Opinión

Rufián emerge inhumando al césar Sánchez

MADRID, 24/06/2026.- El portavoz de ERC, Gabriel Rufián junto al papel arrugado en el que ha convertido su discurso durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados celebrada este miércoles. EFE/J.J.Guillén
El portavoz de ERC, Gabriel Rufián.
EFE
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¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención! Compareció este miércoles Sánchez en el Congreso para informar sobre la última turra del Consejo Europeo y, sobre todo, para abordar, a su manera, las corruptelas que emanan de u orbitan en torno a su partido y su clan familiar. El presidente, como es habitual, gastó rostro de adamantium y arrojo con denominación de origen. “La pregunta no es –dijo– si debemos continuar; la pregunta es cómo no debemos continuar”. Feijóo demostró de nuevo que se maneja mejor en este tipo de plenos que en las sesiones de control, donde sigue sin adaptarse del todo al corsé de los dos minutos. Por su parte, Gabriel Rufián se consagró como el único líder de la izquierda a la izquierda del PSOE con un cover del discurso de Marco Antonio tras el asesinato de Julio César –según el Bardo de Avon, se entiende–: vino al hemiciclo para inhumar al jefe del Ejecutivo, no para ensalzarle.

Como bien nos enseñaron aquellas legendarias sibilas que respondían a los nombres de Sonia y Selena, cuando llega el calor, los chicos se enamoran y Sánchez, por segunda semana consecutiva, arriba a la Cámara Baja sin corbata, no sea que le dé una lipotimia o le falte el oxígeno con la cantidad de marrones que tiene encima. Se le vio suelto al yerno de Sabiniano: el pelmazo europeo se lo ventiló en cuatro o cinco minutos; el resto de su intervención lo dedicó a las “investigaciones judiciales que afectan directa o indirectamente al partido que tengo el honor de presidir”. Sobrevoló los escándalos de Ábalos, Koldo, Cerdán y Leire Díez Latre, a quien llamó Díaz –como Abascal–, instó a respetar la presunción de inocencia y los tiempos judiciales y, ante las carcajadas del personal, negó haber conocido “ninguna de estas prácticas”: “El PSOE no se ha financiado irregularmente. No lo ha hecho. Al contrario: si ha ocurrido algo de eso, han sido otros los que se han aprovechado de sus recursos”. O sea, que no, pero igual sí. “Doblepensar”, lo llamó Orwell.

Sánchez elogió al Maharishi Zapatero, negó el “trato de favor en el préstamo a una aerolínea llamada Plus Ultra”, defendió a su esposa y a su hermano y se ciscó en PP y Vox, quienes “presumen cada semana de contar con información privilegiada que no deberían conocer porque se encuentra bajo secreto de sumario”. Al poco, transmutó en Alejandro Sanz tirando de anáfora: “no es lo mismo mandar a 700.000 jóvenes al extranjero porque no hay trabajo en España que crear tres millones y medio de empleos como hemos hecho nosotros”, “no es lo mismo tener un permiso de un mes cuando nace tu hijo que tener cuatro”, “no es lo mismo apoyar genocidios y guerras ilegales que defender la paz y el derecho internacional”, y así. “Vale, / que a lo mejor me lo merezco, / bueno, / pero mi voz no te la vendo”, le faltó añadir. El chimpún llegó a la media hora.

Feijóo subió a la tribuna en modo Terminator. El presidente del PP replicó al del Ejecutivo que “su Gobierno no ha mejorado la vida de la gente: ha mejorado la vida de su gente”. “Qué soberbia, qué soberbia –agregó, con el toque justo de dramatismo–. Y cuánta indignidad hay en los grupos que apoyan al Gobierno. Qué soberbia. Con las mismas manos aplaudían ustedes al señor Ábalos”. El genovés alfa se remontó a la moción contra Rajoy, defendida por un “señor que está hoy en la cárcel y durante los próximos veinticuatro años” y, ante la sonrisa etrusca de Sánchez, le espetó que “la responsabilidad política la tiene toda usted”: “Tito Berni en calzoncillos ha sido lo más digno con lo que nos han deleitado”. Como para olvidarse de aquella estampa.

