Lo ocurrido en Ceuta durante las últimas semanas puede analizarse desde muchos puntos de vista. Podemos hablar de inmigración, de seguridad, de política exterior, de las relaciones con Marruecos, de la actuación del Gobierno de España, de la Unión Europea o incluso de defensa y soberanía nacional. Todos son debates necesarios. Pero mientras discutimos sobre geopolítica, fronteras y responsabilidades políticas, hay una realidad mucho más sencilla que corre el riesgo de quedar en segundo plano: ¿qué está pasando con la economía real de Ceuta?
Porque, detrás de cada imagen que vemos en televisión, hay una ciudad que tiene que seguir funcionando. Hay personas que cada mañana levantan la persiana de un comercio, una panadería, una carnicería, un restaurante, un kiosco, una pequeña empresa de servicios o una agencia de viajes. Personas que tienen trabajadores, alquileres, proveedores, impuestos, seguros sociales y facturas que continúan llegando aunque durante semanas prácticamente no entre nadie por la puerta.
Y los datos empiezan a ser demoledores. La Cámara de Comercio de Ceuta ha cifrado ya en más de 33 millones de euros las pérdidas económicas directas provocadas por esta crisis. El comercio ha sufrido una reducción media de su facturación superior al 50%, la hostelería ha registrado una caída similar y el turismo se ha desplomado alrededor de un 90%. Hay establecimientos que han llegado a perder hasta un 70% de sus ventas. Pero incluso estas cifras, siendo enormes para una economía del tamaño de Ceuta, no cuentan toda la historia.
Cuando decimos que un comercio pierde un 50% de su facturación parece simplemente un porcentaje. Para quien está detrás de la persiana significa otra cosa. Significa preguntarse si podrá pagar las nóminas. Significa llamar al proveedor para pedir unos días más. Significa reducir pedidos. Significa aplazar una inversión que llevaba meses preparando. Significa mirar la cuenta del banco y hacer números para saber cuánto tiempo puede aguantar. Y, en demasiados casos, significa empezar a preguntarse si tendrá que cerrar esa persiana definitivamente. Esa es la economía real. La que muchas veces no aparece en los grandes debates políticos.
Estos días estamos viendo además a ciudadanos desesperados. Y seguramente muchos de ellos tienen miedo por la seguridad de sus familias, pero también por la seguridad y el futuro de sus negocios. Porque para una familia que vive de una pequeña empresa ambas cosas están profundamente relacionadas. Su comercio también es la seguridad de su familia. De esa persiana levantada cada mañana sale el dinero con el que se paga la hipoteca, el colegio, la compra o la luz.
Por eso me han llamado especialmente la atención todas esas mujeres empresarias ceutíes que durante estos días han decidido dar un paso adelante y ponerse delante de una cámara para contar lo que está ocurriendo. Algunas han explicado que llevan semanas prácticamente sin facturar mientras siguen pagando autónomos, trabajadores y gastos. Vaya valientes.
Porque detrás de cada una de ellas seguramente hay años de esfuerzo, riesgo y sacrificio. Levantar una pequeña empresa nunca es sencillo. Mantenerla durante años todavía menos. Y ver cómo todo ese trabajo puede ponerse en peligro en cuestión de semanas por una situación absolutamente ajena a tu negocio tiene que generar una impotencia enorme.
Ceuta tiene, además, una estructura empresarial especialmente vulnerable ante una crisis de estas características. Cuenta con cerca de 3.900 empresas activas y aproximadamente la mitad no tiene asalariados; buena parte del resto son microempresas con uno o dos trabajadores. Es decir, cuando hablamos del empresariado ceutí no estamos hablando únicamente de grandes compañías. Estamos hablando fundamentalmente de autónomos, familias y pequeños empresarios. Y recuperar todo esto no será tan sencillo como recuperar la normalidad en las calles.
Porque la seguridad puede restablecerse en días, pero la confianza económica tarda mucho más en recuperarse. Un turista que cancela un viaje quizá no vuelva el mes siguiente. Una inversión que se paraliza puede terminar realizándose en otro lugar. Un comercio que cierra quizá nunca vuelva a abrir. Y un puesto de trabajo destruido no reaparece automáticamente cuando desaparece la crisis.
Cuando hablemos de Ceuta, hablemos de seguridad. Hablemos de inmigración. Hablemos de Marruecos. Hablemos de Europa, de fronteras y de responsabilidades políticas. Pero hablemos también de la panadería que vende la mitad, del restaurante vacío, del kiosco que apenas hace caja, de la tienda que sigue pagando a sus empleados aunque no entren clientes y de esa pequeña empresaria y empresario que lleva semanas haciendo números para saber cuánto tiempo más puede resistir.
Pongamos el foco también ahí. En el día a día. En la economía real. Porque defender Ceuta también significa defender a quienes cada mañana levantan su persiana y hacen que Ceuta siga funcionando. Y lo único que espero es que el foco no se apague, como en el volcán de La Palma, en los incendios o la dana de Valencia, porque sería tremendamente injusto.

