Opinión

Las nepo babies de Zapatero

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En estos tiempos de fervor meritocrático y lágrimas por la brecha generacional, el nepo baby se ha convertido en el villano favorito de redes y tertulias. Hijos de actores, músicos o empresarios que debutan en series de Netflix o dirigen startups con inversores que casualmente jugaban al golf con papá. Horror. Mientras, en las entrevistas en la calle, jóvenes de veintitantos se lamentan con razón: “Nunca tendré vivienda porque mis padres no pueden ayudarme”. La meritocracia, al parecer, es un lujo solo para quien ya tiene red.

Y entonces aparece la familia perfecta para ilustrar la comedia humana. Laura y Alba Rodríguez Espinosa, hijas de José Luis Rodríguez Zapatero, rondan los treinta años y ya disfrutan de una agencia de marketing y comunicación, What The Fav, que factura cerca de medio millón de euros al año. Clientes de alto nivel, expansión a e-sports en Venezuela (hasta que las cosas se torcieron, claro) y, por supuesto, pisos en propiedad en barrios privilegiados de Madrid, cerca del chalet familiar en Puerta de Hierro. Todo muy meritocrático, ¿no? Empezaron de cero, sin duda, en un mundo donde el apellido no abre puertas, las agendas de papá no valen nada y las fotos con los Obama son mera anécdota juvenil. Las chicas han demostrado que con talento y esfuerzo se puede facturar cientos de miles en marketing digital con una web que, según algunos reportajes, no rebosa precisamente de contenido. Milagro del emprendimiento joven.

El toque maestro de la ironía llega cuando recordamos quién es el padre. El mismo hombre que durante años predicó la igualdad, la lucha contra los privilegios, la redistribución y la condena moral al “capitalismo salvaje” y las “élites”. Un socialista de manual que vio en la propiedad privada y el amiguismo familiar un pecado estructural de la sociedad. Excepto, claro, cuando se trata de sus propias hijas. Ahí el instinto biológico parece haber triunfado sobre la ideología con la fuerza de un tsunami.

La psicología evolutiva lo explica sin rodeos. Robert Trivers, en su teoría de la inversión parental, y antes W.D. Hamilton con la selección de parentesco, nos recuerdan que los seres humanos estamos cableados para favorecer a nuestros descendientes. Compartimos el 50% de los genes con ellos. Desde un punto de vista darwiniano, invertir recursos en su promoción es la estrategia más racional para replicar nuestro material genético. Los padres que no lo hacen tienden a dejar menos copias de sí mismos en las generaciones futuras. La izquierda puede ignorar esta realidad en sus discursos -junto con la tendencia natural a la propiedad privada y la reciprocidad familiar-, pero en la práctica se comporta exactamente igual que cualquier otro primate con corbata o sin ella. Solo que con mayor hipocresía.

Porque aquí no hablamos solo de ayuda familiar normal. Hablamos de un ex presidente del Gobierno cuya familia multiplica su patrimonio inmobiliario por más de cien desde que dejó La Moncloa, mientras parte de su electorado sigue alquilando habitáculos a precios astronómicos. El socialista que condenaba los privilegios de cuna ahora los ejerce con la naturalidad de quien siempre supo que las reglas eran para los demás. Y encima, según diversas informaciones, con ciertos tintes que rozan lo judicialmente incómodo. Podemos regular, gravar herencias hasta el absurdo, prohibir puertas giratorias y escribir tratados enteros sobre equidad. Pero el impulso de un padre (o madre) de abrirle el camino a su hijo es anterior al lenguaje, anterior a la política y anterior al propio Estado. Es tan antiguo como la primera hembra de mamífero que protegió a su cría de los depredadores. Pretender erradicarlo es tan utópico como pretender que los leones se hagan vegetarianos por decreto. La verdadera brecha no es entre quienes tienen padres con contactos y quienes no. Es entre quienes admiten que la vida es así de tribal y quienes montan teatros morales mientras sus hijas facturan medio millón y compran pisos en Valdezarza.

La izquierda no odia los privilegios; odia los privilegios ajenos. Los propios son “redes de apoyo” o “fruto del esfuerzo familiar”. Al final, la naturaleza siempre gana. Y mientras los jóvenes sin pedigrí siguen ahorrando para un alquiler que les come el sueldo, las hijas del hombre que prometió un mundo sin privilegios duermen tranquilas en sus hipotecas pagaditas. Ironía pura, servida en bandeja de plata familiar. Bienvenidos al socialismo real: igualdad para el pueblo, ascensor exprés para los míos.