Opinión

Marcha Verde: ¿Europa termina en los Pirineos?

Un grupo de migrantes regresando de Ceuta.
Un grupo de migrantes indocumentados regresando de Ceuta.
EFE
Juan Cermeño
Actualizado: h

Cada envío de inocentes y milicia marroquíes en esta Marcha Verde del nuevo siglo –ambas interpretaciones son reales y conviven– nos brinda otra oportunidad para que el honrado pueblo llano, los tertulianos y los reyezuelos de traje y corbata del hemiciclo discutan el fenómeno. Una discusión que pendula entre lemas medievales (“España para los españoles”) y la negación más absurda de la realidad. Aun así, incluso en los sectores más sentimentaloides de lo social se empiezan a escuchar voces discordantes preguntándose si donde caben 45 millones, cabrán 50, 60 y así sucesivamente sin tocar nada. Y es que un buen corazón plagado de complejos es el mayor veneno para el bien común, como bien dice mi amiga Beatriz Morillo.

Dolerá a los de lágrima fácil, que se recrean en ese picorcito de autocompasión mientras dan forma al sofá de casa, pero el “España para los españoles”, si bien yerra en la forma, acierta en el fondo: no, damas y caballeros, hoy por hoy no se cabe. Sí, María Dolores, sabemos que esos “chavales” han sufrido más que nosotros. Sí, Manolo, muchos de ellos buscan tan sólo un mejor porvenir y poder llamar a casa diciendo que están sanos y salvos. Pero, igual que habríais echado en cara al Estado español que no os proporcionara unas mínimas condiciones de bienestar y derechos humanos, ¿no deberíais cantarle las cuarenta a Mohamed VI en lugar de a los vuestros? Por cierto, importante matiz el de las comillas, porque ya sabemos cómo funciona la mafia alauita: veíamos este fin de semana a una de estas divas digitales enseñando la foto de un mazado de unos 25 – 30 años, diciendo que por fin había llegado a España “el amor de su vida”. O a una pobre mujer ceutí pidiendo ayuda en la televisión, mientras unos treintañeros recién llegados se mofaban de ella en pleno directo en una escena digna de The Office.

Qué bien les vendría una vuelta por la Confoederatio Helvetica, hogar del amo y señor del tenis Roger Federer y mi tocayo, el estajanovista Calvino, a esos buenos corazones acomplejados, para desmontar su relato jugando con sus propias reglas. En Suiza hay un 28% de población extranjera. Si sumamos segunda y tercera generación, llegamos hasta el 40%. ¡Ah, maravilla! ¿Cómo es posible? ¿Acaso no eran estos de Heidi y compañía unos racistas soberbios? ¿Los alemanes que no habían perdido la guerra? ¡No importa, os lo dijimos, el sistema funciona!

Un grupo de inmigrantes en la playa junto al paso fronterizo del Tarajal en Ceuta.
Un grupo de inmigrantes en la playa junto al paso fronterizo del Tarajal en Ceuta.
EFE

Aquí, el Estado procura las condiciones para que el ciudadano pueda valerse por sí mismo, mientras que en varios Estados europeos occidentales es subvencionado, con España en la Champions. En Suiza, llegar y solicitar una ayuda económica es una quimera. Tal cosa sólo es posible tras haber trabajado aquí. Para conseguir una vivienda, necesitas un contrato laboral. Para registrarte en el ayuntamiento y conseguir el permiso de residencia, debes presentar ambos contratos. ¿Qué consiguen con esto? Adaptar la cantidad de inmigración que pueden recibir a sus necesidades, evitar cualquier tipo de efecto llamada –¿a que todos somos conscientes de que a este país no se puede venir a vivir del aire?– y que los inmigrantes adapten sus usos y costumbres públicos a los del lugar, lo que fomenta el sentido de pertenencia al colectivo.

En España, si añadimos a la subvención un cóctel de modelo productivo de bajo valor añadido, unos impuestos que atracan a autónomos y clase media y fomentan la economía al tacatá y a unos sátrapas que dedican nuestra panoja a montar marcas de ropa por la democracia en lugar de abaratar peajes, mejorar el sistema sanitario tanto en recursos como en personal o evitar que los trenes se caigan a pedazos, tenemos el resultado evidente: la desesperación creciente del pueblo y la saturación de todos los servicios con la sensación, muy real, de que todo funciona y funcionará lenta e irrefrenablemente peor.

¿Cabría más gente en España si se hicieran las cosas bien? Sí. ¿Caben más ahora? No. El asunto no tiene mucha ciencia. Pero andamos a playlists de Spotify mientras buena parte de la UE nos da la espalda. Ya se dijo siempre que Europa termina en los Pirineos. Pero quizás sea más culpa nuestra que suya. Hay que cuidarse de los señores de traje y corbata, sonrisa de anuncio y tonito melifluo. En las altas esferas corporativas y gerencias de multinacionales es difícil ver ya estos disfraces. Por algo será. Líbrame del toro manso, que del bravo me libro yo.

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