“La libertad y, en última instancia, la capacidad del Estado dependen del equilibrio de poder entre el Estado y la sociedad. Si el Estado y las élites se vuelven demasiado poderosas, se acaba con un “Leviatán” despótico. Si se quedan atrás, se consigue un “Leviatán” ausente. De modo que se necesita que ambos, el Estado y la sociedad, corran juntos y ninguno tome la delantera”.
Tras los acontecimientos de este pasado mes de julio o, incluso, desde la pandemia de coronavirus, este párrafo de la obra de Daron Acemoglu y James A. Robinson El pasillo estrecho: Estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad (2019, versión Kindle) resulta perfectamente aplicable a la situación social y política de nuestro país. Al menos, a mi modo de ver.
En ocasiones, tenemos un Estado (“Leviatán”) ausente y que no toma las decisiones preventivas necesarias (piénsese en los incendios de este verano) y en otras un “Leviatán” excesivamente presente, interventor, poderoso. Pero, en todas esas circunstancias, observo una sociedad que no está dispuesta a correr junto al Estado para realizar ese control mutuo necesario para tener una sociedad abierta (Popper), para movernos por el “estrecho pasillo de la libertad”, como dicen los autores de este ensayo. Y esto tiene riesgos y consecuencias negativas, que estamos padeciendo ya.
Por eso, escribo estas líneas como docente de Filosofía en Secundaria que quiere aportar a la conciencia común y a la reconstrucción de lo que llamamos “lo público”, instando a mis compañeros/as al “activismo educativo”, cuando comience septiembre, con estos diez simples compromisos. Si alguien piensa que son excesivamente largoplacistas, es normal, puesto que nuestra labor (la escuela) tiene siempre un horizonte temporal amplio. Son los siguientes:
1.- Consciencia de la importancia de nuestro quehacer cotidiano: puesto que la educación, no solo es el construir la sociedad del mañana, sino el acompañar, formar, colaborar en el proyecto personal del otro, desde una perspectiva de apertura y responsabilidad ante el rostro del niño/a y adolescente (cfr. Ortega Ruiz, pedagogía de la alteridad). Dicha consciencia también implica al propio sujeto observante, al educador en sí mismo y su labor autoformativa.
2.- Cuidado de nuestra labor (y de los espacios y recursos que esta requiere): en lo pequeño comienza el juego de lo público y lo político. Si nos quejamos del derroche y la corrupción, comencemos con las tizas de nuestras aulas.
3.- Cultivar la cooperación y evitar “el partidismo a pequeña escala”: el diálogo partitocrático polariza y genera escenarios donde hay vencedores y vencidos. Que no sea así en los espacios educativos, de convivencia común, gestión… Todos estamos a lo mismo y debemos mirar a un fin último mayor que nosotros mismos (el alumnado, la escuela).
4.- Hacer avanzar las instituciones y proyectos: no seamos meros sostenedores de los procesos educativos. Generemos valor, aunque sea pequeño. Un profesorado apasionado por su labor mueve, entre su alumnado, a vidas apasionadas, capaces de transformar la sociedad.
5.- Repercusión en el medio: salgamos de las aulas. Trabajemos desde nuestros pueblos y ciudades como la materia prima educativa inicial. Realicemos estudios y proyectos sobre problemáticas concretas (paro, inclusión, falta de zonas verdes). Educar por y para la vida, desde la vida.
6.- Colaboración con agentes locales: la escuela no genera polarización. Hay cientos de personas, fuera de nuestras aulas (¡y digo cientos!), que no se dedican a nuestra labor pero que están encantadas de actuar (incluso altruistamente) para que el alumnado aprenda y crezca hoy: charlas, visitas, exposiciones, concursos públicos, etc.
7.- Enseñar y practicar el diálogo fructífero y la creación de consensos (y contrapoderes) en el aula: estar todos/as de acuerdo en algo es muy complicado. También resulta difícil suscitar una simpatía social amplia. El aula es el espacio de la convivencia en disidencia, de la cooperación sin excesiva sintonía, de los poderes y contrapoderes, grupos dominantes y minorías. Son sociedades en miniatura, sobre todo con los adolescentes. ¿Crearemos consensos sobre lo básico, lo útil, lo racional y lo bueno para todos/as, o simularemos el supuesto diálogo público, que no es más que una excusa para la dominación y humillación del otro o para el aumento de mi propia popularidad?
8.- No esperar pasivamente a las instancias superiores cuando podemos comenzar nosotros: la cultura de delegar en el Estado favorece una sociedad que no está dispuesta a correr junto a él. Si esto sucede, estamos a merced del despotismo o la pasividad del Estado, mientras que las élites se desconectan cada vez más de nosotros/as. Que no sea así: actuemos antes… y movamos a otros a actuar.
9.- Alentar la participación cívica, social, ecológica y política: correr junto al Estado es enseñar a correr también. La movilización ciudadana, incluidas las manifestaciones por causas justas, es necesaria para mover todo el aparataje de partidos y Estados.
10.- No adoctrinar, pero sí mostrar con el ejemplo humilde: no somos maestros (en el sentido de magis, “el que es más”), sino acompañantes de procesos. Estamos nosotros también en camino. Nuestras convicciones, por tanto, pueden ser provisionales, igual que las del alumnado. Actuar con esa honestidad y humildad no solo es gratificante para otros, sino que mueve a actuar de esta manera también a otros.
Estos compromisos no sustituyen la responsabilidad de las Administraciones ni la capacidad que debemos exigir al Estado. Aspiran, más modestamente, a que la escuela contribuya desde abajo a que Estado y sociedad vuelvan a correr juntos por ese estrecho pasillo de la libertad. Desde nuestro lugar y sin pedirnos cosas extraordinarias… o sí.

