La carrera política de José Luis Ábalos empezó a deshilacharse en el punto exacto donde terminaba la corbata y comenzaba la bragueta. Y no es que le perdiera el deseo, del mismo modo que a otros les pierde la lengua. Lo que le perdió fue la arriesgada convicción de que el poder le otorgaba derecho sobre aquello que deseaba.
Su historial sentimental no despertó demasiado interés fuera de su círculo más próximo cuando llegó al Gobierno. Tres matrimonios, cinco hijos y una vida familiar partida en varias etapas componían la biografía de un hombre con una intensa trayectoria afectiva, pero sin nada que llamara especialmente la atención en un dirigente de su generación. No tenía fama de conquistador y nadie se detenía en sus rupturas como un asunto político. Era simplemente la historia privada de un hombre que había rehecho su vida varias veces.
Masculinidad cortesana
La rareza llegó cuando empezaron a llegar mujeres que no pertenecían ya al ámbito de la intimidad sino ligadas al poder. Y desde ahí se fueron convirtiendo en piezas de una investigación judicial donde aparecieron viviendas sufragadas por terceros, contrataciones en empresas públicas, viajes oficiales, favores y conversaciones que retratan una masculinidad cortesana o de derecho adquirido de la que ya hicieron gala políticos como Silvio Berlusconi o Dominique Strauss-Kahn.
En La civilización del deseo, Manuel C. Ortiz de Landázuri recuerda que el gran dilema de nuestro tiempo no es desear demasiado, sino haber olvidado que el deseo necesita límites para no terminar gobernando a quien cree gobernarlo. La filosofía clásica nunca consideró el deseo un enemigo. Lo entendía como una fuerza humana que debía orientarse mediante la prudencia, la responsabilidad y el sentido del deber. La verdadera libertad no consistía en satisfacer todos los impulsos, sino en decidir cuáles merecían ser seguidos.

Esa idea explica el caso Ábalos sin necesidad de hacer un juicio moral. Su problema no fue enamorarse, divorciarse o volver a empezar. Tampoco mantener una vida sentimental intensa. El verdadero punto de inflexión llegó cuando el deseo dejó de ser únicamente privado y empezó a cruzarse con el ejercicio del poder. Jéssica Rodríguez representa ese cambio de naturaleza. Fue la primera en la que la esfera afectiva apareció ligada a contratos públicos, a un piso pagado por Víctor de Aldama y a una declaración judicial en la que afirmó que Ábalos conocía que estaba contratada sin desempeñar trabajo alguno. Su respuesta -“No, soy dentista”- cuando se intentó identificarla como prostituta sintetiza la complejidad del caso. La relación sentimental se había convertido en una cuestión de Estado.
Después llegarían Andrea de la Torre, que ha defendido públicamente que intentaron utilizarla contra el exministro; Anaís D., presente durante el registro de la UCO en la vivienda de Ábalos; Claudia Montes, vinculada a una contratación investigada; y, finalmente, un desfile de nombres -Carlota, Ariadna, “la colombiana nueva”- surgidos de unos audios que constituyen el retrato más descarnado de una determinada cultura masculina del poder.

Sean quienes sean Carlota, Ariadna o “la colombiana nueva”, lo que importa es que parecían formar parte de una logística de ocio compartido. “A ti te gusta más Ariadna” o “La Carlota se enrolla que te cagas”. Lo más revelador de las conversaciones del exministro con Koldo García es el lenguaje, su naturalidad y la ausencia de cualquier conciencia de límite. Como si el acceso al poder les hubiese acostumbrado a la cosificación femenina.
El privilegio como una prolongación de sí mismo
La psicología del liderazgo describe algunos fenómenos parecidos. Permanecer mucho tiempo en posiciones de autoridad modifica la percepción de lo excepcional. El privilegio deja de sentirse como un privilegio y empieza a vivirse como una prolongación natural de uno mismo. El coche oficial, el escolta, la agenda, el tráfico de influencias y el trapicheo de mujeres. Todo a capricho.
Además de encarnar la corrupción del Gobierno socialista por la que ha sido condenado por el Tribunal Supremo, Ábalos simboliza el agotamiento de un modelo de masculinidad política que no se definía únicamente por el mando, sino por la sensación de disponibilidad permanente. De tiempo, de recursos, de atención o de mujeres.
La exmujer del exministro, Carolina Perles, ofreció la imagen más elocuente de ese derrumbe cuando aseguró que Koldo había terminado convirtiéndose en una especie de presencia constante en su hogar y definió aquella convivencia como “una relación a tres”. Ya no era solo el matrimonio el que se había roto. Lo que de verdad se había caído era el muro que separaba la política de la casa.

Sería ingenuo afirmar que el caso Ábalos marca el final del macho alfa en política, pero al menos sirve para retratar una generación de mandatarios que crecieron creyendo que el prestigio del cargo irradiaba inevitablemente hacia la vida privada. Ortiz de Landázuri propone sustituir “un querer basado en el deseo” por “un deseo basado en el querer”. No hacer todo aquello que uno desea, sino aprender a desear aquello que merece ser querido. Esa distinción, que puede parecer puramente filosófica, acaba teniendo consecuencias muy concretas cuando quien olvida ese límite no es un ciudadano cualquiera, sino un ministro. La caída de Ábalos es la historia de un hombre al que le perdió la bragueta, pero también la de un político socialistas que terminó creyendo que el poder podía atravesar con él la puerta del dormitorio.

