Opinión

Viaje al fin de la noche depresiva: ‘Fármaco’, de Almudena Sánchez

La escritora Almudena Sánchez. Fotografía de Lisbeth Salas.
La escritora Almudena Sánchez. Fotografía de Lisbeth Salas.
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Me aterra la depresión. Como a todo cristo, supongo. Más que el cáncer y tanto como el Alzheimer –¿cuán emparentadas están el alma y la memoria?–. Quedar atrapado en el Caribdis por un desequilibrio químico secreto. Navegar inevitablemente, bajo una nube negra de garúa permanente, por el río Estigia rumbo al Hades, que es la tierra de los muertos. Como en una versión siniestra del “Sin documentos” de Los Rodríguez: “Porque sí, porque sí, porque sí”. Con la sensación, tal y como escribe Almudena Sánchez (Andratx, Mallorca, 1985), “de estar en una fiesta y, al tiempo, muy apartada”.

Hace un lustro, esta escritora y periodista publicó un viaje al fin de la noche depresiva, desde el crepúsculo al antelucano, titulado Fármaco, con la editorial Literatura Random House. Un viaje, ante todo, literario, en el que huye del morbo y de la autoayuda, con la idea de que su “depresión sea tan literaria como lo ha sido mi vida desde que empecé a leer”; repleto de vaivenes, yendo y viniendo del ayer al presente –al presente de entonces, quiere decirse–, como en un viejo VHS, y de Mallorca a Madrid pasando por Porzuna, provincia de Ciudad Real, donde yace una de sus abuelas, que padeció la misma enfermedad; salpicado de pesadillas, referencias literarias y musicales –asoman por sus páginas, entre muchos otros, Virginia Woolf, Simon Critchley y Amy Winehouse– y retuits.

Portada de ‘Fármaco’, de Almudena Sánchez

Explica Sánchez en el arranque de Fármaco que su libro “es para personas tristes con sentido del humor que alguna vez han notado cómo el cerebro se les marchaba”. Los textos que, en un principio, cuando la depresión desplegó su cola de pavo real de ébano, fueron retazos deslavazados, se acabaron convirtiendo en una novela anárquica y, a la vez, estructurada, que combina franqueza, ternura e ingenio. Valga como ejemplo esta biopsia en la que escribe sobre el Rexer Flas, un antidepresivo cuyo principio activo es la mirtazapina: “Es mi preferido, a decir verdad. Cuando todo va mal, cuando mis emociones se colapsan y mi mente solo apunta hacia la cocina –hacia los cuchillos de la cocina–, hacia el baño –hacia las cuchillas del baño–, me tomo un comprimido de Rexer y me quedo dormida, en pausa”.

Fármaco es una novela que comparte espíritu con aquella bellísima canción de Leonard Cohen, “Anthem”, en la que el genial bardo canadiense cantaba: “There is a crack, a crack in everything. / That’s how the light gets in”. La literatura y la química son algunos de los báculos sobre los que se sostiene Sánchez, quien se considera –o se consideraba en 2021– “una escritora que empieza”, que responde afirmativamente a la pregunta de si le salvaron la vida los libros y que entiende que “la lucha por escribir es siempre la misma: un pequeño temblor poético frente al gran filete de la realidad”. No seré yo quien la contradiga.

También, por cierto, se refiere Sánchez en Fármaco a un hospital de Jerusalén que tiene una sala dedicada a personas que se creen Jesús de Nazaret. Qué pedazo de reportaje tiene ese sitio.

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