León XIV en España

El Papa llama a no convertir la fe en “un museo del pasado”: “Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano”

León XIV preside en la plaza de Cibeles la primera procesión del Corpus Christi encabezada por un papa en España, ante más de un millón de personas llegadas desde antes del amanecer. Una misa histórica que el Pontífice convierte en un llamamiento a la caridad como acto de fe

La misa del Corpus Christi con el Papa León XIV congregó en Cibeles a 1,2 millones de personas
La misa del Corpus Christi con el Papa León XIV congregó en Cibeles a 1,2 millones de personas
Marcos Nogales

Los accesos llevaban abiertos desde las seis de la mañana. Para cuando el sol apretaba sobre el centro de Madrid, la plaza de Cibeles y los grandes ejes que convergen en ella —Alcalá, el Prado, Recoletos, la propia Castellana hasta Colón y más allá— eran ya un mar de personas. Poco antes de las diez, las autoridades cerraron varios de los accesos al recinto: la afluencia había alcanzado su límite. Más de 1,2 millones de personas, según las cifras manejadas por la organización, convirtieron esta misa del Corpus Christi en el mayor acto de la visita de León XIV a España y en una de las congregaciones religiosas más masivas celebradas en Europa en los últimos años.

En el presbiterio, bajo la cubierta de formas onduladas que ocupaba el corazón de la plaza, el dispositivo litúrgico era de una escala sin precedentes en España: más de 1.300 sacerdotes concelebrantes, cerca de 200 obispos revestidos en el Palacio de Cibeles —convertido en sacristía por un día—, 300 coristas y 80 músicos de orquesta. La Casa Real estuvo representada en las gradas de autoridades: los Reyes Felipe VI y Letizia, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía. Sobre el altar, la cruz de casi cinco metros inspirada en una obra de las Hermanas de Belén presidía el conjunto, suspendida sobre el espacio de la consagración.

Los Reyes, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía, en la misa del Corpus Christi con el Papa León XIV
Los Reyes, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía, en la misa del Corpus Christi con el Papa León XIV
Jesús Hellín

“Una escuela de fe, no un museo del pasado”

León XIV tomó la palabra para la homilía con el sol ya alto sobre Madrid y una plaza que guardaba un silencio difícil de imaginar a esa escala. Comenzó situando la celebración en su raíz: la Eucaristía como “don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros”, el pan que alimenta con la misma vida de Dios, “con un amor más fuerte que la muerte”.

Reconoció la singularidad del Corpus Christi en España, una fiesta que, dijo, “no es una más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios”. Las procesiones seculares, las alfombras florales, las custodias y los ornamentos no son folclore ni nostalgia, advirtió el Papa: “Aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros”.

Pero fue en el tramo central de la homilía donde León XIV elevó el tono. “He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana”, dijo: “Que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy”. Una escuela, detalló, que enseña a arrodillarse ante Dios y ante el prójimo. Y aquí pronunció la frase que resonó con más fuerza en toda la explanada: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”.

La caridad, dijo el Papa, no es un complemento opcional de la fe. Es su prueba. “No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada”. Y conectó la procesión del Corpus con el mandato social de la Iglesia: “El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados”. No es casual, recordó, que en España la solemnidad del Corpus haya estado históricamente unida al Día de la Caridad.

El Papa León XIV, durante la misa del Corpus Christi en Madrid
El Papa León XIV, durante la misa del Corpus Christi en Madrid
Jesús Hellín

El Papa trajo a la homilía dos figuras españolas: san Manuel González, “el obispo de los sagrarios abandonados”, como símbolo de la fidelidad silenciosa y cotidiana; y san Juan de la Cruz, quien en la prisión conventual de Toledo, precisamente en torno al Corpus de 1578, escribió: “Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche”. León XIV leyó esos versos despacio, dejando que el silencio de la plaza los sostuviera. Jesús Eucaristía, dijo, es “aquella eterna fuente escondida” que apaga la sed sin imponerse con poder exterior, sin deslumbrar.

Cerró con una invitación que recogió el hilo de toda su visita: “Volvamos a Él con amor sincero. Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza”.

Una procesión insólita

Lo que ocurrió después no tiene precedentes en la historia de las visitas papales a España. Terminada la comunión —distribuida por cientos de ministros extraordinarios entre una multitud que se extendía desde Cibeles hasta Neptuno, hasta la Puerta de Alcalá y hasta Colón—, León XIV incensó el Santísimo Sacramento, lo depositó en la custodia y se inició la procesión.

El Papa León XIV, durante la procesión del Corpus Christi por las calles de Madrid
El Papa León XIV, durante la procesión del Corpus Christi por las calles de Madrid

Un papa encabezando la procesión del Corpus Christi por las calles de Madrid. La primera vez en la historia. El recorrido discurrió bajo el silencio impuesto por el rito y roto solo por los cánticos del coro, mientras la custodia avanzaba entre dos muros humanos que se descubrían y se arrodillaban a su paso. El Palacio de Cibeles al fondo, la fuente en el centro, y León XIV caminando despacio con la custodia, rodeado de diáconos, obispos y la comitiva vaticana, en un escenario que ninguno de los más de un millón de presentes olvidará fácilmente.

Madrid llevaba horas preparándose para este momento. Los alfombristas del Corpus —entre ellos el equipo de la Asociación de Alfombristas de Ponteareas, en Pontevedra, que trabajó días enteros en las alfombras florales que decoraban el entorno del presbiterio— habían convertido los alrededores de Cibeles en algo que se parecía a lo que el Papa describió en su homilía: una expresión de fe que “ha plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español”. Esta mañana, ese pueblo llenó la plaza hasta que no cabía nadie más.

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