Opinión

Ceuta y el fin de los derechos

MADRID, 14/09/2026.- Imágenes de la playa del Trampolín este lunes a la espera de ser reubicados en el campamento temporal en muelle Poniente del puerto de Ceuta. EFE/ Reduan
- Imágenes de la playa del Trampolín este lunes a la espera de ser reubicados en el campamento temporal en muelle Poniente del puerto de Ceuta.
EFE/ Reduan
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Hannah Arendt explicaba en Los orígenes del totalitarismo cómo el apátrida sólo recupera personalidad jurídica al cometer un delito. En el entretiempo, es una anomalía administrativa, no le pasa nada legalmente, legalmente no es nadie; en cuanto delinque, el Estado se dirige a él, mediante un procedimiento, un abogado, un tribunal. El crimen, dice Arendt, se convierte en la mejor oportunidad de recobrar algo parecido a la igualdad humana.

En Ceuta hay treinta y cinco procedimientos abiertos por agresión sexual desde la entrada masiva del 30 de julio. No se tiende a explicar tanto que las denunciantes son mayoritariamente mujeres migrantes, las que se llevan la peor parte de la tragedia del último mes; en torno al cuarenta por ciento son niñas que cruzaron solas. Esas treinta y cinco personas tienen hoy una existencia jurídica española exacta. Han sido filiadas y reconocidas mucho más rápido por su agresión que sin ella; sin agresión tener expediente sería un proceso lento y tedioso, una odisea.

Agamben radicalizó el argumento de Arendt al afirmar que el refugiado no es un caso límite del orden estatal, sino la figura que lo rompe: deshace la soldadura entre nacimiento y nación que las declaraciones de derechos habían dado por evidente. Lo que queda al desatar ese nudo es nuda vida, un cuerpo administrable; para Agamben, las organizaciones humanitarias sólo saben tratar al ser humano de esa forma, bajo ese concepto, y acaban compartiendo secretamente la lógica de los poderes contra los que trabajan. En el fondo, es parecido a lo que denunciaba Pasolini sobre la tolerancia; la tolerancia es de los peores castigos, pues está fundada sobremanera sobre una declaración de diferencia, remarca la diferencia y sostiene que el otro siempre será el otro, siempre negro, marcado o distinto.

La respuesta práctica ha consistido en habilitar quinientas plazas en la Península, acelerar traslados y discutir ante la Audiencia Nacional si el campamento puede estar en un puerto; el mayor conflicto jurídico es la calificación del suelo, cuestión tremenda a poco que se examine. Los cuerpos de nuda vida se reducen a cifras o expedientes y hablamos sobre ellos sosteniendo que jamás tendrán ya vidas, biografías, historias, una pareja, un amigo, un amor. Conviene acordarse del valor de toda vida, también la nuda; sale en breves una novela, Tío grande, de Jacobo Bergareche, que trata exactamente de eso, a través del relato escalofriante de Amadou en su periplo –otra Odisea– para llegar al “país de los blancos”.

En 2020, sobre las devoluciones en caliente en Melilla, Estrasburgo resolvió que el derecho seguía intacto siempre que se hubiera intentado la vía legal, en una frontera donde la vía legal está fuera de alcance. Las treinta y cinco de Ceuta, por haber sido agredidas, tienen ahora la mejor posición jurídica que han tenido nunca en España, obtenida por la vía del daño. ¿Qué daños no nombrados experimentan los migrantes que ven sus vidas desnudadas y los ceutíes que afrontan la excepcionalidad permanente? ¿Pensamos en las tertulias, cuando decimos ciertas cosas, en que podría habernos tocado la suerte o desdicha de nacer al otro lado de la frontera ridícula, en la vida o muerte perdida si hubiéramos cruzado las aguas?

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