Opinión

¡Qué país se nos está quedando!

Migrantes y menores en las naves del Tarajal.
Inmigrantes y menores en las naves del Tarajal.
EFE/ Reduan Dris Regragui
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Agosto no ha dado tregua a la vorágine de situaciones inexplicables que estamos viviendo en este, nuestro país.

La corrupción, el mal hacer político, la propaganda a ambos lados del ring, las fakes news, el hastío de la población… Son algunos de los ingredientes de este estrafalario cocktail que NO estamos disfrutando.

La semana pasada vivíamos una situación de estupor, indignación y preocupación. Un asalto masivo a la ciudad autónoma de Ceuta organizado, planificado y quién sabe si alentado por el propio estado marroquí.

Un suceso que se ha cobrado más de 100 vidas humanas, y que ha dejado en una situación de asedio y extrema vulnerabilidad a la población ceutí.

El intento de ocupación forzosa de un territorio soberano (porque así es como se ha de denominar una arribada de más de 70.000 personas a un territorio que apenas supera los 86.000 habitantes) no solo es un escándalo internacional que vulnera todo tipo de tratados de cooperación, sino que además demuestra la debilidad extrema de nuestro país.

Un ministro de Interior que apunta al CNI, sosteniendo que no informó ni advirtió de lo que se venía. Un CNI que contraataca revelando que se avisó desde ocho días antes del asalto. El despido fulminante de la responsable de Comunicación del Departamento de Seguridad Nacional. Un drama incomparable por el alto número de llegadas en tiempo récord y, sobre todo, el abandono de nuestras fronteras y de la población ceutí.

Exponer que se trata de una responsabilidad europea y escalarlo a Bruselas no es improcedente, puesto que las fronteras son europeas y la dejadez de su cuidado al sur del continente ha sido un debate constante desde hace años. Porque, con la verdad en la mano, los países del norte suelen apuntar mucho las deficiencias pero no participar en las contingencias.

Europa lleva más de una década fallando en política migratoria, bien sea por el populismo, por no querer afrontar debates incómodos, o por el buenísimo instaurado en una burocracia que se ha acostumbrado a ignorar discusiones necesarias y medidas efectivas.

La unión lleva años sobre regulando, asfixiando a empresarios y ciudadanos y obviando lo debates reales. La política europea maneja unos tiempos que no se corresponden con el ritmo de la vida cotidiana.

Una buena idea como la Unión Europea empieza a debilitarse cuando se aleja de los problemas reales de sus ciudadanos.

La crisis que se está viviendo en Ceuta no sólo muestra una acción de poder de ese “socio fiable y cooperador que es Marruecos”, según dice el Gobierno de España, sino que también evidencia nuestras debilidades, abriendo la puerta a radicalismos que en nada ayudan a nuestro país ni a nuestros ciudadanos.

Un vecino ceutí manifestaba en los medios que están haciendo un censo de menores de manera extraoficial, porque aún no se ha hecho ninguno oficial, y que llevaban casi 4.000 registrados. Niños con menos de 15 años, solos, a los que se tendría que hacer un cribado para ver sus situaciones familiares y sociales para determinar si lo mejor es que se queden en España, o enviarlos de vuelta a casa con sus familias.

Pero ni la crisis migratoria ha sido suficiente para que el presidente de Gobierno abandone sus vacaciones. Curioso. Lo fácil que es cruzar a nado el espigón que divide Ceuta de Marruecos, y lo difícil que es circular en el espacio marítimo frente a “La Mareta”, en Lanzarote. Más metros y recursos para garantizar la privacidad del señor Sánchez y su familia, que para proteger la frontera entre Ceuta y Marruecos.

Nos están dejando un Estado denostado, con un Gobierno que cuestiona la Justicia mientras se ahoga en casos de corrupción. Un país en el que los radicalismos a ambos lados florecen como repuesta a la inacción de un Gobierno solo presente en redes sociales. Un Estado incapaz de anticiparse a movimientos de intereses extranjeros y que se ha esforzado en romper y tensar relaciones con aliados estratégicos. Un panorama incierto en el que no se defiende nuestra integridad territorial, en el que la política miente como nunca y en el que la propaganda enfanga hasta el punto de no poder diferenciar la realidad y la ficción.

El país que se nos está quedando no es el reflejo de lo que somos, pero sí de lo que a muchos les gustaría que fuéramos.

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