Pasé el ferragosto en Venecia. Una tarde de calor licuado fui en taxi acuático a la iglesia de la Pietà para asistir a un concierto de Vivaldi, y me sentí como cuando en Casino Royale James Bond llega a la Serenísima a bordo de una lancha. Todo era cinematográfico en aquella ciudad onírica, resultado de una larga y fastuosa época deglutida por la historia pero cuyo extraordinario legado patrimonial aún permanece.
La candente comidilla cultural de este verano ha sido una película: La odisea. Me encanta la visión que su director, Christopher Nolan, tiene del clásico de Homero, la interpretación que hace de la obra que cimenta la literatura occidental, demostrando que un libro no permanece estático a lo largo de los siglos, y que incluso ese mismo libro cambia conforme lo leemos a diferentes edades, como también sucede, por ejemplo, con el Quijote. La perpetua grandeza de una obra clásica consiste en trascender el tiempo, de modo que las generaciones de cada época y la evolución de cada persona actualizan la historia relatada, lo cual evita que tanto los personajes como sus pasiones se amojamen, se transformen en algo museográfico. Viendo la película reviví la emoción que sentía en la universidad, cuando estudiaba Humanidades y cursaba la asignatura de Cultura Clásica y leíamos en clase fragmentos homéricos.
La odisea de Nolan comprime con maestría el tiempo y la memoria, y presenta a Odiseo como un hombre con el alma llena de mataduras que ha sufrido la pérdida de todos sus amigos y leales compañeros, que ha experimentado el horror de la guerra —que no es algo épico—, y que ha vivido demasiadas peripecias y sólo busca retornar a casa para refugiarse en los brazos de su mujer. La nostalgia de su pequeña patria y la fuerza de su amor son su escapatoria frente a las zozobras del largo y tortuoso regreso. En suma, se trata de un héroe cansado al estilo de las novelas de Pérez-Reverte, un soldado y aventurero que si bien no padece el estrés postraumático que aqueja a muchos combatientes, está harto de guerrear contra los hombres, contra los dioses y sus criaturas y contra sus propios recuerdos. Además, Penélope aparece como una mujer fuerte, de corazón volcánico, antes mujer y reina que madre, esperanzada sin fisuras en la vuelta de su amado aunque nadie le dé noticias de él desde hace diez años, y cuyo miedo es que su civilización perezca de manera violenta y no quede rastro de ella.
El cine bebió a gollete de la literatura hasta mediados de los años cincuenta, y desde entonces, la literatura chupa del cine a lo vampiro. Cuando un autor aborda la ficción histórica —en cine o en literatura—, los agrimensores de la pureza, los guardianes de la ortodoxia, pontifican sobre lo que es la historia y lo que debe hacerse o está vedado en una obra de ficción. Eso ha pasado con La odisea, lo cual ha animado el cotarro durante el estío, pues la avalancha de buenas opiniones de la película ha intentado ser contrarrestada con pellizcos de monja en algunas descacharrantes columnas de prensa y en las redes sociales, algo que, de haber existido éstas últimas en 1959, también hubiese sucedido con Ben-Hur.
Entre tanta peli de superhéroes con despiporre de IA y tantas comedias románticas de estulta ñoñez en cartelera, La odisea de Nolan me reconcilió con las salas de cine por agitar dentro de mí una coctelera de entretenimiento, emociones y pensamientos, pues ése es el objetivo del séptimo arte: vivir por un tiempo otras vidas, ya se trate de 007 teniendo en Venecia una aventura o de un héroe griego que ciega a un cíclope y vuelve a abrazar a su amada al regresar a Ítaca.

