“Mi hijo tiene siete años y últimamente utiliza palabras que nunca hemos dicho en casa. Algunas incluso tienen un contenido sexual. Estoy muy preocupada. Si ahora habla así, ¿qué pasará cuando tenga diez años?
Ana, de Madrid, me escribe con una inquietud que comparten muchas familias. Vivimos rodeados de titulares sobre el acceso precoz a la pornografía, las redes sociales o la hipersexualización de la infancia. Es normal que, cuando un hijo pronuncia una palabra que nos descoloca, imaginemos el peor escenario posible.
Lo primero que quiero decirte, Ana, es que entiendo perfectamente tu preocupación. Pero también me gustaría transmitirte un poco de calma.
Porque el hecho de que un niño repita una palabra no significa necesariamente que comprenda su significado. Los niños son grandes observadores. Escuchan conversaciones en el patio, en el autobús, en el parque, en la televisión, en vídeos de internet o incluso en boca de otros adultos. Muchas veces repiten expresiones simplemente porque les llaman la atención, porque generan risas o porque perciben que tienen un efecto en quienes las escuchan.
Antes de preocuparnos por la palabra, conviene preguntarnos qué hay detrás de ella.

La sexualidad no empieza en la adolescencia. Desde que un niño llega al mundo comienza a construir la relación con su propio cuerpo, con la intimidad, con el afecto y con los límites. La curiosidad forma parte del desarrollo. Es una pulsión de vida, de descubrimiento, de querer comprender el mundo.
El reto de los adultos consiste en acompañar esa curiosidad sin invadirla y sin dejarla sola.
Y no siempre es fácil.
La sexualidad, la afectividad y la intimidad también nos atraviesan a nosotros. Cada familia habla de estos temas desde su propia historia, sus miedos y sus experiencias. A eso se suma un contexto donde las pantallas muestran una visión de la sexualidad que, con demasiada frecuencia, reduce todo a lo explícito y deja fuera lo verdaderamente importante: el vínculo, el respeto, el consentimiento, el cuidado y la ternura.
La sexóloga Liliana Mizrahi Maltz habla de la educación afectivo-sexual como “una oportunidad para la ternura”. Me gusta esa definición porque cambia completamente el enfoque. No se trata únicamente de explicar cómo nacen los bebés o responder preguntas incómodas. Se trata, sobre todo, de enseñar a cuidar el propio cuerpo y el de los demás, a respetar la intimidad y a entender que no todo vale.
Cuando un niño utiliza una palabra que nos preocupa, nuestra primera reacción suele ser corregirle inmediatamente o preguntar con cierta alarma: “¿Quién te ha dicho eso?”. Sin embargo, casi siempre resulta más útil detenernos y preguntarle con curiosidad: “¿Qué significa esa palabra para ti?”. Muchas veces descubriremos que detrás no hay más que una interpretación infantil, incompleta o incluso equivocada.

Es importante no llenar ese vacío con explicaciones que todavía no necesita. A veces, por miedo a quedarnos cortos, acabamos ofreciendo una información para la que el niño aún no está preparado. La educación también consiste en respetar sus tiempos. Responder a la pregunta que hace, y no a todas las que imaginamos que hará dentro de unos años.
Las pantallas merecen una atención especial. No podemos controlar todo lo que nuestros hijos verán a lo largo de su vida, pero sí podemos retrasar aquello para lo que todavía no están preparados. Su mundo interno sigue construyéndose y determinadas imágenes pueden resultar profundamente invasivas. Igual que elegimos los libros que leen o las películas que ven, también debemos cuidar los contenidos digitales que consumen.
Y hay algo que nunca deberíamos olvidar: no hace falta tener una respuesta inmediata para todo. Como padres podemos decir con absoluta naturalidad: “Es una buena pregunta. Déjame pensar cómo explicártelo”. Lejos de transmitir inseguridad, ese mensaje enseña algo muy valioso: que hay conversaciones importantes que merecen tiempo.
También me gustaría hacer una última reflexión. Cuando estas palabras aparecen en el colegio o en un grupo de amigos, tendemos a buscar al culpable. “¿Quién ha enseñado esto al resto?”. Pero ese niño que trae una palabra nueva probablemente tampoco entiende del todo lo que dice. Está intentando dar sentido a algo que le ha impactado. Necesita acompañamiento, no etiquetas.
Educar en la intimidad no consiste en hablar antes o más que nadie. Consiste en estar disponibles cuando nuestros hijos nos necesiten. En construir un clima donde puedan preguntar sin miedo, donde sepan que su cuerpo merece respeto y donde descubran que la sexualidad siempre va unida al afecto, al cuidado y a la dignidad de las personas.
Porque, en un mundo donde las pantallas hablan cada vez más alto, la mejor protección sigue siendo una conversación serena con los adultos que más les quieren.

