Ahora que ha pasado un tiempo prudencial, diré que es bastante incómodo permanecer demasiadas horas entre dos espadas. Si uno hubiese estado entre la espada y la pared, supongo, habría podido descansar la espalda en esta última, aunque fuese a ratos, y la cosa hubiera sido más llevadera. Pero como el dilema que se nos presentó la semana pasada ante el desahucio de Maricarmen era inequívoco —o se estaba en contra de la propiedad privada o en contra de la Humanidad, así en mayúsculas—, el panorama es francamente desolador. Por suerte, mi alergia a cualquier tipo de penuria prolongada me empujó pronto a ensartarme voluntariamente. Y, muerto al fin, desprovisto de la dignidad de quienes viven para matar en redes, he podido abandonarme al privilegio espectral de quienes al fin sabemos que nada de lo que diga nadie tiene nunca demasiada importancia.
Desde aquí yo puedo decir lo que me plazca y usted ya no podrá matarme por ello, lo cual, coincidirá conmigo, es una ventaja que nos ahorra una situación engorrosa a ambos. Puedo decir, yo qué sé, que Real Madrid TV me recuerda al diario Gara, se me ocurre. Y experimentar las consecuencias de esa exageración desde fuera de mi cuerpo, un poco como si estuviese más allá que acá, en un lugar tan lejano que no merece la pena ni que venga usted a asesinarme. O puedo decir que Maricarmen nunca fue la propietaria del piso del que la han desahuciado. Y que exigir que el propietario deba renunciar a lo que es suyo por la empatía que su inquilina nos despierta es el tipo de arbitrariedad incongruente que separa la barbarie de la civilización.
Por seguir en la rueda, puedo agregar que detecto una cierta hipocresía y falsedad en la superioridad moral de quienes más rabiosamente están reclamando expropiaciones. Y que se ha confundido el debate. Durante la última semana se ha hecho difícil diferenciar cuándo se estaba manteniendo una discusión sobre moralidad y cuándo sobre Justicia o derechos. De modo que los unos terminaban mezclándose con la otra y al final nadie sabía si había que proteger a Maricarmen por vulnerable o condenarla por jeta. A mí, que no la conozco ni soy quién para juzgarla, me sale decir que lo que hay que hacer es protegerla. Pero añadir también, por aquello de no evitar que me apalicen, que la peor manera de hacerlo es a través de la ley.
Porque, si de lo que hablamos es de caridad, diré que la caridad es una cosa grande precisamente porque no es una cosa justa. Y si de lo que hablamos es de legislación sostendré exactamente lo contrario. Pero si de lo que hablamos es del historial del Gobierno cuando ha necesitado ponerse creativo con el BOE para solucionar alguna urgencia emocional, recordaré que sus resultados no han terminado siendo ni justos ni caritativos. Aunque, eso sí, hayan devuelto la libertad a unos cuantos agresores sexuales.
Al final, acampar en Sol de poco sirve si lo que se reclaman son soluciones antes que diagnósticos acertados. A mí me cuesta bastante esfuerzo pensar que un mercado sin viviendas vaya a recuperarse a través de medidas que desincentivan la oferta. Y pienso que quizá, quién sabe, la mejor manera de expulsar a los buitres especuladores sea disminuyendo la escasez de un bien que, por escaso, es atractivo para ellos. Pero tal vez lo mejor que pueda hacer es callarme, al fin y al cabo. No sé qué interés tiene lo que diga un muerto.

