Marisa y Sophia comparten techo, rutinas y algunas actividades. No habría nada extraordinario en ello, salvo por un detalle: se conocieron hace algo más de un año y pertenecen a generaciones separadas por más de medio siglo. Historias como la suya están empezando a dibujar una respuesta inesperada a dos de las tensiones sociales más persistentes en España. Por una parte, la dificultad de los jóvenes para acceder a una vivienda; por otra, la soledad que afecta a una parte creciente de la población mayor En ese punto de encuentro, una necesidad encajó con la otra en una singular fórmula de convivencia.
Sophia, una joven argentina de 24 años nacida en Canadá, llegó a España para estudiar Medicina, siguiendo la vocación de su madre, médico especialista en radiología oncológica. Durante sus primeros meses en Madrid vivió en una residencia universitaria, una solución práctica pero costosa y, en cierto modo, impersonal. A Marisa, octogenaria, madre de tres hijos, abuela de siete nietos y viuda desde hace una década, la casa en silencio se le hacía cuesta arriba, especialmente al caer la noche.
No es solo una habitación
En ese cruce de necesidades ha ido tomando forma la alternativa discreta pero cada vez más extendida de compartir vivienda entre generaciones bajo acuerdos basados en el apoyo mutuo. No es una fórmula improvisada. En Madrid, el programa Convive, impulsado por la ONG Solidarios para el Desarrollo en colaboración con universidades públicas y privadas, lleva funcionando desde 1995 y ha facilitado miles de experiencias de este tipo. Fue precisamente un folleto de ese programa lo que sembró la idea en Sophia cuando lo vio en la universidad. Meses después, tras varias entrevistas, su solicitud la llevó hasta Marisa.
El planteamiento va más allá de ofrecer una habitación. Se trata de construir un espacio de intercambio en el que ambas partes obtienen algo más que una solución práctica. Las personas mayores, que deben conservar autonomía y residir en condiciones adecuadas, abren su hogar a estudiantes universitarios dispuestos a integrarse en una dinámica de convivencia que exige compromiso, respeto y cierta flexibilidad. A cambio, los jóvenes encuentran no solo un techo asequible, sino también un entorno estable donde desarrollar su vida académica.
Eso es exactamente lo que ocurrió entre ellas. Lo que empezó como un acuerdo mediado por el programa pronto derivó en una relación fluida. “Cada una tiene su espacio, sus tiempos y sus tareas, aunque compartimos algunas horas al día”, explica la joven. El programa establece un mínimo de acompañamiento, pero en su caso la convivencia ha desbordado ese marco formal. “Paseamos, vamos de compras o nos acompañamos en las visitas médicas. Es más una rutina que nos gusta, más que un compromiso”.
El acceso a la vivienda explica buena parte del auge de estas iniciativas. Con residencias universitarias que pueden superar los mil euros mensuales y el mercado del alquiler tensionado, alternativas como esta permiten continuar los estudios a quienes, de otro modo, podrían verse obligados a abandonarlos. Para Sophia, la posibilidad de instalarse en casa de Marisa le aportó además algo aún más difícil de encontrar lejos de casa, un entorno casi familiar.
Para muchos estudiantes desplazados de sus lugares de origen, la convivencia supone también reconstruir un espacio cercano que amortigua la distancia emocional. Sophia lo describe como una suerte de hogar adoptivo. Y para Marisa, esta convivencia está teniendo un efecto positivo en su bienestar. “Su llegada ha hecho que la casa recupere su antiguo ritmo. Celebramos muchas cosas juntas”.
Además de evitar la soledad, compartir esta experiencia con una universitaria le permite confirmar que sigue siendo, como ella dice con humor, “un alma joven”. “Aunque soy mayor, gozo de mucha vitalidad y soy una persona muy alegre. Eso ayuda a que nos llevemos tan bien”, añade.
Cómo funciona el programa
En la ONG Solidarios nos explican que el funcionamiento está regulado mediante acuerdos previos que delimitan derechos y responsabilidades. Los estudiantes suelen dedicar parte del día a acompañar y deben adaptarse a ciertas rutinas del hogar. A su vez, las personas mayores asumen la convivencia como una relación entre iguales, respetando la intimidad y los tiempos académicos.

No hay una relación asistencial ni un contrato laboral encubierto, sino una fórmula intermedia que requiere mediación y seguimiento. En este punto, la labor de entidades como Solidarios resulta clave para prevenir conflictos y garantizar el equilibrio. En el caso de Sophia y Marisa, ese equilibrio parece haberse alcanzado con naturalidad.
Más allá de este programa, otras iniciativas públicas y privadas están explorando modelos similares en distintas ciudades. Algunas incorporan incluso componentes económicos o amplían el perfil de participantes a jóvenes trabajadores. En todos los casos, la lógica es la misma, conectar dos realidades que, lejos de ser independientes, se complementan.

Los datos reflejan la urgencia. La tasa de emancipación juvenil en España se mantiene entre las más bajas de Europa, mientras que un elevado porcentaje de la población mayor reconoce que la sensación de soledad que deriva del llamado nido vacío no es positiva para su salud. Estas experiencias no nacen para sustituir a las políticas de vivienda ni resuelven las carencias del sistema de atención a mayores. Funcionan, más bien, como mecanismos de desahogo. Sophia, que estudia tercer curso de la carrera, avanza en su sueño de convertirse en oncóloga pediátrica; Marisa ha espantado la soledad. Ambas coinciden en que, más allá de cuánto dure la convivencia, lo que han construido es de por vida.
