La mañana del 4 de noviembre de 2025, Jessica O’Brien llamó al 911 desde su casa de Michigan. Su hijo Jacob, de siete años, no respiraba. Cuando los servicios de emergencia llegaron, encontraron al pequeño en parada cardiorrespiratoria. Tenía un peso extraordinario para un niño de esa edad y altura de 1.2 metros: nada menos que 120 kilos.
La media en España es de 23 kilos.
Los padres, Damien de 40 años, y Jessica, de 41, fueron detenidos meses después tras una investigación que comenzó el día de la muerte del menor. Ambos están acusados de homicidio y abuso infantil.
El informe del forense reveló que la causa de muerte fue una cardiomiopatía dilatada. Se trata de una enfermedad en la que el corazón se agranda y pierde fuerza para bombear sangre. Provocado, claro está, por la obesidad mórbida.

Cuando los agentes entraron en la vivienda, la escena que describieron fue de abandono extremo. Había acumulación de objetos, basura, suciedad, pañales usados, heces y un baño que no funcionaba. El desorden era tan grande que los sanitarios tuvieron dificultades para hacer las maniobras de reanimación. Jacob fue trasladado al hospital, pero murió poco después.
La fiscalía sostiene que “el niño no recibía una alimentación adecuada, ni atención médica, ni un entorno seguro y limpio. Le alimentaban a base de snacks, fundamentalmente patatas fritas”. Los investigadores afirman que “la mañana en que Jacob murió, los padres habían llamado al veterinario porque el perro estaba enfermo. El animal tuvo una llamada de auxilio antes que su hijo”.
El último registro médico del pequeño era de febrero de 2024. Entonces pesaba 47 kilos, una cifra ya muy alta para su edad. En aquella visita se le derivó a un endocrino pediátrico pero esa cita nunca llegó a producirse.
Cuando murió, 21 meses después, había engordado 68 kilos.

Jacob no iba al colegio. En la vivienda también estaba su hermana pequeña, de solo cinco años. Fue encontrada sucia, con terribles nudos en el pelo y, también, con obesidad mórbida. Pesaba 60 kilos. La niña fue puesta bajo el cuidado de los servicios sociales.
La justicia tendrá que determinar la pena que merecen. Pero hay algo que no necesita sentencia: Jacob llegó a los siete años sin que casi nadie lo viera. Y cuando el mundo lo conoció, fue para levantar acta de su muerte.

