El día que Sierra Cabrera se convirtió en un infierno: “No sabía si volvería a casa”

El incendio de Los Gallardos avanzó en minutos por una comarca de casas dispersas, cortó carreteras y deja 12 fallecidos, 23 personas desaparecidas, ocho heridos, cuatro de ellos graves, y 1.400 vecinos desalojados

Aina llamó a los bomberos a las 16.32 horas del jueves. Veinticuatro horas después, viajaba en coche con su pareja y su perra, Kira, buscando una salida entre carreteras cortadas y una caravana de vehículos. En ese tiempo había visto nacer el incendio, había pasado la noche mirando las llamas desde la terraza de su casa y había vuelto a entrar en ella solo para sacar a Kira.

Al principio, el fuego era algo que ocurría lejos de La Huelga, la pedanía de Sorbas donde vive. Pero durante la tarde fue creciendo hasta ocupar carreteras, barrancos y laderas de Sierra Cabrera. Cuando Aina regresó a casa, ya no podía salir ni hacia Sorbas ni hacia Los Gallardos.

El incendio deja, hasta el momento, 12 personas fallecidas, 23 sin localizar y ocho heridas, cuatro de ellas graves. La principal tragedia se concentró en el entorno de Bédar, donde las llamas alcanzaron carreteras, caminos rurales y ramblas en cuestión de minutos.

Las primeras reconstrucciones apuntan a que varias víctimas trataban de escapar. Cuatro fueron localizadas dentro de un coche y otras murieron después de abandonar sus vehículos e intentar continuar a pie por una vía alternativa. La Guardia Civil mantiene abierta la identificación de las víctimas y la búsqueda de las personas con las que sus familiares todavía no han logrado contactar.

Aina fue una de las primeras personas en llamar a los bomberos.
Aina fue una de las primeras personas en llamar a los bomberos.
Cedida

Aina todavía recuerda aquellos primeros minutos con una mezcla de incredulidad y miedo. “No he visto nunca un fuego tan rápido como el de ayer”, dice. El viento empujaba las llamas a una velocidad que nunca había visto. “Creía que me quemaba”.

Cuando el fuego llegó a las casas

Juanfran, vecino de Bédar, contó a laSexta que, “en dos o tres horas”, la montaña se había convertido en “una lengua de fuego”.

En una zona de cortijos, viviendas aisladas y caminos que se bifurcan entre barrancos, la evacuación no fue una orden única ni una salida sencilla. Los avisos llegaron casa por casa. Algunos vecinos lograron salir por las rutas indicadas. A otros se les pidió que no se movieran porque los caminos podían quedar rodeados por las llamas.

Una familia evacuada relató a SER Almería el instante en que comprendió que ya no podía quedarse: “Cuando nos dimos cuenta, el fuego ya rodeaba nuestra casa”. Antonio Rubio, vecino de Bédar, contó a Reuters que decidió abandonar la vivienda cuando el humo hizo imposible permanecer dentro.

La salida hacia Los Gallardos quedó comprometida y parte de los desalojos tuvo que encauzarse hacia Lubrín. Charo, una vecina de Bédar, dejó atrás su casa con una pregunta que se repetía entre quienes salían: “No sé cómo me voy a encontrar mi casa”.

Garrucha, una sala de espera

Al caer la noche, el número de desalojados ya superaba las 600 personas. Algunas se fueron con familiares o amistades. Otras llegaron a Garrucha, donde el polideportivo dejó de ser un pabellón para convertirse en una sala de espera.

Allí fueron llegando vecinos, familias que no sabían si sus casas seguían en pie y personas que no tenían un lugar al que ir esa noche. Cruz Roja, los servicios sociales y el voluntariado organizaron camas, comida, agua, mantas y cargadores. Comercios y vecinos de la zona llevaron bocadillos, bebidas y fruta.

El pabellón de Los Gallardos no podía asumir esa función: estaba demasiado cerca del frente. El camping del municipio también fue evacuado. Su propietario resumió después lo que había ocurrido con una frase: “Nos salvó un cambio en el viento”.

