A la salida del Bernabéu, pasadas las diez de la noche, nadie tenía prisa. Los grupos salían despacio, como si apresurarse significara cerrar algo que todavía no estaban listos para cerrar. Algunos cantaban, otros se abrazaban con personas a las que acababan de conocer esa noche. Había madres con niños dormidos en brazos, sacerdotes con los alzacuellos aflojados, jóvenes con banderas de sus diócesis enrolladas al hombro, religiosas que seguían tarareando el himno de la visita mientras buscaban el autobús.
Tres días. Carabanchel, la Castellana, Cibeles, el Congreso, el Movistar Arena, el Bernabéu. Siguiente destino, Barcelona. Pero como dijo el Papa León XIV en el encuentro diocesano con el que cerró su paso por la capital, “la Iglesia de Madrid ha marcado un golazo para siempre”.
Las Hermanas Comunicadoras Eucarísticas del Padre Celestial salieron juntas, en grupo, con sus hábitos blancos y celestes y una alegría que no cabía en sus caras. La hermana Faustina nos cuenta el periplo: “Hemos estado desde la vigilia, hemos participado en la santa eucaristía y Dios nos sorprendió dándonos la oportunidad de verlo también aquí en el Bernabéu”. Sobre las palabras del Papa, confiesan haberse quedado con la frase de la primera noche: “Dios conoce nuestra voz y nos escucha”. Y confiesa: “A veces, en nuestra vida espiritual creemos que Dios no nos escucha, pero él conoce nuestra voz porque somos sus hijos: sabe que le hablamos y qué le decimos”.
Entre ellas se ríen, llenas de alegría. “Como humanos, tenemos nuestras subidas y bajadas; el Santo Padre también lo dijo en la vigilia, ‘sean humanos’. No podemos olvidarnos que somos seres de carne y hueso, que vivimos y respiramos por la gracia de Dios. Pero si no la pedimos constantemente, si no tenemos intimidad con él, es como cuando Pedro flaqueó sobre las aguas: miramos hacia abajo en vez de levantar la mirada”. Tras el encuentro diocesano en el Bernabéu, hablan de “emoción” y “una fe viva”: “Impresiona ver a los sacerdotes cantando, a los jóvenes… es una fe viva, una familia”. Los jóvenes es el gran tema de la Iglesia de hoy: “La fe está creciendo mucho, y la adoración eucarística es el centro, porque Jesús se ha convertido en el centro del corazón de todos los jóvenes”.
Le preguntamos qué le dirían al Papa si pudiera. No lo duda: “Que vuelva pronto. Que España le necesita. Que la Iglesia le necesita”. Detrás de ella, dos hermanas más jóvenes asienten y una de ellas añade: “Queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros, y especialmente por estar firme con la Iglesia, por bendecir a tantos niños, que son el futuro, y por darnos un mensaje de paz y de esperanza. ¡Y que sepa que aquí le queremos!”.

Un grupo de amigas procedentes de Cuba comparte su emoción con palabras que resumen mucho de lo vivido estos días: “Me ha gustado que dice que el pueblo, la gente, sobre todo la sinodalidad: todos tenemos que ser una sola Iglesia, un solo corazón, un solo cuerpo, para todo. Me ha gustado lo que ha dicho de Madrid, que es un punto de unión, de nexo, de tantas nacionalidades y tantas razas. Somos un único corazón”.
“Jamás se ha vivido un momento de tanta euforia, entusiasmo y gozo conmovido en el Bernabéu, en toda su historia, como esta noche”, nos explica Mariano, un joven madrileño que ha acudido con su mujer. “Es el atractivo creíble y contagioso de este hombre, generado por el Espíritu, que nos mueve en Cristo, por Cristo, hacia Cristo… ¡con su Padre y nuestro Padre!”, exclama. A su lado, Ana lo tiene claro: “¡En estos días, la Iglesia ha encontrado un padre!”.
