Este final de curso nos están llegando muchas dudas sobre la convivencia en está época estival y donde las rutinas se relajan y la convivencia se intensifica. La relación entre los hermanos siempre ha sido compleja, a veces se tardan años en encontrarla y a veces nunca se encuentra.
Hay múltiples historias y leyendas sobre la relación entre los hermano, los celos, la envidia, pero todo gira en torno al amor de la madre, hacia el reconocimiento del padre, los hermanos se juegan su lugar y esas discusiones, por el mismo juguete, por el mismo lápiz aunque haya muchos más o cuando das un paseo que mano eliges, todo el tiempo está en juego el amor y el reconocimiento.
Quizás el mayor miedo que tiene un hijo es el rechazo, más allá de todo, no sentirse querido o reconocido duele en lo más profundo del alma. En las discusiones más sencillas o las peleas más acaloradas esto es lo que está en juego, el AMOR.
Miguel de Madrid, nos escribe con gran preocupación por la relación que están normalizando sus hijos de 7 y 8 años de peleas constantes. Caín y Abel no es solo una historia antigua, la llegada de un hermano destruye la fantasía del hijo, “ser único” para sus padres. Un hermano introduce la diferencia y la pérdida del monopolio del amor materno/paterno. El hermano es visto inicialmente como un usurpador, viene a quitarme “lo mío”.
Nuestro rol como padres, es legitimar esa diferencia, no buscar la igualdad, además nunca lo haremos, es una igualdad ficticia; intentar darles exactamente lo mismo, vestirles igual o anular las diferencias para evitar conflictos solo alimentan la rivalidad profunda. Los hijos no quieren ser iguales, quieren ser reconocidos en su singularidad, necesitan encontrar su lugar único.
No debemos intentar ser perfectos, ni colmar todas sus demandas, deben aceptar que su mirada y su amor están fragmentados, no son solo para uno, gestionar la convivencia implica transmitir a los hijos que el amor de los padres no es un pastel que se divide y se agota, sino un espacio donde cabe la diferencia de cada hijo.
Los padres, ayudamos con la introducción de la ley, una ley que prohíbe la violencia destructiva, pero que valida el derecho de cada hermano a existir de forma independiente.
Y quizás otro de nuestros retos actuales, del hijo-espejo al hijo-sujeto, donde los padres y madres proyectamos nuestros propias ambiciones y frustraciones, esperando que los hijos cumplan un guión familiar, a veces les condenamos sin querer a competir ferozmente por encajar en ese deseo ajeno.
Nuestra función es “dejar ir”, no ser amos que controlan, sino testigos que acompañan y humanizan, cuando liberamos a nuestros hijos de la obligación de complacer nuestras expectativas, reducimos la necesidad de que los hermanos compitan entre si, dejan de necesitar nuestra validación.
Si enseñamos a nuestros hijos que el hermano no es un espejo rival, que viene a robar el amor de sus padres, sino un “Otro” legítimo con el que se comparte una historia pero no el destino. Cada hijo tiene su propio espacio simbólico y su propio deseo, nuestra tarea ser mediadores que organizan la diferencia.
Y con el tiempo, entenderán que gran regalo, es un hermano.

