Una amiga – de la que no daré ningún dato – fue violada por un desconocido cuando era una niña. El acto fue rápido y brutal, rematado con una detalle de misoginia que no puedo contar, con una cierta venganza simbólica hacia las mujeres que, en la mente de ese hombre, le habían herido. El culpable fue hallado y juzgado.
No sé más del caso, y puede que no saliera ni en la prensa local. Estará vivo o estará muerto. Mi amiga sigue viva, y no creo que saque a menudo del tema. Quizás me lo contó porque surgió en ese momento en el que hablábamos de decepciones y de cosas que aguantábamos sin saber por qué. “Siento como si tuviera que estarle agradecida a cada hombre por fijarse en mí, como si no tuviera derecho a elegir yo”.
Su vida sentimental, no muy feliz, no muy acertada en ese momento, parecía ligada a ese hombre que un día, porque el destino así lo quiso, se cruzó con ella. No puedo afirmar que todas las mujeres hayan sufrido abusos, pero sí que todas tenemos una, dos o más historias donde la cosa se puso fea en diferentes grados.
Por el motivo que sea, tener mala suerte una vez facilita tener mala suerte en más ocasiones. Entorno, sustancias, trastornos preexistentes o desencadenados. Hace un par de días otra amiga me contó la historia de una compañera del trabajo que, tras sobrevivir a un intento de suicidio casi infalible (por lugar, altura e historia del enclave), quedó maltrecha, llena de heridas y en silla de ruedas. Lo intentó otra vez en abril y, esta vez sí, lo logró. Está bajo tierra desde la primavera, tras rodearse de lo mejor de cada casa en su descenso a los infiernos.
La de Noelia Castillo fue una de esas tragedias, y también fue escrita para no ser olvidada. Estoy segura de que dentro de veinte años todavía la recordaremos, igual que recordamos a Ana Orantes, Yolanda González, Ramón Sampedro, Nagore Laffage, todas víctimas y todas símbolos de luchas que empezaron con ellos.

El padre de Noelia Castillo se enfrenta ahora a las hordas de fariseos que, con la cruz en ristre, le dicen que su hija ni está ni estará en el cielo. La madre, como tan a menudo sucede, ha empezado una cruzada por algo que ya no tiene remedio. Los diarios de su hija darán pie a una investigación que nade estéril, porque la reparación solo puede ser ya simbólica. A más sé de la familia, más dudo de la conveniencia de esa eutanasia. Entiendo los motivos que llevaron a Noelia a solicitarla, pero dudo de todo lo demás. Y a más se sabe, más dudo.
Cuando nos hablan de suicidio nos suelen contar la historia luminosa de quien falla y, tras quedar baldado, descubre la belleza de la vida y el amor de sus semejantes. No nos cuentan la aventura de quienes sobreviven para volver a intentarlo. Como en los cuentos góticos, la muerte llama una y otra vez. Golpea la puerta, la ventana y el techo. No cesa aunque nadie más la oiga. Bastaría con ignorarla, pero el llamado no puede hacerlo, y un día abrirá la puerta para morir. Será un día normal, ni trágico ni especial. “Algún día llegará la hora de consultar la hora y decir “ ya es la hora””, como recitaban Accidents Polipoètics. Algunas historias están escritas para terminar mal, aunque sean el principio de un cambio.