Bianca, Ágata y Noa han cantado y bailado esta noche en el escenario del Bernabéu, interpretando Antonio Antónimo, “una canción de nuestro profesor”. “Nos ha dado mucha felicidad, me he sentido única”, dice una de ellas. Bianca confirma lo que le pediría al Papa: “Que nos ame a todos”. A su derecha, Ágata apostilla: “Ojalá siga siendo así, igual de amable”. Y Noa, la más directa de las tres, le pide que no cambie nunca.
Remedios, 67 años, de Vallecas, salió de la misa del Corpus llorando y esta noche vuelve a tener los ojos húmedos. “Vine a los tres actos de Madrid. Me gasté los ahorros del mes en el transporte y no me arrepiento de nada”. Lo que más le ha impactado fue el Corpus, el silencio de un millón de personas cuando pasaba la custodia. “Eso no se fabrica. Eso no lo ves en ningún sitio. Yo llevo toda la vida yendo a misa y nunca había visto nada así”.
Sofía, a sus 22 años, ha sido voluntaria desde el primer día, lleva cuatro noches sin dormir más de tres horas. Ha cargado vallas, ha explicado el mismo mapa centenares de veces, ha comido bocadillos fríos a deshoras. Esta noche, a la salida del Bernabéu, tiene una sonrisa que no se puede fingir. “Si me dijeran que vuelve mañana, me apunto otra vez. Sin pensarlo”. ¿Qué se lleva de todo esto? “Que somos muchísimos. Que a veces parece que la Iglesia es cuatro viejos en una parroquia, y luego ves el Bernabéu lleno y la Castellana llena y Cibeles llena y dices… no, no somos cuatro”.
Todavía dentro del estadio, Jesús Ángel, profesor de Primaria en Parla y conductor de un programa de radio con alumnos, se emociona: “Ha sido volver a recordar a san Juan Pablo II: ‘Nada te turbe, nada te espante’, que recuerda a su ‘No tengáis miedo’. Somos una juventud muy determinada por el miedo a equivocarse, pero el Papa nos ha reclamado a no tener miedo y a seguir la verdad”.
Una familia con niños pequeños resume la noche con la espontaneidad que solo tienen los críos: “Lo que más nos ha gustado ha sido el concierto, y el Papa León XIV, claro”, dicen los pequeños. Su madre toma la palabra: “Ha dicho que Madrid ha metido un golazo, y que llevemos la alegría del Evangelio y de la fe a nuestras casas, nuestros barrios, nuestros amigos y nuestra parroquia. La nuestra es San Juan. ¡Vuelva pronto a España, Santo Padre!”. Cerca de ellos, una niña que ha estado en la vigilia, en la misa de Cibeles y esta noche en el Bernabéu lo tiene igual de claro: “Me encantó la vigilia, con todos los jóvenes, cantando, rezando… Y lo que nos dijo el Papa me gustó muchísimo. El canto de los sacerdotes y el coro, me ha encantado. ¡Vuelve pronto, Santo Padre!”.
Lucía es estudiante de Enfermería, y vino desde Murcia con su grupo de parroquia. Durmieron en el suelo del colegio salesiano en sacos de dormir. “Lo mejor fue la vigilia. Cuando el Papa dijo eso de que las ideologías pasan pero la verdad no… me lo apunté en el móvil para no olvidarlo”. Le preguntamos si cambió algo en ella esta semana. Se queda pensando. “Creo que sí. No sé explicarlo todavía. Pero creo que sí”.

Ana y Cristina, hermanas, 28 y 31 años, de Alcobendas, reconocen que no son muy practicantes. Vinieron “porque era historia” y se quedaron porque les enganchó. “Lo del discurso del Congreso hoy ha sido impresionante. Lo de que ninguna ley debería avergonzarse ante la dignidad humana. Eso lo puede decir cualquiera, pero que lo diga el Papa en el Congreso español, la primera vez que un Papa entra en el Congreso… es diferente”. Ana añade algo que le ha estado dando vueltas: “Ha hablado de los migrantes, de la vida, de las palabras que destruyen. No ha esquivado nada. Y eso no lo esperaba”.
