“Sin avisarme, me bajó la toalla y me acarició el pecho durante minutos”. Al recordarlo, se le saltan las lágrimas, pero logra serenarse y prosigue: “Me quedé en shock… Yo solo quería salir de allí”. Es el testimonio clave que destapa el modus operandi de un depredador oculto tras las manos de un masajista. Para su clientas, Ricardo Martín era fisioterapeuta, el hombre afable y cercano que les quitaba contracturas. Muchas iban por el boca a boca. Porque una conocida, una amiga o un familiar había ido antes. Las primeras sesiones nunca pasaba nada llamativo. A veces les pedía quitarse el sujetador para darles el masaje o estando semidesnudas las hacía ponerse de pie con la excusa de practicarles alguna técnica.
“Al terminar el masaje, estaba en shock. Me giré y vi una cámara apuntando a la camilla“. Estaba en una repisa. No recuerda un piloto rojo encendido, pero la estaba grabando. Como a ella, Ricardo grabó a toda mujer que entró en su box de masajes. Con algunas tenía un trato cercano. Incluso eran vecinos. Una de ellas, es ahora su denunciante desde el momento en que el hombre con quien a veces compartía ascensor para ir a su piso de repente, sobre la camilla, se convertía en una sibilino abusador que aprovechaba su condición de masajista para agredirla sexualmente. Al descuido, como si fuera parte de una técnica descontracturante o relajante, avanzaba por el cuerpo de su víctima sin preguntar buscando el roce y la proximidad con zonas íntimas como pecho o glúteos. En cierta medida, las tanteaba. Sabía que muchas no dirían nada. Si acaso no volverían más al centro. Contaba con que ellas compartían también un patrón de conducta: el de no saber cómo reaccionar ante una situación así.
Fiscalía no pidió prisión

“Es un depredador que llevaba tiempo haciéndolo y que iba a ir a más, seguro. No podía quedar en libertad destruyendo pruebas o dando masajes mientras le investigaban”, apunta el abogado Alberto Martín, el único que pidió el ingreso en prisión provisional sin fianza del masajista. Ricardo parecía en shock o simulaba estarlo, pero solo logró articular un “no” apenas audible cuando le preguntó la jueza si iba a declarar. Melena larga y perilla canas, camiseta amarilla, vaqueros y zapatillas. Es la imagen del acusado en el banquillo, sentado con las manos engrilletadas ante sí. Bastante más ajado que en su primera declaración un año antes, cuando le notificaron la primera denuncia y negó la acusación: “Nunca se baja la toalla, nunca se masajean los pechos. Se trabaja una zona determinada que es el pectoral mayor. Siempre se hace así. Se guarda tanto la intimidad de la clienta como la mía particular. Y no se tocó el pecho nunca”.
Un segundo letrado también pidió cárcel, pero con fianza. La Fiscalía no pidió nada: “Incomprensible”, insiste Martín: “El fiscal no pidió medida cautelar de ningún tipo; ni libertad bajo fianza o cierre del negocio o una orden de alejamiento para proteger a las víctimas ni la imposibilidad de salir del país con la entrega del pasaporte, o que tuviera que comparecer cada semana en el juzgado teniendo en cuenta las evidencias que había. Porque no hay indicios sino pruebas: los vídeos que grabó él. Y creo que responde a esa conciencia social del no es para tanto”.
Un depredador en el vecindario
Del centenar de mujeres que lo ha denunciado ahora, tras saberse grabadas durante los masajes, no hay constancia previa de que se le quejaran expresamente a él o lo hicieran después en foros de la comunidad de vecinos. La investigación se acota a los registros de los vídeos hallados en su teléfono móvil, grabados entre 2022 y 2025, cuando llega la primera denuncia. Pero no saben cuándo empezó a actuar. Ricardo abrió su centro Kukai en 2015, en Rivas-Vacianadrid. “Me parecía alarmante la vecindad y cercanía que se produce en una localidad así. El impacto estos casos es mayor que de haber ocurrido en una capital. Aquí cabe la posibilidad de cruzarse todos los días con él por la calle, con su familia. Y lo que me parecía más relevante era la duración, que llevase años con esa tendencia”.

Los investigadores calculan que al final habrá un total de 160 mujeres afectadas. El letrado Alberto Martín está convencido de que todas denunciarán.Con algunas, el masajista tuvo relaciones consentidas; fueron las menos, contadas. A todas por igual las grabó sin su consentimiento, con la cámara oculta tras unas velas aromáticas, en un mueble del cuarto donde atendía a su clientela. También grababa a hombres, pero según atestiguaron los investigadores de la Guardia Civil esos vídeos los eliminaba. Guardaba los protagonizados por las 131 mujeres que aparecen en unos 650 vídeos, de los 1.600 visionados por los agentes de la Policía Judicial de Rivas. 121 ya lo han denunciado por vulnerar su intimidad. Dos son menores. Una veintena ha sumado el delito de agresión sexual.
Las grabó para consumo propio
“La cámara era como un bote. No estaba escondida, estaba al lado de un reloj. No grababa nada y no estaba enchufada a la corriente ni a ningún sitio”, alegó Ricardo en su primera declaración al iniciarse la instrucción del caso. Según le contó a la jueza, la usó en una ocasión por petición de un alumno que le pidió grabar una sesión, siete años atrás. Pero por un descuido la dejó allí, grabando.
“Parece ser que no las difundió en redes sociales, que los vídeos eran para su consumo propio, sucio, libidinoso y oscuro. Con lo que no sumaría el delito de difusión de imágenes íntimas, pero se enfrenta a una condena muy alta por la acumulación de víctimas”, aclara Alberto Martín. El abogado ha pedido una fianza por responsabilidad civil de medio millón de euros, “que parece que es mucho, pero bien pensado son 3.000 euros por mujer afectada”. Aunque todavía falta material informático por analizar de lo requisado en el registro del domicilio del masajista.
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