No sabemos todavía si la joven becaria detenida por presunto espionaje en el cuartel general militar de la OTAN es culpable. Tampoco conocemos qué información habría intentado obtener, para quién trabajaba o si actuaba sola. La investigación apenas ha comenzado, pero esa película ya la hemos visto y, por lo tanto, la imaginación, esa hija pródiga, ya ha comenzado, como buena velocista, una imparable carrera.
Es que lo tenemos todo: Una joven. Una becaria. Un cuartel militar. Una potencia extranjera. ¿Qué más hace falta para que el imaginario colectivo empiece a fabricar escenas que probablemente nunca existieron? Pasillos silenciosos, atractivos oficiales veteranos, un compañero venenoso que se hunde en el rencor, encuentros discretos, apasionadas escenas de cama, sonrisas calculadas que disimulan la pasión. ¿Para qué murió Mata Hari sino que pudiéramos reescribir esta historia en el siglo XXI?

Resulta curioso que el espionaje sea uno de los pocos ámbitos donde seguimos consumiendo con entusiasmo una mitología creada hace más de cien años. Me han contado (ojalá pudiera alguien juguetear con la idea, atravesada de glamour, de que yo misma pudiera ser espía; pero me temo que no) que a realidad de los servicios de inteligencia tiene mucho menos encanto, y que consiste, básicamente, en análisis de bases de datos, observar rutinas, documentos que se clasifican y se desclasifican, reconstruir organigramas, vulnerabilidades detectadas y la espera durante meses de una oportunidad, un resquicio, un espacio en blanco. Es un trabajo paciente, burocrático y extraordinariamente técnico. Pero al demonio la realidad, nosotros seguimos imaginando otra cosa.
Imaginamos escenas nocturnas en las que las mujeres juegan un papel esencial y seguimos imaginándolas con un fascinante despliegue de seducción. La figura de la espía ha sido probablemente una de las más sexualizadas de toda la cultura popular. Desde la ya mencionada Mata Hari hasta las películas de James Bond, una agente secreta podía pasarse antes sin dominar idiomas, criptografía o estrategia que sin unos tacones y una mirada insinuante bordeada de largas pestañas. La inteligencia femenina solo podía resultar eficaz si pasaba por el deseo masculino.

Pero para más inri, en esta historia esa fantasía se cruza con otra mucho más reciente: la de la becaria, que tampoco ha escapado nunca a la imaginación masculina. La literatura, el cine y las series llevan décadas presentándola como una mezcla de juventud, ambición, atractivo e inocencia. En demasiadas historias su ascenso se debe a la tensión sexual. Para qué aprender nada si se puede seducir, para qué el talento si logra la atención de un hombre poderoso.
De modo que voilà, unimos ambos personajes —la espía y la becaria— y aparece un relato casi perfecto ya antes de conocerse los hechos. Nunca acabamos de encontrar nuevas maneras de subestimar a las mujeres. Incluso cuando las imaginamos peligrosas, seguimos atribuyendo su poder a las mismas cualidades. Al diablo la inteligencia. Qué decimos de preparación. Qué importa la paciencia. Dadnos cuerpo. Qué más da que el espionaje moderno dependa cada vez más de conocimientos tecnológicos, el análisis de información y la ciberseguridad, si nuestra imaginación continúa detenida en los años cuarenta. Como si no hubiéramos aceptado todavía que una mujer puede infiltrarse en una organización exactamente por las mismas razones que un hombre y porque esté preparada para hacerlo. ¿Era guapa o no era guapa?
Quizá la joven detenida resulte finalmente inocente, quizá no. Eso ya lo decidirán los tribunales. Lo que ya ha quedado claro es otra cosa. Solo hemos cambiado el escenario. Antes era un casino con humo de cigarrillos e incansable ruletas en Estambul, hoy es un cuartel de la OTAN, pero del guion no hemos cambiado una palabra.