Un matrimonio joven, recién casado, sale del estadio cogidos de la mano. “Nos ha gustado poder compartir juntos este momento, porque nos casamos hace poco y nos ha encantado vivirlo con toda la gente de Madrid”, dice ella. Él coge el micrófono: “Me encanta su mensaje sobre el amor, que tenemos que estar todos unidos. Ha sido muy emocionante escucharle. Es una persona muy cercana, nos encanta estar aquí. Esperamos que haya sentido nuestra cercanía igual que nosotros la hemos sentido en su sonrisa”.
Marta tiene 8 años y viene de la mano de su madre Carmen, de 38. Le preguntamos a Marta qué fue lo mejor. “El Papa me miró”. Carmen explica: estaban en la fila del papamóvil en Cibeles y pasó muy cerca. “No sé si la miró a ella o miraba a todos, pero para ella fue a ella. Y eso se lo voy a contar a sus hijos algún día”.
Una madre con su hijo, que presumen de haber estado en todos los grandes actos, lo resumen con generosidad: “¡Me encanta la alegría de la Iglesia, la belleza de la comunión, de vivir entre todos, y el mensaje de amor! Lo más importante es vivir el amor entre todos”. Su hijo asiente y añade con una sonrisa: “Madrid le ha despedido a lo grande, con un golazo. Ojalá vuelva pronto, aunque nosotros iremos a verle a Seúl”.
Sor Inmaculada, religiosa claretiana de 54 años, camina despacio hacia el metro con dos hermanas más. Lo que se lleva de esta semana es el silencio del Corpus. “Un millón de personas en silencio en el centro de Madrid. Eso no lo había visto nunca en mi vida”. Y luego el Bernabéu esta noche: “Cuando el Papa dijo lo del golazo de la Iglesia de Madrid… todo el estadio se vino abajo. Es que tenía razón. Ha sido un golazo”.

Dos madres con sus dos hijas adolescentes, que han estado en la misa de Cibeles y esta noche en el Bernabéu, se despiden con gratitud: “Nos encanta que toda la gente viva la fe así, el respeto y el cariño, los aplausos al Papa… Y ha sido precioso ver a la Almudena portada por los anderos de Jesús el Pobre y El Dulce Nombre. Ha sido muy bonita la visita, ojalá la repita pronto. ¡Gracias por venir a visitarnos y por todo el cariño que nos ha dado!”.
Elena, 44 años, profesora de religión en un instituto, viene con un grupo de alumnas de bachillerato que ella misma convenció para venir. “Les dije: esto es historia, aunque no seáis creyentes. Y han venido. Y esta noche, a la salida del Bernabéu, una de ellas, que es la más escéptica de todas, me ha dicho: ‘Profe, me alegro de haber venido’. Para mí eso vale más que cualquier otra cosa”.
A las once de la noche, el entorno del Bernabéu seguía lleno de corros que no querían disolverse. Alguien empezó a cantar el himno de la visita y el corro lo siguió. Luego otro corro lo escuchó y se sumó. Y así, en cadena, la calle se llenó de nuevo de un canto que no venía de ningún escenario sino de personas que habían vivido tres días juntas y no sabían muy bien cómo despedirse.
Madrid volvió a ser Madrid el martes por la mañana: el tráfico, el metro, la prisa. Pero en algunos portales del centro quedaban todavía flores que nadie había recogido, y en algunos balcones seguían colgando pancartas con la cara de “father Bob” y lazos blancos y amarillos. La ciudad que empezó la visita abriendo la puerta más pequeña —la de un centro de personas sin hogar en la calle Alhambra— la terminó con el mismo gesto: con la puerta abierta y la mano tendida. El Papa ya estaba camino de Barcelona. Pero algo de él se había quedado para siempre en el corazón de Madrid.
