Hace unos años se hablaba de desconexión digital como quien hablaba de un capricho, casi de una excentricidad de gente con la piel demasiado fina al ruido del mundo moderno. Hoy empieza a parecer justo lo contrario. Desconectar no es moda de hippies, ni una pose de retiro espiritual de personas elevadas emocionalmente. Es una necesidad física, mental y casi democrática.
Nunca hemos tenido tantas herramientas para organizar el trabajo antes de “irnos de vacas” y llegar relajados al verano. Aplicaciones para responder automáticamente a los correos, agendas compartidas, listas de tareas, métodos de productividad y hasta libros recientes como Si te da la vida, de Mapi Hermida, que nos recuerdan algo tan elemental como difícil. No se trata de llegar a todo, sino de elegir mejor a qué queremos llegar.

Pero cada verano se repite la misma música. Llegamos a ese pueblo, esa montaña, esa playa gaditana que habíamos soñado durante todo el año, pero la cabeza sigue atrapada en un grupo de WhatsApp “con contrato de permanencia” o en esos correos pendientes que te esperarán, despiadados y amontonados, el día que vuelvas a la oficina.
El trabajo sigue en el bolsillo
En España, el derecho a desconectar, también durante las vacaciones, existe desde hace tiempo. Pero una cosa es que esté escrito en los textos legales y otra bien distinta que se aplique al dedillo en nuestro día a día. Casi la mitad de los trabajadores necesita una semana o más para empezar a desconectar de verdad durante las vacaciones. Y un porcentaje muy elevado sigue recibiendo mensajes laborales, correos o avisos cuando, en teoría, debería estar descansando. La oficina ya no solo nos persigue a cualquier destino, sino que nos sigue a cualquier playa, hasta cualquier acantilado. Esa vibración o ese pitido que viene del bolsillo y nos recuerda que, allá lejos, está nuestro otro mundo, el de la conexión a unas responsabilidades, a unas obligaciones, a un consejo de dirección y a sus decisiones.
Hace tiempo escribí sobre la necesidad de apagarse mentalmente cuando llegamos al destino, pero el problema no ha desaparecido, sino que parece haberse sofisticado. Hoy ya no es solo una recomendación. Es una cuestión de salud mental e higiene.
Volver a descansar de verdad
Las vacaciones deberían seguir siendo ese momento de desconexión de todas aquellas obligaciones y hábitos diarios, incluida la conexión permanente a las nuevas tecnologías. Recomiendo, entre otras cosas, procurar cortar con todo, ir a la playa o al monte y «dejarse los móviles en casa» para poder realmente encontrar lo que necesitamos, el descanso. Están creciendo todo tipo de ofertas vacacionales de turismo desconectado, algo que denominé en uno de mis libros como Mindful Travel.
También conviene recordar que desconectar no consiste solo en dejar de fichar por las mañanas o apagar pantallas, sino en recuperar presencia con quienes tenemos más cerca, algo que ya abordé al hablar de la importancia de reconectar con la familia en esta época veraniega.
La nueva moda de preguntárselo todo a la IA
Ahora, además, vamos a tener que superar una tentación más. Ya no solo miramos el móvil para consultar mensajes, subir fotos o comprobar si alguien ha reaccionado a las stories en nuestras cuentas. También nos vamos familiarizando con la inteligencia artificial y esa aparente fuente de sabiduría y ciencia infusa. Aparece en las sobremesas familiares, ante una duda tonta sobre historia, política o una personalidad pública.
Le consultamos en mitad de cualquier conversación, para comprobar quién tenía razón, si nuestro suegro o nuestro cuñado estaba en lo cierto. Poco a poco, la IA se ha convertido en nuestro nuevo invitado a la mesa. A diferencia de Google y otros buscadores, la IA parece darnos el poder de la verdad absoluta explicada en términos sencillos y de forma, aparentemente, contrastada. Para algunos sigue siendo una herramienta novedosa y veremos a muchos conversar con sus teléfonos mientras comen una paella.
El problema no es usarla, sino dejar que se instale un nuevo comensal, que corte las conversaciones y sustituya esos pequeños debates humanos que antes nos hacían divagar, discutir y dejaban alguna anécdota divertida. Las rencillas, en cambio, nunca desaparecerán. Hay reflexiones y preguntas que no necesitan una respuesta inmediata. Ni todos los cambios de opinión se construyen de esa manera. Hay vacaciones que empiezan precisamente cuando dejamos de querer saberlo o resolverlo todo en tiempo real.
Viajar sin huir de uno mismo
Mindful Travel y viajar conscientemente no significa únicamente tener que subirse a un avión y volar a un destino como la India para hacer un retiro de meditación. Viajar es desplazarse durante un fin de semana a cualquiera de nuestras bellas ciudades en busca de ese remanso de paz, de ese reposo.
Según la DGT, las distracciones estuvieron presentes en el 17 % de los siniestros y fueron factor concurrente en el 30 % de los accidentes mortales registrados en años anteriores. Antes de que ocurra una desgracia, deberíamos aprender a conducir de forma consciente y disfrutar del camino, como se dice. Hay ya bastantes motivos de distracción en la carretera, y factores imprevisibles, como para añadirle aún más riesgos y dificultades al volante.

Para huir del aburrimiento y de las largas horas de vuelo, puede que nos sintamos atraídos también por darle a la tecla, aunque tampoco viene mal utilizar esos momentos sin wifi para pensar un poco, dejar las pantallas de lado, leer el periódico, ver una película o, simplemente, mirar por la ventana. Son nuestros días de descanso y debemos realizar actividades que nos aireen la cabecita. Es el mejor momento para pensar en proyectos futuros y animarnos a hacer nuestro Ikigai. Como cuando éramos niños, con un boli en la mano y un par de hojas, podemos visualizar lo que realmente nos apetece hacer, lejos de los PowerPoint y las horas de pantalla.
Convendría dejar de llevar nuestra existencia como si fuera una empresa y querer optimizarlo todo. No todos los restaurantes necesitan una reseña, ni cada caminata una ruta perfecta. A veces viajar conscientemente es aceptar perderse un poco, comer donde nos pille el hambre y descubrir algo que no venía recomendado por nadie.
El lujo de aburrirse un poco
Al llegar al destino, debemos acostumbrarnos a hacernos las preguntas correctas en el momento adecuado. ¿Necesito realmente llevarme el móvil a todas partes? ¿Debo estar al tanto de esos mensajes de WhatsApp de gente que está aburrida en el trabajo? ¡Disfrutemos de la playa, sin tener la necesidad imperiosa de mandar instantáneas a compañeros y familiares!
Añoro a menudo mi infancia, durante la cual, sin planes con amigos ni consolas, me aburría como una ostra. Cogía un martillo, unos clavos, unas tablas y me inventaba un galeón a mi manera. Le ponía un tubo y un trozo de tela que andaba por casa, y ya tenía una carabela como las que descubrieron América. Hoy, los niños sin sus smartphones están más perdidos que un Cristóbal Colón sin sextante ni estrellas.
Aprendamos a saborear sencillamente la vida, los momentos y las emociones que nos procuran, sin necesidad de artilugios digitales. Disfrutemos de los destinos Mindful Travel, estén de moda o sigan siendo rincones secretos. Vivamos el momento presente. También deberíamos aprender a no querer documentarlo todo, a no convertir cada paseo y cada atardecer en material pendiente de publicar. Y quedarnos con la mejor versión de ese instante grabada en el recuerdo.
Vivamos nuestras propias vacaciones sin necesidad de compartirlas con verborrea digital. Porque a veces, para volver de verdad, primero hay que atreverse a desaparecer del mapa.