Feijóo atizó a los socios del Gobierno –“Son sus cómplices y, como sigan así, serán sus daños colaterales”– y afirmó que, si por él fuera, presentaba una moción de censura “hoy mismo”. Si hace unas semanas León XIV reclamaba en el mismo escenario una “renovación moral”, el jefe de la oposición ondeaba la bandera de la decencia, que “no está sujeta a negociación ni depende de la ideología. Es previa. Es una concepción moral del poder. Se tiene o no se tiene”. Muy bien ahí, la verdad. Concluyó con un lamento: “Qué desgracia ha sido para este país, señor Sánchez. Qué desgracia”.

Santiago Abascal arrancó con una advertencia: “Ojo con los aplausos, señor Sánchez: cuantos más decibelios, más aplausos caen”. El presidente de Vox denunció la financiación ilegal del PSOE y desglosó la Enciclopedia de la corrupción: “Á de Ábalos, B de Begoña, C de Cerdán, D de Delcy, E de EREs…, en la P, ¿qué ponemos? ¿Puente? ¿Paco Salazar? ¿Pegasus? ¿PSOE? ¿Pe punto Ese?”. En la Z, evidantamanta, ubicó a Zapatero: “No está imputado porque fuera atracando joyerías, sino por vínculos criminales que acababan todos en el Consejo de Ministros que preside Pedro Sánchez”. El gerifalte de Bambú, correcto, dejó la nitroglicerina en manos de Feijóo y, por vez primera en eones, no atacó al PP: reciente es el recuerdo del gallego declarando en el programa más visto de la televisión patria que se abre a pactar con ellos. “Las cucarachas le ganan en resiliencia y eso no las hace admirables”, remató. Una novelita estupenda de Ian McEwan va sobre eso.

Llegó el turno de Verónica Martínez Barbero y, despavoridos, como al ritmo del “Visite nuestro bar” de Hombres G, diputados y periodistas pusieron rumbo a la cafetería, a la manera de cebras huyendo de leones, espantando al bostezo. La portavoz de los sumandos menguantes: “España no va a esperar más al PSOE”. Para eso está el felpudo de Ikea que es su partido.

Un partido al que Rufián, ignorándolo, le ha hecho una OPA hostil. El portavoz de ERC dejó de ser el portavoz de ERC y, sin mencionar a Cataluña ni decir una sola palabra en catalán, confirmóse como el bastón más sólido, política e intelectualmente, sobre el que puede sustentarse un futurible gobierno de Sánchez. Tras poner a caldo a Aznar, a Felipe González –“El mayor traidor a su gente y a su partido”–, a Feijóo o a Ayuso –“Dejó morir a siete mil personas en las residencias de Madrid”–, como el Marco Antonio de Shakespeare, vino a recordar que el mal que hacen los hombres les sobrevive, que el bien queda frecuentemente sepultado con sus huesos, y que el y tú más “no vale para nada”: “Nosotros somos otra cosa. La derecha tiene intereses; la izquierda, principios. Está lo moral y lo legal. Cuando la izquierda roba, la gente llora; cuando lo hace la derecha, su gente ficha”. Le preguntó a Sánchez si “sabía algo”, si “han robado” y si “tiene su casa limpia”: “¿Seguir así, para qué? Usted ha dicho: ‘¿Cómo no van a continuar?’. ¿Pero para hacer qué?”. Lo bordó.

Por lo demás, la puigdemontonera Nogueras no dio miedo; la condenada María de las Mercedes Aizpurua exigió, con la boquita pequeña, “tomar las medidas necesarias ante cualquier atisbo de corrupción”, pero no mucho, no sea que venga la Derechaylaultraderecha; la jeltzale Vaquero ladró sin morder; Belarra lamentó un “daño irreparable” y el breogancito del Benegá, Néstor Rego, dijo grazas y quedóse tan contento. Como siempre, vamos. El sábado juega España contra Uruguay.