Crónica negra

El pantano que sepultó a Marc y Paula: el crimen que se resolverá cuando baje el nivel del agua

La pareja desapareció en el pantano de Susqueda y sus cuerpos aparecieron 33 días después. Nueve años más tarde no hay juicio: es necesario que el nivel del agua permita reconstruir el crimen

El 24 de agosto de 2017 Marc Hernández (23 años) y Paula Mas (21) cargaron un kayak en su Opel Zafira y salieron del Vallès con la idea de pasar la noche en el pantano de Susqueda.

Cuando al día siguiente la pareja no regresó, la familia dio la voz de alarma. Los operativos de búsqueda peinaron contrarreloj cada rincón del pantano. Ni rastro de la pareja.

Marc era un apasionado de las motos.

Días después de la desaparición los equipos de rescate encontraron el kayak. Estaba rajado a propósito y con piedras para que se fuera al fondo. Luego apareció el coche sumergido siete metros. Tenía las llaves puestas, la primera marcha metida y las ventanas bajadas. Alguien lo había hundido a propósito colocando una piedra en el acelerador.

El vehículo de la pareja en el momento de sacarlo del pantano.

Un mes más tarde, el propio pantano devolvió los cuerpos. Marc estaba maniatado y con tres balas en el cuerpo. Paula tenía un disparo en la cabeza. Para los investigadores de los Mossos d’Esquadra la pesadilla técnica solo acababa de empezar. El agua y el tiempo habían limpiado cualquier rastro biológico. Ni huellas, ni ADN del asesino, ni rastro del arma.

“Ahí abajo nadie cae por error. Para meter un coche por esas pistas de cabras y hundirlo hay que conocer muy bien el terreno. Eso no lo hace un turista” comentaba un vecino de la zona.

Pronto los focos se centraron en Jordi Magentí. Conocía Susqueda como la palma de su mano. Acudía allí a pescar y su Land Rover blanco había quedado registrado por las cámaras de los accesos al embalse el día del crimen. Entró media hora antes que Marc y Paula.

El coche de Marc y Paula, captado en el momento que entraban al pantano.

Había un dato especialmente inquietante en su pasado. Veinte años antes Magentí había asesinado a su expareja con una escopeta. Fue condenado a 15 años de prisión.

Pero el derecho penal no funciona por intuiciones ni por antecedentes. A finales de ese mismo año, la Audiencia tuvo que dejar a Magentí en libertad provisional sin fianza. No había una sola prueba material que lo vinculara directamente con la ejecución.

“Tenemos la certeza de que el sospechoso estuvo allí, pero una cosa es saberlo en el plano policial y otra demostrarlo ante un tribunal sin una prueba material directa” confesaba un agente vinculado a las pesquisas.

Jordi Magentí en su detención.

En el poco tiempo que Jordi Magentí estuvo encarcelado en Figueras, compartió celda con un preso de confianza, David G. M. Una tarde le contó que fue su hijo quien asesinó a los jóvenes cuando éste los sorprendió en su plantación de marihuana. “Sólo le ayudé a deshacerse de los cuerpos. Se lo debía, yo maté a su madre”. El preso compartió el relato con el director de la cárcel y los Mossos se trasladaron al centro penitenciario. En el interrogatorio el hombre dio detalles sobre los crímenes que no habían trascendido en los medios de comunicación y que sólo se los pudo contar Magentí.

Los investigadores nunca dieron crédito a la versión del sospechoso. Su hipótesis es que fue él quien mató a Marc y Paula y después trató de ocultar los cuerpos. “Aquella explicación podía servirle para justificar de antemano que se encontraran restos de su ADN en el escenario del crimen, en la mochila de Marc o en el kayak”.

Imagen del pantano de Sesqueda.

En ese relato no dudó en señalar a su propio hijo, con quien atravesaba una mala relación. Magentí pensaba por entonces en marcharse a Colombia, país de origen de su mujer, pero necesitaba dinero. Su hijo había vendido la cosecha de marihuana y no le había entregado la parte que él consideraba que le correspondía por haberla vigilado.

Estaba enfadado. Creía que, de haber recibido aquel dinero, habría podido abandonar España mucho antes.

La prueba del sonido

Varios testigos que aquel día se encontraban en varios puntos del pantano escucharon ráfagas de disparos y un grito. Es clave saber la posición en la que se efectuaron los disparos. El problema es que Susqueda es un laberinto acústico.

“El sonido en ese pantano juega malas pasadas. Escuchas una voz a tres kilómetros como si la tuvieras al lado o un tiro en la otra orilla que parece rebotar en tus pies. Reconstruir con precisión científica cómo viajó la onda aquel día es una pesadilla” señalaba uno de los peritos encargados del informe de sonometría.

Imagen del vehículo con la piedra que se puso en el acelerador.

La investigación se ha atascado en un cruce de peritajes para intentar determinar si los tiros salieron de la zona de la cantera -donde estaba Magentí- o del torrente del Llomar.

En el 2026 los investigadores pidieron más tiempo al juzgado para poder reproducir las condiciones a las del día de autos. La propagación del sonido cambia si donde actualmente hay agua, en 2017 había tierra firme. En los últimos años el embalse está alrededor del 90% de capacidad. En 2017 estaba al 63%. Un escenario que lo cambia todo.

Han pasado nueve años. Magentí sigue investigado, pero en su casa. Las familias continúan esperando una respuesta. Y el pantano de Susqueda guarda el secreto de lo que pasó aquel agosto. Hasta que baje el nivel del agua.