A veces pienso que lo que más me gusta de los viajes es todo el tiempo que viajo en coche, y es que el coche es mi medio de transporte favorito. Me gusta viajar en tren y me encanta viajar en avión porque me encanta la experiencia de estar en el aire, atravesar las nubes, volar por encima de ellas, pero no soporto en lo que se ha convertido la experiencia de viajar en avión: el tiempo de antelación con el que tienes que llegar a los aeropuertos, los controles de seguridad, la espera para el embarque, el embarque, el desembarque… todo excepto estar volando en el aire me parece un horror y como de momento no tengo avión privado (que, quién sabe), el coche sigue siendo mi medio de transporte favorito.
Cuando voy en coche siento una libertad que no tengo cuando viajo en cualquier otro medio. Es un hecho, paras cuando quieres, sigues cuando quieres, vas por donde quieres, cambias de camino o de destino si es lo que quieres. Imposible hacerlo si viajas en tren, o en avión, o en barco. Puede sonar a que lo me gusta es tener el control y no, no va de eso, va de todo lo contrario, de saber que uno puede encontrarse con lo inesperado y decidir que tira por ahí y el camino que se había iniciado se deja a un lado.
“Cuando emprendas tu camino a Ítaca pide que el camino sea largo” es el comienzo del poema Ítaca de Konstantin Kavafis y algo así es lo que pienso sobre los viajes en coche, no me importa que sean largos, quiero que estén llenos de experiencias, llenos de vida. Los viajes de los que guardo mejor recuerdo en mi vida los he realizado en coche, en España y en países que nunca imaginé que recorrería de esta manera, perdiéndome por lugares que no esperaba encontrar y llegando a lugares a los que no tenía previsto llegar.

Algunos de estos viajes tenían un destino final, otros no. Algunos de estos viajes tenían destinos intermedios que queríamos conocer, otros no, el viaje se iba construyendo sobre la marcha, a lo Antonio Machado (caminante no hay camino, se hace camino al andar) y por eso casi todo, por no decir todo, era nuevo y desconocido, sorpresivo, inesperado. Era como si cada paso del viaje, cada día viajando fuera un día de vuelta a la niñez donde todo era nuevo y desconocido y no sabíamos con qué podíamos encontrarnos.
Viajar en coche es estar pegado a tierra y puede ocurrir, como a mí me ha ocurrido en muchas ocasiones, que depende dónde llegues con el coche, es tan novedad para ti llegar a ese lugar recóndito como es novedad para los lugareños que tu llegues hasta la puerta de su casa en coche.
Me gusta viajar en coche, pero no me gusta conducir, precisamente porque si algo me encanta cuando viajo en coche es ir mirando por la ventanilla. Me gusta ver pasar los paisajes delante de mis ojos, sentir que pasan delante de mí, como pasa la vida, y disfrutar de las dos cosas, de los paisajes que no sé si volveré a ver y de ese tiempo mirando por la ventanilla que, esto sí con certeza, sé que no volverá.
On the road es la mítica novela de Jack Kerouac y la canción más conocida de Willie Nelson, el también mítico cantante de country estadounidense (que anda ya por los noventa y tres años) en la que habla de la vuelta a la carretera cuando vuelve a salir de gira con la banda: on the road again, I can’t wait to get on the road again, going places that I’ve never been, seein’ things that I may never see again.
Algo así siento yo cuando pasa un tiempo sin haber viajado en coche, no necesito ser una cantante country que sale de gira para echar de menos los viajes en coche. Me encanta volver a montarme en el coche siempre para volver salir a las carreteras y si no sé cuál es el destino, puede que incluso todo sea mejor. Porque cuando vuelvo a montarme en el coche para emprender un viaje, recuerdo lo que dejó escrito Kerouac: everything ahead of me as is ever so on the road, todo ante mí, como sucede siempre en la carretera.

