Una persona muy querida por mí está pasando una pequeña crisis existencial relacionada con la cultura en todas sus manifestaciones. Menudo topicazo este último. Esta persona, además, es una de las más cultas que conozco, si por culto te refieres a quien está rodeado de arte y de cultura. En su caso, hay testigos que aseguran haberla visto en el mismo día y a la misma hora en un concierto de La Bien Querida, tomando un vermú con Marina Abramović en Bodegas Casas y escribiendo al mismo tiempo en su espalda el borrador de la última encíclica de Prevost, esa de la IA.
La cosa es que me contaba en un audio que un amigo suyo le estaba aconsejando dejar de torturarse con sus dilemas morales de ayuda y servicio a los demás y que se abandonara a la evasión que la cultura ofrece, el más alto anestesiante para este puñetero valle, más que el Nolotil en ampollas, que el ser humano ha inventado, después de La isla de las tentaciones. Este aconsejador profesional pertenecía, por supuesto, a un movimiento llamado la Izquierda Caviar, sintagma ya tan cristalino que no merece mayor explicación. Ellos se definen, claro, para que no les definas tú, como inclasificables, pero yo por tocar un poco las narices te voy a contar un poco de qué va su chiringuito. Los miembros de la izquierda caviar o gauche divine, son aquellos culturetas aspiracionales o ya instalados, que no se quieren estropear las uñas ni la permanente con nada práctico -y mucho menos social- pero que quieren saber y estar en todo, para perorar de manera superficial. Algo así como el cuñado tolosa en zapas Superga con patinete, algo así como la carrera de periodismo, que quiere tocar todos los palos y no meterse en ninguno para así picotear el buffet de desayunos a gusto sin comer demasiado, no vaya a ser que se empache y tenga que pringar.
Aunque realmente el anhelo más íntimo de cualquier periodista que se precie y que se mantiene incólume en lo más alto, sigue siendo el deseo de hacer caer cualquier cosa, desde un torero a un gobierno, pasando por un director de cine o un escritor y, si te pones en serio, hasta a un presidente de un club de fútbol. Lo que sea, pero hacerlo caer. Con la pluma y con la espada.
Y hablando de periodismo y de caviar, de celuloide en este caso, el protagonista de La gran belleza, -hasta que no se demuestre lo contrario, la mejor película de este siglo del que llevamos ya un par de tragos-, Jep Gambardella, también periodista y escritor, pero sobre todo “el rey de la mundanidad”, nos avisa ya de inicio que su aspiración no es solo organizar las mejores fiestas de Roma, “sino tener el poder de hacerlas fracasar”. Ejemplo clarividente de esta izquierda caviar, pero bien vestido.
Conozco a Jep desde su nacimiento hace más de doce años, y desde ese momento su facciata se convirtió en mi proyecto de senectud, estética e intelectual, si no fuera por culpa de Ignacio de Loyola y de su colega el de Nazaret, que me frenan. Él representa este estado mental, el de la inanidad erudita, mejor que ningún otro. La gran belleza es una obra tan compleja como el hecho de crear y requiere tantas capas de significado que toda ella es inabarcable, infinita. Si logras traspasar ese delirante muro de sonido de los mariachis y Rafaela Carrà, verás que, entre güisqui, tabaco, blazers de lino, noche histórica y somnolientos paseos por el amanecer de Roma, se cuenta toda una civilización, un elogio del fracaso del que llegó a triunfar y se dejó llevar por la abulia, existencialismo latino, que, en lugar de hacerte tirar sobre un puente, te balanceas sobre él, como si fuera una hamaca. Al contrario de ese ser querido que te nombraba, todo en Gambardella y su corte de los milagros es una gigantesca cobardía vital, vacunada por toneladas de cinismo que esta persona a la que aprecio, afortunadamente, no tiene.
Jep se deja arrastrar por el arte, lo toma como evasión, narcotizante divertimento ad infinitum; es decir, se sirve de un éxito primigenio en forma de novela para llevar una vida vacía pero elocuente. Él utiliza la creación artística, toda Roma en realidad, para pasearla y poder sobrevivir.
¿Se puede ser coherente así? Claro, por supuesto; y ahí está la clave de nuestra existencia. Y Paolo Sorrentino, su director, la presenta en una secuencia antológica, la mejor del filme, en esa nave de los locos que es el ático de Gambardella, y que resume el estado de las cosas en el Occidente sesteante, atascado en este oscuro sótano si ver la luz de arriba.
Una noche más, otra más tirada por la borda, un grupo de afortunados, súbditos de la mundanidad, ejecutan el dolce far niente intelectual en la maravillosa terraza de Jep, con vistas al Coliseo. No es una metáfora cualquiera.
En un momento dado, una de sus habituales invitadas, Stefania, izquierdista caviar premium pass, presume de “vocación ciudadana” y se jacta displicentemente de ser capaz de conjugar plenitud matrimonial con la crianza de sus cuatro hijos, con su arte, y especialmente con su compromiso político con el partido socialista.
Con su habitual parsimonia y distancia, Jep, al que sus amigos intentan frenar, desmonta en un largo monólogo, lleno de crudeza, y también de ternura y humanidad, el trampantojo vital que ella se ha construido:
“Hablamos de vacuidades porque no tenemos ninguna intención de medirnos contra nuestra mezquindad (…) Todos estamos al borde de la desesperación, y no tenemos más remedio que mirarnos a la cara, hacernos compañía y tomarnos un poco el pelo”.
Querida, aunque estés años luz de él, mi consejo es que por una vez hagas caso a tu amigo caviar, pero sobre todo que te aproveches del arte, agárralo tú que le has dado tanto, sírvete una copa de él, espónjate, déjate llevar y después vuelve entre nosotros, más fuerte y con la pluma bien afilada.
Palabra de Jeppino.

