Opinión

La religión no es un vestido

Sacerdotes - Sociedad
Primer plano de las manos arrugadas de un anciano sacerdote católico sosteniendo un rosario
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El ateo al morir dice “Adiós muy buenas”; el agnóstico dice “Pues a ver qué tal”, y el creyente dice “ya era hora”. El verdadero creyente aguarda a la muerte con esperanza, o quizás con temor. Hay o había un programa en Radio María – hace mucho que no me topo con él – dedicado a los cuidados paliativos. Lo emitían un sábado de cada dos, y era escalofriante. Gente a punto de morir llamaba ilusionada porque estaban a punto de ver a Dios. Llamaban sus familiares, también llenos de ilusión. En sus voces había matices: duda, autoengaño, histeria… pero también verdadera fe, y verdadera esperanza. Yo, a solas en casa, solo podía especular sobre lo que dejaban ver las inflexiones de su voz y de su discurso. Algunos navegaban con aplastante seguridad las aguas de la contradicción; querían a sus familiares allí, pero también estaban contentos de verlos con Dios. La fe es una cosa rarísima, que no se puede ni entender ni explicar, y da igual si la tienes o no. La fe es una gracia, y punto. La voluntad de Dios, otro tanto de lo mismo. Tres niñas hicieron autostop en Alcasser para ir a la discoteca Coloors (sic) en Picassent. La voluntad de Dios fue que Antonio Anglés, Miguel Ricart y un tercer hombre parasen el coche, las llevasen hasta un punto del camino, las torturasen, violasen, y enterrasen después. La voluntad de Dios fue unos vivan y mueran pobres, y otros vivan y mueran ricos. La excusa a su voluntad es nuestro libre albedrío. Y tiene sentido, pero no deja de ser difícil de entender.

Durante años pensé que, en este mundo turbocapitalista y despiadado, resurgiría una iglesia católica como la de los cristianos primitivos. Unas huestes valerosas e íntegras a las que les diera igual todo con tal de transmitir la palabra de Dios. Hoy, con el disco Lux de Rosalía metido hasta en la sopa y cada vez más mamarrachos y oportunistas “convirtiéndose” al catolicismo (no sé si lo hacen de verdad o no, así me dejaré proteger por mis prejuicios), veo que me equivoqué como cuando quise ver en el fin del bipartidismo el nacimiento de partidos políticos preocupados por el ciudadano y la justicia social. Hoy veo también la visita del papa León XIV a escasos metros de mi casa y no puedo sentir ilusión. El perfil del creyente practicante me sigue espantando; la joven con voz de pito, el silente marido imbuido de dignidad, los niños paseando la excelencia capilar, y la escasa conversación que tienen todos y cada uno de ellos (créanme… estuve muy metida en la vida parroquial hace tiempo). El rechazo que sienten por el diferente salvo cuando es para ir a dar por culo con la guitarra, y la increíble homogeneidad mental de esa España católica, apostólica y romana que tapa los problemas y que expulsa a sus hijos cuando les va mal. Esa es la religión que yo, como todo hijo de vecino, he mamado.

Pese a todo, la religión no es un vestido. Te puedes vestir con ella y adaptarte a un contexto social, sin duda. Puedes lucirla, puedes presumir de ella. Puedes ser quien no eres. Pero no, no es un vestido. La religión va dentro de uno y cuestiona todas y cada una de las decisiones que tomamos a lo largo del día. El cura que nos dio clase de religión (haragán, jugador, coqueto, sexista, y apuesto extremeño de buen comer) nos decía que a Cristo se le llevaba en el corazón, no en las orejas. Esto lo dijo al hilo del pendiente que alguna chica, creyéndose Madonna, llevó a clase. Y este señor, expendedora de estupideces y atavismos, dijo sin querer algo que era verdad. “A Cristo no se le lleva en las orejas”.

La peor forma de vivir la religión (puertas afuera, con vocación excluyente, vacía de contenido, y con finalidad pecuniaria) vuelve a estar de actualidad. Se irá León XIV y esta gente seguirá aquí, con nuevos agregados. Ellos cortarán el grifo del sediento, le quitarán la manta al que tiene frío, y le taparán la boca al que grita pidiendo ayuda. Dios nos asista.

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