Nunca me ha gustado mucho Ulises. Soy más de Penélope. Sin ella el reino de Ítaca se desmorona bajo la codicia de los pretendientes. La Penélope de Christopher Nolan, interpretada por Anne Hathaway, tiene la misma templanza y dignidad que la de Homero. Teje y desteje, tras una celosía, la mortaja de su suegro. El telar se convierte en su reloj de arena. Mientras sus manos avanzan y retroceden sobre los hilos, contempla los apetitos de los hombres: la gula por las viandas, por el poder, por el reino encarnado en ella. Conseguirla es reinar sobre Ítaca.
Odiseo –Ulises para los romanos– se enfrenta a cíclopes, diosas y tempestades. Penélope combate a un enemigo mucho más silencioso que destruye desde el interior: el paso de los años viviendo en la incertidumbre. ¿Debe rehacer su vida? ¿Elegir a uno de esos hombres codiciosos y gorrones o seguir creyendo en el regreso de su marido? Detrás de esa sencilla celosía de madera no solo se protege ella y el trono para su hijo, Telémaco; también resiste un reino entero. Odiseo es acción, Penélope resistencia.
Y, sin embargo, Odiseo, interpretado por Matt Damon, me gusta. Nolan no le hace más ingenioso o más valiente, le presta una conciencia moderna. Ahí reside, a mi juicio, la mayor licencia de la película, mucho más que en los barcos con apariencia vikinga o cualquier otra concesión estética. En el poema épico Ulises llora por su regreso a casa, por su mujer, su hijo, su patria lejana. Muestra abiertamente sus sentimientos. Teme y se arrepiente en ocasiones de lo hecho, pero no siente la culpa moral por la guerra en el sentido contemporáneo. La guerra pertenecía a un universo ético distinto del nuestro.
El propio mito ya nos presenta a un hombre poco entusiasta de ir a Troya. Cuando Palamedes reclama su presencia, Odiseo finge haber perdido la razón y ara sus campos sembrando sal. Hasta que ponen a su hijo Telémaco delante del arado para comprobar si estaba loco. Él detiene los bueyes y queda al descubierto su engaño.
En la película de Nolan, el saqueo y destrucción de Troya persiguen al héroe. ¿Qué hemos hecho? La violación de la ley de Zeus que protegía la hospitalidad ha abierto las puertas a la barbarie entre los pueblos. Matt Damon interpreta a un héroe moral, un hombre que necesita responder ante su propia conciencia. Un héroe pensado para espectadores del siglo XXI. Nuestro siglo ya no admite –al menos de cara a la galería– un héroe que destruya una ciudad y se quede tan pancho, aunque haya cometido la fechoría a través de un ardid tan ingenioso como el caballo de madera. Después de las guerras que, por desgracia, seguimos contemplando cada día, necesitamos héroes que duden, sufran y carguen con el peso de sus actos. Empatizamos con una conciencia que los héroes homéricos no necesitaron para celebrar la victoria y sentirse admirados.
La Odisea tampoco fue un texto inmóvil. Durante mucho tiempo, las hazañas de Odiseo circularon por Grecia en boca de los aedos que las cantaban en los palacios. Cada generación añadía matices o modificaba un detalle. Siglos después, Aristarco de Samotracia, en la Biblioteca de Alejandría, comparó las versiones que circulaban y contribuyó a fijar el texto que leerían generaciones futuras. Quizá eso mismo trata de hacer Nolan, no cambia el mito; cambia la mirada con la que lo contemplamos.
Quien no ha cambiado desde Homero es Penélope. Tal vez porque la espera, la resiliencia y la fidelidad a uno mismo nunca han dejado de ser una forma de heroísmo.

