“Ya está todo el pescado vendido”. La frase es de un dirigente socialista andaluz, que la pronunció el miércoles, cuando quedaban algo más de 48 horas de campaña electoral al 17 de mayo. Dos días después, la corroboraba. No ha habido golpes de efecto ni acontecimientos de última hora que propicien un cambio drástico de escenario.
Pedro Sánchez volvió este viernes a Andalucía en el cierre de campaña para arropar a María Jesús Montero, que según todos los sondeos llega a las urnas sin haber sido capaz de levantar el vuelo desde el abismo de su suelo electoral (30 escaños). Y que se arriesga incluso a romperlo. “Leches, si quieres un gobierno de izquierdas, vota al PSOE!”, mitineó en Sevilla el jefe del Ejecutivo.
Los socialistas andaluces llegan a la cita del domingo exhaustos y desanimados, entre críticas todavía veladas al equipo de la candidata por “no haber contado” lo suficiente con los distintos territorios. “No se les ha pedido opinión”, opina otro dirigente andaluz. Y desde el Gobierno, pero también desde Ferraz, aprovechan para marcar distancias y para recordar que el resultado de la exnúmero dos del Ejecutivo y todavía número dos socialista es suyo y del partido, nada más.
Esto es, que la previsible derrota no es atribuible a Sánchez, que durante 8 años ha contado con Montero en su Consejo de Ministros, hasta auparla a lo más alto del organigrama. Que ha viajado a Andalucía seis veces a hacer campaña por ella (dos más que en cualquiera la de las citas electorales anteriores). Que la designó para dejar Madrid y batirse en las urnas con Juanma Moreno, pese a las reticencias de la que fuera su vicepresidenta primera y ministra de Hacienda.
“No había mejor candidata que ella”, repetían esta semana desde La Moncloa. Carlos Cuerpo; Félix Bolaños; Elma Saiz; Óscar Puente o Luis Planas son algunos de los ministros que visitaron Andalucía en la recta final. Sánchez hizo doblete miércoles y viernes. El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero volvió a subir a la palestra el jueves.
Los suyos reiteran como un mantra que los resultados en elecciones autonómicas no son extrapolables a las generales, toda vez que en 2022 y 2023 se demostró que cuando es Sánchez quien se la juega, la participación se dispara.
En las autonómicas de 2022, con Juan Espadas como candidato, lograron 883.000 votos en las andaluzas. Un año después, para las generales, Sánchez cosechó 1.459.000 apoyos. Durante meses han buscado fórmulas para apelar a todos los que se quedaron en casa en las anteriores autonómicas, y que pueden volver a hacerlo el domingo.
Movilizar a los suyos era el objetivo, y no han disimulado su miedo a que sus bases acaben quedándose “en el sofá”. “El sanchismo mueve en Andalucía 500.000 votos más de los que se movieron el 28-M”, destacaban hace meses en el entorno de Montero. Recuperarlos era la prioridad de Sánchez.

La jornada electoral en Andalucía es la última de este ciclo, y es especialmente relevante por la importancia de esta región para los socialistas, otrora su principal granero de votantes. Lo previsto es que la Comisión Ejecutiva Federal se reúna el lunes, en Ferraz, para analizar los resultados. Ya se citaron el pasado lunes, y lo habitual es que no se lo hagan más de una vez cada dos semanas.
Un parlamentario sostiene que, dado que las expectativas son tan bajas, perder uno o hasta dos escaños previsiblemente se presentará como una forma de salvar los muebles. “Todos contra el fascismo mundial al día siguiente y arreglado”, ironiza. En las últimas horas de sprint electoral, ningún interlocutor decía apostar por la posibilidad de que Montero supere los 30 escaños. Esto, en el mejor escenario.
La consigna “al PSOE le sienta muy bien la segunda semana de campaña”, de momento, sólo encuentra sustento en los discursos de algunos de sus dirigentes. Reiteran que ven respuesta entre los suyos ante su llamada a defender la sanidad pública. Y diagnostican que las encuestas no recogen una parte del voto que acabarán llevándose.

