Opinión

El orgullo pasado

MADRID, 04/07/2026.-Vista general de la manifestación del Orgullo 2026 , que con el lema "¡A las calles con orgullo! Disidencia y resistencia" recorre este sábado las calles de Madrid. EFE/Sergio Pérez
MADRID, 04/07/2026.-Vista general de la manifestación del Orgullo 2026 , que con el lema "¡A las calles con orgullo! Disidencia y resistencia" recorre este sábado las calles de Madrid. EFE/Sergio Pérez
EFE/ Mario Morón
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En 1997 asistí, con algunos chicos de mi barrio, al Orgullo Gay. Provenientes de Alameda de Osuna (un barrio conservador donde el perfil medio de habitante es una persona que trabaja en aviación, ve el tenis, y lleva la llave del coche de gama media-alta bien visible, junto al escudo del Real Madrid), odiábamos a la chavalada media, tan metida en discotecas, ropa de marca (gama media también) y deporte, enemigos de toda manifestación cultural y apasionados de cualquier sandez de moda. ¿Nos sentíamos diferentes? Sí. ¿Lo éramos? También. ¿Éramos todos homosexuales o por lo menos bisexuales? No. Ni mucho menos. Hacía poco que Chueca ya no era la estación de metro en la que bajo ningún concepto había que bajar. La Shangay Express ya era una guía de sitios donde estar cómodos, lejos del Pachá, el Radikal, la Capital. Los artículos de Vampirella nos descubrían una noche diferente, más cercana a nosotros. Aquel Orgullo fue muy bonito, muy divertido. Diferente, sobre todo, para unos chavales del extrarradio. Pero a la vuelta sucedió algo. En la línea 5 del metro, ya cerca de casa, nos encontramos con otro grupo del barrio. Y a los gays del grupito la pluma se les evaporó. La voz les bajó un par de octavas. “Venimos de Gran Vía”, dijo uno. No le culpo, no era yo la que se arriesgaba a nada.

FOTODELDIA MADRID, 04/07/2026.-Vista general de la manifestación del Orgullo 2026 a su paso por la Plaza de Cibeles, que con el lema "¡A las calles con orgullo! Disidencia y resistencia" recorre este sábado las calles de Madrid. EFE/ J.J.Guillén
Orgullo 2026 a su paso por la Plaza de Cibeles
EFE/ Mario Morón

Volví a casa con un pequeño poso de amargura. También esto es de mentira, pensé.

Han pasado diecinueve años. Cada uno hemos seguido un camino, y la vida nos ha recolocado. El Orgullo desde hace años es invivible, insoportable. Las verdaderas fiestas populares son las del Orgullo, y por más que se empeñen los conservadores, los conflictos y la basura las traen los encuentros deportivos, esos de los que no se queja nadie. Las carrozas que desfilan son las de grandes empresas donde los mandamases son, a veces, homófobos recalcitrantes que solo soportan a un tipo de homosexual: el adinerado. Y con todo, se ha avanzado mucho desde 1997.

Desde hace unos años existe también el Orgullo Crítico, con bloques para Palestina, gordes (sic), discas (sic), psiquiatrizados (sic), sexualidades disidentes (BDSM, caray), y otras ocurrencias. Entiendo que buscan un sitio, pero el cinismo o la recién estrenada madurez me impide tomarme en serio todo esto. Intento pensar que en esas marchas alternativas existen chavales que eran como fuimos nosotros en 1997, chicos en busca de un sitio donde no sea necesario esconderse. En 1997 la intimidad empezaba al llegar a casa, pero hoy no empieza nunca. Intento imaginar las barbaridades que se escucharán hoy en cualquier instituto, cosas que no decía ni el más carca de los profesores en ejercicio durante la década de los 80. A esos chicos, los que fueron al Orgullo el pasado fin de semana con el ánimo de reivindicarse más allá de la fiesta, que Dios les pille confesados. Lo tienen legalmente mejor que en 1997, pero no sé qué les espera de aquí a diez años.

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