Yo me enamoré de la radio por Antonio Herrero, e intenté absorber de él todo lo que sé de las ondas cuando trabajé en la COPE. El periodismo marca el rumbo de una sociedad, porque es el custodio de la vitamina que mueve la salud de las democracias: el espíritu crítico. La política ejerce el poder, el periodismo es la oposición al poder, porque, el buen periodismo ejerce el poder para controlar al poder. Hoy en día, con valores como la honestidad, la dignidad y la personalidad en mínimos históricos, con la profesión dividida en trincheras y el virus del activismo pudriendo los pilares de un ejercicio vital, hay un faro que se ha elevado y ha continuado iluminando desde las ondas todo lo que esta etapa oscura ha querido borrar.

Carlos Alsina, desde Más de Uno, se ha mantenido firme con el estandarte de la deontología, con la ambidiestra crítica, la objetividad y el rigor como un insurgente entre tanto grito y tanta proclama hueca. Un rebelde que no se ha movido de donde estaba, que ha visto como la palabra y la lealtad a las convicciones han ido mutando, que las líneas rojas se iban esfumando, que la verdad se ha devaluado y es un valor de mercado a la altura de un bocata de chorizo y una palmada en la espalda. Con la mentira al alza, él ha decidido hacer ideología de lo cierto, aprovisionándose con los hechos, herramienta sagrada del periodismo, rebuscando en las hemerotecas, siendo justo y ecuánime con el uso del látigo.
Para él su color preferido siempre ha sido el verde de su micrófono y el blanco de las hojas que leía, con las gafas sobre la nariz y el bolígrafo en la mano como una pistola que disparaba hacia todos lados para proteger el tesoro de la crítica libre. Su voz, caudal por el que ha viajado la actualidad, pozo de sabiduría, nos ha dibujado con responsabilidad, serenidad y humor el dantesco paisaje de nuestro tiempo. Su ironía, ácida y certera, ha sido el mejor antídoto ante tanto analfabeto, lamebotas y adulador, ante tanto impostor que ha traicionado al gremio al beber de la bota de la polarización.

Él, desde su posición, ha sorteado la trampa y ha hecho pedagogía. Escuchar a Alsina es leer todos los periódicos a la vez, viajar hacia todos los prismas, vaciar lo insulso, desentrañar lo complejo, aprender a cuestionarte todo. Alsina agita los sesgos, mete el bisturí de su mirada en nuestras certezas y las vuelve del revés. Se ha convertido en el guardián de unas esencias para las que corren malos tiempos. Por eso ha sido esperanza en la bruma, porque hay jóvenes periodistas que han encontrado en él un refugio en el que ven cómo se pone en práctica todo aquello que les explicaron en la facultad. Todos esos hermosos temarios que se ven sobrepasados por los clickbaits, la mercantilización y la postración ante el poder.
Alsina es libre, y se nota en sus enemigos. Recibe un odio dispar, porque nunca ha decidido casarse con nadie. Sus entrevistas son la fiel prueba de su independencia, una oda al género y al estilo. Alsina ha acorralado a todos, nadie se ha escapado vivo, sin magulladuras, al sentarse frente a él en su estudio. Sus preguntas llevan el latido de un espíritu que se niega a morir, el de los que no tienen precio, el de los que meten los dedos dentro de todas las llagas.

Estos días son sus últimos al frente del programa, ha decidido cambiar de aires, o tomar aire. En estos desayunos postreros, en estos últimos monólogos de café y radio, estoy saboreando como hacía con Herrero las lecciones de un maestro que ha resistido contra viento y marea, convirtiéndose en historia viva del periodismo de nuestro país. Deja su obra en manos del Gallo Latorre, digno sucesor que trae incorporada la brújula de la sensatez. Gracias por tanto esfuerzo, por marcar el camino, por las huellas de honestidad que quedan en el aire de las mañanas, por cada historia. Por estar donde había que estar, como cuando se calzó las botas y se metió dentro del barro de Paiporta. Alsina es la radio de la que me enamoré, la que entra por el oído y después de pasar por la cabeza se queda durante todo el día durmiendo en el corazón. La radio de los silencios, de la voz, de la verdad. Ojalá le vaya bien, ojalá haya más de un chaval que sueñe con ser él.

