Hay recuerdos que pasan de abuelos a nietos en forma de pequeñas historias familiares. En el caso de Ana Colomar, despertó de tal manera su curiosidad que terminó abriendo una inesperada vía de investigación. Su abuela era una niña cuando, el 30 de agosto de 1905, el día desapareció durante unos minutos sobre Ibiza. “Era muy pequeña cuando le tocó vivir el eclipse del 30 de agosto de 1905. Ella vivía en Sant Llorenç, un pueblo rural en medio de la isla de Ibiza, y este fenómeno les vino por sorpresa”, recuerda esta archivera e investigadora responsable del Arxiu Històric de Ibiza.

Las gallinas se replegaron
Hoy resulta difícil imaginar un eclipse total en aquella Ibiza de principios del siglo XX. Sin información previa, mapas de visibilidad, retransmisiones, gafas homologadas y miles de personas desplazándose para encontrar el lugar perfecto desde el que contemplarlo. “Como pasaba entonces no había tanta información ni la gente conocía este tipo de acontecimientos. Nos contaba que tuvo lugar hacía el mediodía, y de repente empezó a anochecer hasta quedar oscuro, tanto que las gallinas se replegaron y se fueron a dormir. Pero en seguida que pudieron ver un rayo de sol asomar, igualmente todo volvió a la normalidad muy rápido”.
La imagen quedó en la memoria de aquella familia y décadas después aquel recuerdo acabaría determinando el trabajo de su nieta. “Esta vivencia de mi abuela fue lo que me ha llevado a estudiar todo el tema de los eclipses solares totales: cuantos se han podido visibilizar desde Ibiza, cómo los vivieron los ibicencos o que rastro documental dejaron”.

El resultado permite recorrer dos milenios de historia de la isla a través de unos pocos minutos de oscuridad. Los eclipses son extraordinarios también por esa combinación entre rareza y exactitud. “Son tan espectaculares como previsibles, aunque muy espaciados en el tiempo, de manera que Ibiza en dos mil años solamente ha estado dentro de la franja de la totalidad de un eclipse total de sol en nueve ocasiones”. Lo que ha variado es nuestra manera de enfrentarnos al fenómeno astronómico. “La forma de experimentarlos ha ido cambiando en función del contexto de cada época, del conocimiento colectivo e individual que tenemos de ellos, y como no de nuestra propia superstición”.
Guerra, hambre y enfermedad
Mucho antes de que la astronomía permitiera anticipar con precisión estos fenómenos, la desaparición del Sol podía interpretarse como un mensaje. Y rara vez era tranquilizador. “Los eclipses durante la época medieval se asociaban a enfermedades, pestes, calamidades colectivas, guerras o muertes de reyes”.
Ibiza conserva incluso testimonios escritos de esa asociación entre lo que ocurría en el cielo y lo que los hombres temían que pudiera suceder en la tierra. “El eclipse de Sol de 18 de abril de 1539 que se pudo ver también desde Ibiza, se recoge en un libro local de la época y lo relaciona con la guerra del Turco, un conflicto que afectó mucho a nuestras islas con desembarco de piratas y cautiverios de la población”.
Hubo además eclipses especialmente largos. “Este eclipse junto con el del día 29 de julio de 1478 fueron impresionantes, de los que más ha permanecido el sol eclipsado, entre cuatro y cinco minutos”. Las creencias populares expresaban ese miedo en refranes que perduraron durante generaciones. Colomar ha encontrado uno que le llamó especial atención: “Estels en ple dia, guerra, fam i malaltia”. Es decir, estrellas en pleno día, guerra, hambre y enfermedad. “Las estrellas en pleno día solamente se pueden ver durante un eclipse total de Sol, un hecho que tradicionalmente era considerado como un mal presagio”.

