Mantas de colores sobre colchones. Sábanas tendidas a modo de techo. Botellas de agua junto a los pies.
En el barrio de El Príncipe, en Ceuta, el calor se queda atrapado en el interior del polideportivo. Es pegajoso, denso, difícil de soportar. Y entre los colchones, un centenar de niñas intenta dormir, hablar con sus familias o, simplemente, dejar pasar las horas.
Algunas se abanican como pueden. Otras permanecen tumbadas bajo las mantas, buscando algo de intimidad en un lugar en el que no hay habitaciones ni puertas que cerrar. Al fondo, una niña se peina una y otra vez con un cepillo de dientes. Otra habla por su teléfono rosa. Hay quien mira la pantalla en silencio. Muchas ya no tienen móvil, se lo han robado en los días posteriores a su llegada a Ceuta.
Son alrededor de un centenar de menores marroquíes las que permanecen en este polideportivo de El Príncipe. Han llegado hasta allí después de cruzar la frontera en medio de la crisis migratoria que ha desbordado la ciudad autónoma. Y en torno a ellas ha surgido una red de protección que nadie había previsto.
Son los propios vecinos de El Príncipe quienes han comenzado a hacerse cargo de algunas de estas niñas. Las veían deambular por las calles, desorientadas, y comenzaron a preguntarles qué necesitaban, dónde iban o con quién estaban.

Uno de ellos recuerda especialmente una escena. Había una niña rodeada por varios compatriotas. Eran entre tres y cinco jóvenes que trataban de llevarla hacia la zona del monte. “Le habían hecho creer que conocían un camino directo para alcanzar la Península, un atajo para llegar antes al lugar desde el que continuar su viaje”, explican a Artículo 14.
Un vecino del barrio se acercó. “¿A dónde vas?” La respuesta hizo saltar las alarmas. Le pidió que no siguiera con ellos y que se marchara con el resto de las niñas. La acompañó hasta el polideportivo. Después empezaron a prestar más atención. Ahí descubrieron que no era un caso aislado que pudieran ignorar. Más aún cuando fuentes policiales aseguran haber recibido denuncias de al menos diez menores que han sido violadas una de ellas una menor de 10 años que llegó al hospital en unas condiciones difíciles de explicar. “No son casos aislados”, advierten.

En la periferia, en las puertas de las tiendas o por las calles del barrio se puede ver a algunas niñas hablando con jóvenes que, como ellas, también han cruzado desde Marruecos. Fuentes policiales destacan que en muchas ocasiones a estas menores las ofrecen protección y la aceptan, precisamente porque se encuentran solas y vulnerables. Una dependencia que, en determinados casos, termina convirtiéndose en una situación de abuso o explotación.



