Opinión

El acceso a la cultura, un derecho de todos

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En nuestra sociedad, cada vez se reivindica más la cultura como un derecho universal. Sin embargo, todavía quedan muros muy grandes por derribar, muros que hacen que muchas personas queden excluidas de la oferta cultural por motivos como la neurodivergencia, la raza, la clase social o el género.

El acceso a la cultura, como visitar una exposición o un museo, no debería estar condicionado por factores sociales, económicos o cognitivos. Sin embargo, la realidad dista mucho de esa idea. La exclusión cultural se manifiesta poniendo barreras que dejan sin participar a muchas personas, cuando la accesibilidad cultural es todo lo contrario, ya que el propio término se define como el derecho de todas las personas a participar, crear y disfrutar de una oferta cultural sin barreras.

Si realmente hay accesibilidad cultural las barreras económicas, cognitivas y sensoriales que impiden el acceso a la cultura desaparecen, y el modelo se centra también en garantizar que la diversidad quede representada en las narrativas artísticas.

La accesibilidad cultural refleja el compromiso de una sociedad que entiende la cultura como un bien común, y por eso, lejos de dar la espalda a la diversidad, la reconocemos como un valor y no como una excepción. Pero para que se de esta condición, es necesario situar a las personas en el centro del proceso cultural, no en sus márgenes.

Democratizar la cultura trasciende lo aspiracional, es una necesidad urgente. Es importante no dilatarse en transformar el ecosistema cultural para que sea inclusivo, diverso y accesible y para que empodere a los colectivos que históricamente han sido excluidos. Y para ello, es necesario que todas las personas tengan la oportunidad de participar en la cultura como creadoras, intérpretes, comisarias o gestoras culturales. E igual de importante y necesario es que las administraciones promuevan políticas culturales que pongan en práctica lo que recoge el papel: que, como decíamos al principio, la cultura es un derecho humano.

Y todo esto, por supuesto, también para las personas con autismo, que son con quienes trabajamos en EMPOWER, desde donde defendemos la accesibilidad cultural para este colectivo, porque no solo vale con facilitar el acceso y disfrute de la cultura, sino que también es necesario reconocer la riqueza de perspectivas que aporta la neurodiversidad a la creación artística y cultural, lo que es definitivamente una cuestión ética, más que técnica.

Para lograrlo es necesario adaptar los entornos culturales a las necesidades sensoriales, cognitivas y comunicativas de las personas con autismo, mediante medidas como la incorporación de la accesibilidad en la programación desde su diseño, la evaluación de los espacios y servicios culturales con criterios de inclusión neurodivergente y la colaboración con asociaciones y colectivos de personas con autismo en la definición de buenas prácticas.

Con estas medidas nos aseguramos de que todos podamos sentirnos parte de la cultura, y podamos disfrutarla en igualdad de condiciones, avanzando hacia una sociedad más justa, con riqueza y con valores.

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