Opinión

Orgullo 2026, mi homenaje a las feministas

Desfile del Orgullo en Budapest, Hungría.
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Cuando mi madre se encontró con lo diferente, no lo vivió distinto. Yo no cabía en los estereotipos del único hijo varón, y, a la vez, era su hijo. Tan querido para ella como cada una de mis cuatro hermanas. Con el mismo derecho a la felicidad. A caer y a levantarme. Ella se lo hizo todo mucho más fácil, también, a mi padre. Y, con el amor de los dos, soy quien soy y quien he querido ser.

Las madres, nuestras madres. Las mujeres. Qué importantes han sido -son-, en el arduo recorrido de los derechos LGTBI. En las mujeres, en todas, late una capacidad de mirar con generosidad al otro que ha sido determinante para la causa de la igualdad. De nuestra igualdad. Sin ellas, no estaríamos donde estamos.

Fueron las mujeres, las feministas, las que en 1968 reivindicaron por primera vez, en el Mayo francés, los derechos de las personas LGTBI. Fueron ellas las que clamaron, cuando nadie lo hacía, contra el señalamiento y el estigma con el que cargaban las lesbianas, pero también los gays o los transexuales, despojados de las vidas que no se les permitía vivir. Fueron las que, con su grito de rebeldía, lograron que el clamor por la igualdad de derechos –“lo personal es político”- pudiera ser también el nuestro. Nos dieron oxígeno cuando nos asfixiábamos. Nos tendieron la mano.

En estos días en que celebramos el Orgullo es imprescindible recordar cómo empezó todo. Cómo aquel paso al frente de las feministas dinamitó tabúes e hizo posible lo que llegó después: el estallido de Stonewall, en Nueva York, y al poco, en cadena, el nacimiento de un movimiento reivindicativo organizado que fue el germen de la progresiva conquista de derechos y de las actuales celebraciones LGTBI en todo el mundo. En aquellas pioneras cobran todo su sentido los lemas icónicos del 68: “Prohibido prohibir” y, por supuesto, mi preferido, “Sed realistas, pedid lo imposible”. Buena parte de lo imposible está ya aquí. Lo disfrutamos. Se lo debemos.

Fueron valientes, fueron fuertes. Muchas aún viven. Articularon ese movimiento que llamamos “feminismo clásico”, que hoy sigue siendo un motor y una referencia, frente a ese otro feminismo que no es “clásico”, entre otras cosas, porque nadie sabe bien lo que es. Ni siquiera quienes lo defienden o militan en él.

Los que ahora malversan la causa LGTBI y odian a pleno pulmón –lo acabamos de ver en la Asamblea de Madrid en su versión más delirante y desquiciada- también, y no es ninguna casualidad, aborrecen a las feministas clásicas. Las descalifican, las desprecian. Tratan de expulsarlas de los espacios públicos, en línea con lo que otros sufrimos por ser “gays de derechas” o, simplemente, personas LGTBI que nos sentimos libres -porque lo somos- y no nos plegamos a imposiciones o consignas. Desconfiemos cuando se nos presenta como una verdad revelada que el género no admite una definición precisa y, con el argumento de que se quiere proteger todo, se destroza lo más elemental: los derechos de las mujeres -borradas por la nefasta “ley trans”- y también los derechos LGTBI, porque la indefinición como norma es desprotección e inseguridad jurídica. Es la más absoluta intemperie.

Se cierra el círculo. Cuando todo era sombra, hace ahora casi sesenta años, el feminismo iluminó el camino LGTBI. Y hoy, con más fuerza que nunca, nos toca defenderlo de ataques miserables. Con gratitud y reconocimiento. Con Orgullo.

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