Hasta la propia palabra parece haber contribuido a alimentar esa percepción. “Hemos de tener en cuenta que la palabra eclipse quiere decir ‘desaparición’ y tiene como sinónimos ocultación, oscurecimiento, ausencia, ennegrecimiento, etc. todos ellos términos que por si solos ya conllevan un carácter negativo. El Sol siempre ha sido contemplado con respeto y admiración, simboliza la luz, la vida, la energía”, explica Colomar.
El eclipse de 1905 permite observar, además, dos Ibizas completamente diferentes frente al mismo acontecimiento. “Igualmente ha sido muy diferente la forma de observarlos en una ciudad que en un entorno rural. En 1905 los ibicencos que residían en la ciudad salieron a verlo con un ambiente totalmente festivo, se colocaron en los tejados, en la parte alta de las murallas, etc”.
A pocos kilómetros, sin embargo, la oscuridad podía provocar una reacción opuesta. “En el campo con una población muy diseminada, y con poco o nulo conocimiento, se vivió en muchas familias con auténtico temor”. Los testimonios orales recopilados por Colomar resultan reveladores porque permiten acercarse a cómo sintieron aquel instante personas que probablemente desconocían qué estaba ocurriendo. “He conseguido algunas fuentes orales procedentes del mundo rural de Ibiza durante el eclipse de 1905, recuerdos que se han ido transmitiendo dentro de las familias”, indica la investigadora.
Temor a quedarse ciegos
En Es Cubells, por ejemplo, “una familia pasó el eclipse encerrada dentro de la casa porque el cura les había advertido que podían quedarse ciegos”. Más inquietante aún es la historia conservada en el norte de la isla. “Un joven de unos 14 años se encontraba solo por los montes, y al ver que todo quedaba negro, pensó que ‘le venia la muerte’”. No era algo exclusivo de 1905. Casi medio siglo antes encontramos reacciones semejantes. “En una memoria del eclipse de 1860 se recoge sobre Ibiza: algunos payeses que no prestaban el mayor crédito a la noticia de lo que iba a suceder, cayeron de rodillas embargados de admiración tan pronto como la oscuridad total comenzó”.
También ha cambiado radicalmente la manera de mirar al Sol. “Hoy sabemos que podemos ver el eclipse con seguridad con una gafas especiales y homologadas, pero antes eran practicas populares contemplar el reflejo del Sol en un barreño de agua, utilizar un pañuelo de seda doblado siete veces, o utilizar un cristal ahumado”. La expectación por estos fenómenos llegó incluso a convertirse en una oportunidad comercial. “Durante el eclipse de 1860, un anuncio publicitario de la prensa ofrecía vidrios de colores. También se publicó que en casa de un carpintero que vivía en los arrabales de Barcelona, durante un eclipse una de sus gallinas hizo un huevo con tanta buena suerte que tenia unas rugosidades en forma de círculos. Se empezó a decir que el eclipse se había trasladado al huevo”.
Y alguien supo convertir el supuesto prodigio astronómico en negocio. “Pues bien, ese huevo estuvo unos días en exposición pública a 10 céntimos la entrada. Y cuentan que pasaron por él miles de persones. Una anécdota que refleja muy bien el entretenimiento de aquella época”.
Las gallinas de la abuela de Colomar no fueron una excepción. El comportamiento animal dio lugar a observaciones que hoy permiten comprobar hasta qué punto han cambiado también nuestros criterios científicos y éticos. “De los eclipses del siglo XIX me pareció muy singular cuando tratan sus efectos en los animales, los pájaros dejan de cantar y se retiran a sus nidos, algunos caen muertos en el choque con algún obstáculo en su precipitado vuelo, las aves nocturnas salen de sus madrigueras, etc.”, relata.
Algunas pruebas realizadas entonces resultarían inconcebibles en la actualidad. “Con los perros se hacían algunos experimentos sobre su comportamiento, se les privaba de comer para tenerlos hambrientos, y durante la ocultación darles comida. La mayoría no empezaban a comer hasta aparecer la luz del Sol. Actualmente, algo así no se haría”.

