una suerte de “molécula del placer”. Su función es mucho más compleja e interviene también en la motivación, el aprendizaje y la anticipación de recompensas. Las plataformas “no necesitan producir un placer extraordinario en cada interacción. Les basta con mantener la expectativa de que la siguiente interacción puede merecer la pena”.
Seguir es automático; parar exige decidir
Quizá una de las claves del juicio sea precisamente dónde colocar la frontera entre responsabilidad individual y diseño tecnológico. Gil recurre a un concepto de la neuroeconomía: la arquitectura de elección. Las decisiones no se adoptan en el vacío, sino dentro de entornos capaces de favorecer unas conductas y dificultar otras.

“Imaginemos una plataforma en la que cada pocos segundos aparece un estímulo nuevo, donde abandonar requiere una decisión consciente mientras que continuar únicamente exige mover un dedo. Eso significa que existe una asimetría: seguir es automático; parar exige decidir”.
El scroll infinito constituye un buen ejemplo. Un libro termina el capítulo; un periódico, la página; una película, los títulos de crédito. Son puntos naturales que obligan a preguntarse si queremos continuar. “El scroll infinito elimina esa pregunta. Siempre hay algo más”. La reproducción automática hace algo parecido: el siguiente contenido comienza sin que el usuario tenga que decidir verlo.
Por eso, Gil considera insuficiente trasladar todo el peso a la fuerza de voluntad del menor. “La responsabilidad individual existe, naturalmente. Pero también existe una responsabilidad del entorno en el que esa decisión se produce. Y cuando hablamos de menores, esa segunda responsabilidad adquiere todavía más importancia”.

Julio Domínguez Puerto, ingeniero informático y Chief Growth Officer de la empresa de capacitación tecnológica, Evolve, introduce otra perspectiva. Un algoritmo, explica, no funciona de manera neutral o espontánea: “Persigue un objetivo muy definido que alguien de la empresa ha elegido”. Puede ser aumentar el tiempo conectado, conseguir que el usuario regrese más veces al día o favorecer determinados contenidos.
El scroll infinito, los vídeos automáticos o las notificaciones son, a su juicio, “ingeniería del comportamiento”. Y las compañías pueden conocer con enorme precisión sus efectos porque prácticamente cualquier modificación se somete a pruebas. “En la industria lo llamamos test A/B”, indica. Se muestran distintas versiones a grupos de usuarios y se mide cuál consigue mejores resultados. “Su negocio es exactamente ese: saber qué funciona”.
Técnicamente, añade Domínguez, limitar algunas de estas funcionalidades para los menores no presenta una gran dificultad. “El obstáculo no es técnico, es económico”. Meta obtiene la inmensa mayoría de sus ingresos de la publicidad y, por tanto, reducir el tiempo de permanencia puede entrar en conflicto con el propio modelo de negocio.
Del algoritmo al tribunal
Y es ahí donde la neurociencia y la tecnología terminan entrando en el terreno jurídico. Clara R. Iláraz, doctora en Derecho Tecnológico y experta en Ciberseguridad, recuerda que Europa ha avanzado hacia un modelo en el que las grandes plataformas deben analizar los riesgos derivados no solo de los contenidos que alojan, sino también “del diseño o del funcionamiento de sus servicios”, con especial protección cuando pueden verse afectados los menores.

La diferencia es sustancial. Hasta ahora buena parte del debate sobre las redes se había centrado en qué contenido ve un adolescente. Este proceso pone el foco también en cómo está construida la herramienta a través de la cual lo consume.
“Lo verdaderamente novedoso de este juicio es que no se juzga el contenido que circula por la plataforma, sino su diseño. Y el diseño solo pertenece a su creador, que no puede trasladar la responsabilidad al uso que hagan los usuarios”, señala Iláraz.
Si se demostrara además que Meta conocía determinados riesgos y no adoptó medidas suficientes para mitigarlos, explica, podría aumentar el alcance de su responsabilidad. Pero introduce una cautela importante frente a las comparaciones con las grandes tabacaleras: mientras que en el caso del tabaco pudo establecerse científicamente una relación directa entre producto y enfermedad, “la salud mental de un adolescente depende de muchos factores y ese vínculo unívoco no se ha probado todavía”.

Ese será uno de los grandes asuntos que deberá dilucidar el tribunal. Pero, más allá del resultado judicial, el proceso ha abierto una pregunta difícil de cerrar: cuánto de nuestra permanencia en una red social responde a una elección y cuánto a la arquitectura que alguien ha construido alrededor de esa elección.
“Cuando una plataforma gana dinero cuanto más tiempo permanece el usuario dentro, mientras que el usuario necesita ejercer autocontrol para abandonarla, aparece un conflicto de incentivos”, resume Gil a través de este conflicto de intereses. Porque el mismo tiempo que para la plataforma representa ingresos es, para el adolescente, un recurso que nunca recuperará.