Desde ese momento, el viento dejó de ser un dato meteorológico para convertirse en la conversación de toda la comarca. En Garrucha, los evacuados preguntaban hacia dónde avanzaban las llamas. En Bédar, quienes habían abandonado sus casas intentaban averiguar si el fuego había cambiado de dirección. Y en La Huelga, los vecinos salían una y otra vez a la terraza para comprobar si el humo se acercaba. Nadie sabía qué podía ocurrir si el aire volvía a girar.

La inquietud se notaba en cada llamada, en cada coche que llegaba y en cada persona que preguntaba por una carretera o por una casa. Aina resume el estado de ánimo de los vecinos con dos palabras: “Mal, muy mal”. En una zona acostumbrada a convivir con los incendios forestales, asegura que nunca había visto algo parecido. “Aquí ha habido muchísimo incendio, pero como este ninguno”. 

La noche en la terraza

Aina fue una de las que tuvo que quedarse. Desde La Huelga veía el resplandor de las llamas. “Estábamos en la terraza”, cuenta. Con su pareja, miraba el fuego y miraba el viento. “Si cambiaba la dirección del aire, podía venir para nosotros otra vez”.

Vista del incendio desde una de las viviendas que fueron desalojadas en Bédar.
Vista del incendio desde una de las viviendas que fueron desalojadas en Bédar.
EFE

No pudo dormir. El incendio siguió visible hasta las siete de la mañana y los vecinos no podían salir hacia ninguna localidad. “No nos dejaban salir para Sorbas ni para Los Gallardos”, explica.

Su madre y su abuela, que viven en Turre, intentaron tranquilizarla al principio. “Ya lo apagarán, no pasará nada”, le dijeron cuando el fuego parecía pequeño. Horas después, la nube de humo alcanzó Turre. Entonces ya no había forma de restarle importancia. “Esto va feo”, recuerda Aina.

Solo cogió a Kira

La mañana del viernes tampoco trajo calma. El viento volvió a cambiar y las autoridades comenzaron a desalojar Alfaix, una pedanía de Los Gallardos. Unas 400 personas tuvieron que abandonar la zona, elevando a alrededor de un millar el número de vecinos fuera de sus casas.

Aina estaba trabajando cuando se enteró. Dejó el trabajo y volvió con su pareja a La Huelga. No regresó a por ropa, documentos ni ninguna otra pertenencia. Regresó a por Kira.

Incendio de Los Gallardos - Sociedad
Bomberos trabajan en el incendio en el que han muerto al menos doce personas.
EFE

“Solo he cogido la perra, no he cogido nada más”, cuenta. Su intención era llegar a Turre, donde estaban su madre y su abuela. Pero, al pasar por Alfaix, vieron “la lengua de fuego bajar para abajo”. Cuando intentaron coger la carretera, ya estaba cerrada. “Ya estaba el fuego en la carretera”.

Los coches comenzaron a acumularse. “Ha sido una aglomeración de coches increíble”, resume. Los agentes les indicaron que bordearan por la costa, hacia Carboneras, para poder llegar a Turre. Todos los vehículos intentaban hacer lo mismo. La carretera reabrió después, pero el tráfico avanzaba despacio. “Hay fuego todavía ahí”.

En ese atasco, el miedo era visible. Algunas personas llevaban horas fuera de casa; otras acababan de recibir la orden de salir. Nadie sabía cuánto tardaría en abrirse una carretera, si el viento volvería a cambiar o si podrían regresar esa noche. “Es muy duro”, resume Aina.

Veinticuatro horas después

Aina llegó a Turre con su pareja y Kira. Pudo ver a su madre y abuela. La Huelga no había sido desalojada, pero ella no volvió a casa. El viento había cambiado otra vez y el fuego se había desplazado hacia Alfaix. “Ya no se sabe si va a volver para acá, si va a ir para otro lado”, dice.

Lleva más de 24 horas sin dormir y todavía no asimila lo que ha vivido. “Estoy todavía que no me lo creo”, reconoce.

Esta noche volverá a dormir lejos de casa. Como cientos de vecinos de Sierra Cabrera, se acostará pendiente del viento, esperando que no vuelva a cambiar de dirección. Porque, después de un día de fuego, en esta comarca todos han aprendido que una ráfaga puede cambiarlo todo.

TAGS DE ESTA NOTICIA