El segundo test de la estrategia de ministros candidatos
Como ya ocurrió con Pilar Alegría, que igualó el suelo histórico de su partido en Aragón el 8-F, dirigentes andaluces destacan que será difícil acotar el daño únicamente al territorio andaluz. Y a la figura política de Montero, cuya valía no se pone en duda, pero que ha dedicado menos de dos meses a la tarea de armar al partido y estimular a sus votantes, al menos a tiempo completo.
La número dos del PSOE, que confía en el “voto oculto”, ostentó la vicepresidencia primera y el Ministerio de Hacienda hasta finales de marzo, pese a las reiteradas llamadas desde el territorio para que acudiera a volcarse en sus tareas como líder andaluza.
Cuando Alegría, exministra portavoz, sufrió la derrota electoral en su tierra, desde el PSOE argumentaron que esto no podía leerse como una demostración empírica de que la estrategia de impulsar a ministros como candidatos fuese errónea.
La decisión de Sánchez de enviar a ambas exministras, como también lo hará con Diana Morant (Ciencia), Óscar López (Transformación Digital) y Ángel Víctor Torres (Política Territorial) a disputar sus territorios en las autonómicas, no ha estado exenta de críticas. Un segundo fracaso electoral de esta estrategia ya sería más difícil de suavizar.
Por el momento, sin embargo, distintos interlocutores en el territorio y en Madrid ven poco probable que un mal resultado desencadene una batalla campal por el control de Andalucía. Salvo que el escenario sea aún peor de lo esperado, lo previsto es que la cercanía de las elecciones municipales (mayo de 2027) fuerce el cierre de filas, aunque sólo sea de cara a la galería, y a regañadientes.
En algo menos de mes y medio, el 27-J, el máximo órgano del PSOE entre congresos, el Comité Federal, se reunirá para regular los procesos internos para las elecciones municipales y autonómicas. Está por ver hasta qué punto las sucesivas derrotas en las urnas tendrán eco en este órgano.

Vuelta al calvario parlamentario y a la velocidad de crucero
Más allá de los apoyos con los que ha contado la exvicepresidenta, en sus filas destacan decisiones del legislativo que también han buscado favorecerla. Desde el debate de totalidad de la reforma constitucional para blindar el aborto en la Carta Magna en el Congreso, producido a escasas horas de que arrancase la campaña, a la parálisis de iniciativas como la reforma del modelo de financiación autonómica, que el Gobierno aspiraba a llevar a la carta magna antes del verano.
“La identidad [andaluza] es necesaria, esto no le viene bien a la campaña”, advirtieron desde la dirección de una de las provincias socialistas a dos semanas de las urnas. Montero no ha dejado de defender su propuesta, y en los debates electorales reprochó a Moreno que pidiera 4.000 millones de euros más para Andalucía, pero no quiera acogerse a los 5.400 millones que consagra su modelo. También le afeó que no tenga una propuesta propia.
Dado que apenas quedan cinco plenos ordinarios antes de julio, mes inhábil en el que apenas se celebran comisiones y algún pleno extraordinario, el aterrizaje de esta norma en la Cámara Baja -cuando ni siquiera ha pasado por el Consejo de Ministros- se antoja difícil. El Ejecutivo deberá exponerse a su debilidad parlamentaria, toda vez que no han logrado reconstruir los puentes con Junts. Vuelta al calvario en el Congreso.
Por otro lado, el futuro de la exvicepresidenta segunda es hoy un misterio. Este ciclo ya se ha cobrado la carrera de Miguel Ángel Gallardo, exbarón extremeño, mientras que Alegría se ha asentado como líder de la oposición en Aragón. Carlos Martínez, líder socialista en Castilla y León, es el único que logró un buen resultado y hoy cuenta con cuatro años por delante para erosionar al Gobierno de Alfonso Fernández Mañueco y volver a disputarle la presidencia.
Montero ha mantenido su escaño en Madrid para no perder su plaza en el hospital Virgen del Rocío, y en sus filas algunos creen que renunciará y tomará su acta en el Parlamento andaluz. Que seguirá en su tierra, al menos, hasta después del pulso por las listas a las elecciones municipales. Sólo entonces se verá si su intención es volver a Andalucía para librar la batalla electoral más importante para Sánchez.
